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El cronistas refiere la división que sufre España en el Trienio Liberal que inauguró Riego en 1820.
Difícil por extremo habrá de serme condensar en este capítulo los múltiples acontecimientos y extrañas peripecias que presenció nuestra capital en el año segundo del período constitucional (1821); pero habrá por lo menos de intentarlo, aunque repitiendo una y otra vez que no pretendo escribir historia, sino pura y simplemente reseñar su parte ostensible y pintoresca (digámoslo así), sin meterme a investigar los ocultos móviles o misteriosos resortes a que obedeciera.
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En este sentido, pues, y habiendo trazado en los capítulos anteriores el bosquejo de los personajes, la exposición y la marcha de los sucesos hasta fines de 1820, voy a continuar el desarrollo de la acción en los dos años siguientes, reservándome para otro capítulo tratar del desenlace, o sea, la catástrofe de 1823.
A principiar el 21, según vimos en el capítulo anterior, quedaba ya empeñada la lucha entre la Corte y el sistema constitucional, habiendo bastado solos diez meses para que, provocada aquélla casi simultáneamente por ambos bandos, se produjese un cambio radical en los espíritus, disipándose hasta la más ligera aureola de aquella sentimental concordia, de aquel puro ambiente de abnegación patriótica que parecía respirarse en los albores de la revolución.
No contentos, además, los partidarios de ésta con luchar contra sus naturales adversarios, dividiéronse muy pronto entre sí, hasta el extremo de hacerse cruda guerra bajo las diversas enseñas de exaltados y moderados. Vimos también cómo, iniciada esta división a la llegada de Riego a Madrid, y aprovechada por el bando reaccionario, intentó convertirla en pro de su causa, y comprometió al Monarca a presentarse al frente de un movimiento marcado de reacción. Vimos, por último, el resultado inmediato de aquella insensata conducta de los partidos liberales, esto es, que desbordadas las pasiones, el odio y los rencores, y soliviantados los ánimos por la acción deletérea de las sociedades públicas y secretas y de la prensa periódica, emprendieron un ataque duro, intolerante y grosero, nada menos que contra la sagrada e inviolable persona del Rey, a quien en los términos más injuriosos ultrajaron públicamente a su vuelta de El Escorial en la tarde del 4 de diciembre del año anterior. ¡Contraste lamentable con las expresiones de entusiasmo y gratitud que le prodigaron diez meses antes!
Continuando, pues, los directores de esta abominable tarea extraviando en el sentido de sus fines las masas populares, inconscientes y siempre apasionadas –que así empuñan el fusil como el pendón; que así cubren su cabeza con la boina blanca o con el gorro colorado; que así, en fin, como entonces, entonaban el Trágala al destemplado grito de ¡Viva Riego!, más tarde habían de cantar la Pitita y gritar: ¡Vivan las caenas!–, lograron al fin comprometerlas en la acción agresiva de los partidos, arrastrándolas a los mayores excesos y estableciendo desde luego sus baterías contra la persona del Rey, que apenas era dueño de salir de su palacio sin verse expuesto a los ultrajes más groseros, espectáculo que, con profunda indignación de las personas sensatas, se reproducía diariamente y era precursor de conflictos serios y trascendentales.
Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.
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Partido Progresista
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