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Tras el fallecimiento de Isabel de Braganza, Fernando VII contrae nuevas nupcias con María Josefa Amalia, princesa de Sajonia.
Fernando no por eso se descorazonó; antes bien, perseguido por su idea dominante de asegurar su sucesión directa, entabló su matrimonio con María Josefa Amalia, Princesa de Sajonia, joven de dieciséis años, de gran belleza y angelical carácter, que desde el retiro del convento en que se había educado, vino en octubre de 1819 a compartir, más bien que el brillo, los peligros y sinsabores de un trono amenazado, y a recorrer el amargo calvario que preparaba la historia a un Monarca que, más o menos inconsciente, había conseguido trocar el frenético entusiasmo con que fue aclamado a su advenimiento al trono, en el más absoluto desvío, cuando no en enemiga voluntad.
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Porque es lo cierto que todas las clases de la sociedad, o se veían igualmente desdeñadas, o eran víctimas del encono de un Gobierno ignorante y opresor. La aristocracia nobiliaria, por ejemplo, reducida a la nulidad política, estaba limitada a figurar sólo en la servidumbre palaciana; el Ejército, hambriento y desnudo, y resentido naturalmente; la Marina absolutamente reducida a las falúas de Aranjuez o del estanque del Retiro –a pesar de los barcos comprados a Rusia, y que luego resultaron podridos–; la ilustración y la ciencia, proscritas y mudas; la propiedad, la industria, el comercio y las artes, no amparadas de modo alguno; y hasta el mismo clero, tan mimado y complacido en un principio, receloso ya con más o menos motivo, y dirigiendo sus miradas a otro astro diferente, colocaban a Fernando en un vacío absoluto, amenazándole con la próxima expiación de sus errores.
La juventud, por otro lado, que iba a entrar en el ejercicio de sus facultades intelectuales, aparecía animada de un espíritu levantisco y fatal; seguía por fórmula sus estudios de lógica y filosofía, por Jacquier y Baldinoti, con los jesuitas de San Isidro (que sin duda alguna habían logrado merecer su respeto y simpatía) o con los dominicos de Santo Tomás; estudiaba las Matemáticas y las Bellas Artes en la Academia de San Fernando, y... pare usted de contar. Pero, a vueltas de este estudio oficial, entregábase codiciosamente a otros más acentuados, en la lectura de obras de historia, de ciencia y de literatura, por desgracia no siempre bien escogidas; amamantaba su mente con los más delirantes ensueños, y en odio a lo existente, adoraba, perseguía un porvenir desconocido, una sombra fantástica de una libertad sin límites, extravío de su febril imaginación.
Aquella atmósfera, pues, estaba impregnada de un espíritu revolucionario; todos, y especialmente la juventud, aspirábamos aquellos vientos, y veíamos venir aquella borrasca con entusiasmo, hijos del más sincero patriotismo, y sin asomo de interés egoísta –¡y quién sospecha ambición en corazones de quince años!–. La catástrofe, pues, era inevitable y fatal; acercábase el año de 1820, tan memorable en los fastos de la historia patria; la tempestad rugía ya sobre nuestras cabezas, y no tardó en estallar... ¡Cuántas ilusiones desvanecidas, cuántos desengaños esperaban a aquellos sinceros y entusiastas jóvenes! Y ellos mismos, convertidos más tarde en hombres de acción, ¡cuántas esperanzas lisonjeras habían de defraudar!
Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.
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Fernando VII
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