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Para agradar a su segunda esposa, Isabel de Braganza, el rey Fernando VII mandó adornar y mejorar muchos rincones de Madrid. Es en este marco en el que hay que buscar los orígenes del Museo del Prado.
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El matrimonio de Fernando con Isabel de Braganza vino a modificar en algún modo la situación de la Corte, y hacía concebir esperanzas de alguna templanza en el sistema de gobierno. El Rey, a quien sin injusticia no podría negarse la fidelidad conyugal, de que hizo alarde con Isabel, así como después con Amalia y Cristina, cesó de dar pábulo a la chismografía en este punto, y satisfecho y expansivo, gustaba de presentarse al público en los paseos, a pie y acompañado de la Reina, a quien dispensaba todo género de obsequios; y para hacerla más grata la residencia en Madrid, restauró y embelleció los jardines del Buen Retiro, enriqueciéndoles con multitud de adornos, que hicieron por entonces la delicia de los madrileños, que los miraban como la octava maravilla. El palacio de San Juan, la montaña artifýcial o rusa, como entonces se decía, con su templete encima, que aludiendo a su forma, llamaba el pueblo la escribanía; el salón oriental, las casitas rústicas, los estanques y fuentes, la nueva Casa de fieras y el embarcadero del estanque grande, sobre cuyas tranquilas aguas paseaba en preciosas falúas la familia real; todo esto era impulsado por el deseo de Fernando de complacer a su esposa. La villa de Madrid, comprando para ésta la bella posesión del clérigo Bayo, al fin de la calle de Embajadores, dio ocasión a Fernando para transformarla en el precioso Casino de la Reina, y hasta en las cercanías del Palacio emprendió costosas obras, tales como el parque, el cocherón y otras; y a fin de transformar el inmenso solar que había resultado de los derribos de los franceses en lo que hoy es plaza de Oriente, adoptó el pensamiento de su arquitecto don Isidro Velázquez, y emprendió la obra de una galería o columnata semicircular, remedo de la de la plaza del Vaticano; pero con tan mezquinas proporciones, que muy luego hubo de abandonar la idea, aunque no se procedió al derribo de la parte construida hasta la muerte de dicho arquitecto, por no darle este disgusto. También empleó Fernando considerables sumas en la reforma y embellecimiento del canal del Manzanares y sus contornos, pero la obra más importante de aquella época, y que, formando la página más bella, o por mejor decir, excepcional, de aquel reinado, hace sumo honor a la iniciativa de la Reina Isabel de Braganza, fue la habilitación del Museo del Prado y la colocación en él de las inapreciables obras de arte que se encerraban en los reales palacios, y cuya reunión forma hoy la colección más escogida de Europa y el mejor blasón de la capital del reino.
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Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.
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Museo del Prado
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