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La tenacísima y heroica lucha de los españoles contra los indómitos araucanos de Chile, se torna en el poema de Ercilla en un canto a la nobleza del vencido. La traición está justificada y será objeto de oportuno premio si están en juego los más íntimos valores.
Un hijo de un cacique conocido,
que a Valdivia de paje le servía,
acariciado dél y favorido
en su servicio, a la sazón venía.
Del amor de su patria conmovido,
viendo que a más andar se retraía,
comienza a grandes voces a animarla
y con tales razones a incitarla:
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«!Oh ciega gente del temor guiada!
¿a dó volvéis los temerosos pechos?
Que la fama en mil años alcanzada
aquí parece y todos vuestros hechos.
La fuerza pierden hoy jamás violada
vuestras leyes, los fueros y derechos.
De señores, de libres, de temidos,
quedáis siervos, sujetos y abatidos.
«Mancháis la clara estirpe y descendencia,
y engerís en el tronco generoso
una incurable plaga, una dolencia,
un deshonor perpetuo, ignominioso.
Mirad de los contrarios la impotencia,
la falta del aliento y el fogoso
latir de los caballos, las ijadas
llenas de sangre, y de sudor bañadas.
«No os desnudéis del hábito y costumbre
que de nuestros abuelos mantenemos,
ni el araucano nombre de la cumbre
a estado tan infame derribemos.
Huid el grave yugo y servidumbre,
al duro hierro osado pecho demos.
¿Por qué mostráis espaldas esforzadas
que son de los peligros reservadas?
«Fijad esto que digo en la memoria;
que el ciego y torpe miedo os va turbando:
Dejad de vos al mundo eterna historia,
vuestra sujeta patria libertando.
Volved, no rehuséis tan gran vitoria;
que os está el hado próspero llamando.
A lo menos fijad el pie ligero:
veréis cómo en defensa vuestra muero.»
En esto una nervosa y gruesa lanza
contra Valdivia, su señor, blandía;
dando de sí gran muestra y esperanza,
por más los persuadir, arremetía;
y entre el hierro español así se lanza,
como con gran calor en agua fría
se arroja el ciervo en el caliente estío
para templar el sol con algún frío.
De sólo el primer bote uno atraviesa,
otro apunta por medio del costado,
y aunque la dura lanza era muy gruesa,
salió el hierro sangriento al otro lado.
Salta, vuelve, revuelve con gran priesa,
y barrenando el muslo a otro soldado,
en él la fuerte pica fué rompida,
quedando un grueso trozo en la herida.
Rota la fiera asta, luego afierra
del suelo una pesada y dura maza.
Mata, hiere, destronca y echa a tierra,
haciendo en breve espacio larga plaza.
En él se resumió toda la guerra;
cesa el alcance y dan en él la caza.
Mas él aquí y allí va tan liviano,
que hieren, por herirle, el aire vano.
¿De quién prueba se oyó tan espantosa,
ni en antigua escritura se ha leído,
que estando de la parte vitoriosa
se pase a la contraria del vencido?
¿y que sólo valor, y no otra cosa,
de un bárbaro muchacho haya podido
arrebatar por fuerza a los cristianos
una tan gran vitoria de las manos?
(La Araucana III, 34-43.)
Fuente: Jünemann, Guillermo. Historia de la literatura española y antología de la misma. Friburgo: Herder, 1913.
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Alonso de Ercilla y Zúñiga
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