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Coronación del Emperador

En sus Anales de Aragón, Bartolomé Leonardo de Argensola narra la coronación del emperador Carlos V en Aquisgrán.

Fragmento de Anales de Aragón.

De Bartolomé Leonardo de Argensola.

Llegó el Emperador en breves días á dormir á una aldea cerca de Aquisgrán. En aquella ciudad le esperaban los tres Arzobispos, el de Moguncia, el de Tréveris y el de Colonia, el Conde palatino de Rhin, y por parte del Rey de Bolonia, del Duque de Sajonia y del Marqués de Brandelburg, tres legados; pero con la misma grandeza y lucimiento que si vinieran sus mismos príncipes. Los cuales ó no pudieron venir por falta de salud, ó por su peligro de perderla en Aquisgrán, donde la pestilencia tenía inficionado el aire. Aunque no por este temor quiso el César dilatar su coronación, ó que se celebrase en otro lugar sano, como los Electores y otros príncipes se lo pedían. A los cuales respondió, que no podía revocar la ley, que en razón de aquella solemnidad había establecido el Emperador Carlos IV.

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Salió de la aldea, precediéndole sus tres mil alemanes bien armados y gallardos, formando hileras de siete en siete. La variedad de sus armas, los colores de sus galas eran dignos de ostentación. No lo era menos la de cuatrocientos caballos del Duque Juan de Cleves, que vino en persona. Entre 150 soldados de á caballo, enarbolaba un gran señor alemán el guión. Era negro, y en él bordada la divisa de Emperador. Seguíanle 400 lanzas del Conde palatino y 200 ballesteros, también á caballo, del Arzobispo de Moguncia. Otros 150 del de Tréveris, y 250 del de Colonia: tres guardias lucidísimas: luego la del mismo Emperador de 2,200 hombres de armas. Los gentiles hombres y los criados de la casa de S. M., armados todos, aunque descubiertas las cabezas y en caballos flamencos. Traían en medio á Mr. de Xevres, su mayordomo mayor. Seguíanle diversos grandes señores. De los españoles don Fadrigue de Toledo, Duque de Alba; don Hernando de Andrade, Conde de Andrade; don Diego Hurtado de Mendoza, guarda mayor de Cuenca; el Marqués de Villafranca, y don Fadrique de Toledo, su hijo, y otros muchos de Flandes, de Alemania y de Borgoña. Luego un copioso número de hermosos caballos, y en cada cual un paje del César, vestidos todos de telas de oro y plata, y sedas carmesíes. Venían muchos á la brida; pero los que á la gineta, con tocados y penachos á uso de los moros. Seis reyes de armas, bordadas las del Emperador en las sobrevestas, andaban esparciendo por el campo monedas de oro y de plata.

Rodeado, y en medio de su guardia de á pie, venía nuestro Rey César, armado, y sobre el arnés un sayo de brocado de plata, recamado de perlas, y de la misma eran los paramentos de su brioso, y entonces manso, caballo.

Habían salido y venían al mismo tiempo de Aquisgrán los príncipes Electores, y los legados de los ausentes con grande acompañamiento, y llegado á topar con la presencia del nuevo Emperador, hicieron alto, hasta que á vista de su persona se apearon, y se le humillaron con profunda veneración. El Arzobispo de Moguncia le dió la bienvenida con breves y discretas palabras. Escuchólas con alegre semblante, y respondió á ellas grave y benignamente. Prosiguieron hasta la ciudad, con la majestad misma, el Emperador entre los dos Arzobispos, el de Colonia y el de Moguncia; y tras ellos los tres legados, y los dos Cardenales juntos, el de Toledo y el de Lieja. Cerraban aquel gran concurso los arqueros, vestidos en el hábito que los pajes. Entre los señores del recibimiento salió el licenciado Galindo de Carvajal, armado y con una aljuba de carmesí sobre las armas. Era en Castilla consejero de Cámara, desde el tiempo del Rey Católico, y entre sus anales y los otros curiosos manuscritos suyos dicen que se halló la solemnidad de este acto.

A la puerta de la ciudad esperaban ya el clero y las religiosas en procesión. En viéndolas el Emperador, descendió del caballo. Adoró las cruces y las reliquias. Venía entre ellas, traído en andas, un trozo de la cabeza de Carlo Magno (venerado por santo). Alegróse el César de verle, y hízole reverencia. Para proseguir hasta la iglesia mayor de Santa María, Madre de Dios y Señora nuestra, hubo de subir en otro caballo, porque ya la soldadesca de la guardia tomó el primero, que por costumbre es suyo. Comparar esta pompa con la de las ovaciones y triunfos que vió Roma, cuanto el objeto, no lo consiente el rigor cristiano; porque la memoria de la idolatría no ha lugar entre sus misterios, desde que la autoridad apostólica hizo dignidad el dominio imperial. Y si todavía algún ingenioso, en razón de la muchedumbre y de toda la parte material entrase en la comparación, acuérdese de que, según dicen los que vieron aquella solemnidad, las telas, los brocados, las sedas y el aparato y adorno de las calles (hasta el de las trompetas, clarines, cajas y chirimías y otros intrumentos) era grande: el de las riquezas y el de todo lo exterior, increíble. Los caballos pasaban de quince mil. Y el concurso de la nobleza y el del pueblo, pareció innumerable.

Fuente: Agustí, Vicente. Modelos de literatura castellana. Barcelona: Imprenta de Francisco Rosal, 1901.

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Bartolomé y Lupercio de Argensola

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