Lectura adicional de Encarta Aparece en
Fin del Trienio Liberal

La intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis rompe el proceso constitucional español.

Fragmento de Memorias de un setentón.

De Ramón de Mesonero Romanos.

Véase de qué modo aquellos alucinados patriotas mantenían sus ilusiones y se dormían en ellas hasta los últimos momentos de su angustiosa situación. Pero la terrible realidad vino muy pronto a despertarles. El Duque de Angulema llegó, en efecto, al frente del ejército francés, y dando sus disposiciones para acometer, realizó punto por punto, y con escasa diferencia de días, el burlesco programa trazado por Villanueva. En la noche del 30 al 31 de agosto –día de mi santo– atacaron con formidable golpe de tropa el caño del Trocadero, y a pesar de la heroica defensa hecha por la Milicia Nacional de Madrid, defensa que ellos mismos se complacieron en encomiar, celebrando este triunfo como uno de los más señalados de las armas francesas, quedaron dueños de esta importantísima posición, cuya toma fue seguida de la de otros fuertes, no tan vigorosamente defendidos por las tropas que los guarnecían, hasta que el 21 de septiembre, a la caída de la tarde, se vio ondear la bandera blanca de Francia sobre el castillo de Santi Petri, que era la última salvaguardia de la Isla gaditana.

También en Encarta

Con estas sucesivas amarguras, y con la presentación de las perentorias intimaciones consiguientes del sitiador, el Gobierno y las Cortes, que se habían reunido de nuevo en sesión extraordinaria, cayeron en un profundo desaliento, y más todavía cuando al amanecer del día 23 de septiembre la escuadra francesa, aproximándose a la plaza, rompió contra ella, y a boca de jarro, como suele decirse, un horroroso bombardeo, una verdadera lluvia de proyectiles, de que no se desperdiciaban más que los que estallaban en el aire, o salvando la población, iban a caer al otro lado del mar. La consternación del vecindario a tan insólita acometida fue general; todos, y especialmente las mujeres, saltando apresuradamente de sus lechos, corrieron a guarecerse a los almacenes a prueba de bomba debajo de la muralla; las tropas y la Milicia, a colocarse en las baterías, a lo largo de ella, y rompiendo éstas y las de los fuertes y nuestras cañoneras un terrible fuego sobre las francesas, les causaron gran destrozo con su acertada puntería. Era un espectáculo sublime a par que horroroso y que apenas las nubarradas de humo permitían abarcar. El rey Fernando, haciendo por primera vez alarde de valor, o confiado acaso en que el fuego de los sitiadores no se dirigía al palacio de la Aduana, subió a la torre a observarlo con su catalejo, no sin alguna exposición, pues que una de las bombas, estallando en las cocheras reales, destrozó varios carruajes. Los daños causados en el caserío de Cádiz fueron de la mayor consideración y alcanzaron a un centenar de edificios; pero afortunadamente en las personas no hubo una sola víctima, y cuando a las once de la mañana cesó de todo punto el fuego, la población entera se lanzó a la calle con la más espontánea alegría, y las donosas gaditanas, saliendo de su escondite de los almacenes de la muralla, se mostraron tan halagüeñas, tan graciosas y compuestas como si hubieran empleado aquellas horas angustiosas ocupadas en su tocador.

Pero esta última demostración, y las intimaciones que la siguieron debieron convencer a las Cortes y al Gobierno que había sonado la hora de su desaparición, y previas algunas contestaciones con el Príncipe francés, que se negaba a tratar con otra autoridad que no fuera la del Rey, hubieron al fin de resignarse a declarar a éste que se hallaba en libertad, presentándole por fórmula un Real Decreto en que aseguraba ciertas garantías a los vencidos. Fernando recibió en la noche del 30 este decreto-manifiesto de manos del ministro de la Gobernación don Salvador Manzanares, y afectando cierto movimiento de generosidad, no sólo le aprobó sino que añadió de su propio puño algunas cláusulas aún más favorables, y señaló su salida para las diez de la mañana del siguiente día 1.º de octubre. Verificóse, en fin, ésta con la mayor solemnidad, embarcándose la real familia a bordo de una vistosa falúa, cuyo timón gobernaba el capitán general don Cayetano Valdés, y en medio de las salvas de los fuertes y murallas de Cádiz y de la escuadra francesa, arribó al Puerto de Santa María, recibiéndole en la playa el Príncipe francés con su Estado Mayor y el Gobierno de Madrid.

De esta manera terminó aquel interesante drama del período constitucional, que acabo de narrar sencillamente como testigo presencial desde la primera escena del 7 de marzo de 1820, en que Fernando, asomado a los balcones del Real Palacio, ofrecía jurar la Constitución, hasta el 1º de octubre de 1823, en que le vi embarcarse para el Puerto de Santa María.

No hay que decir, porque es bien sabido, que Fernando, al pisar tierra, anuló deslealmente su espontáneo decreto de la noche anterior, y firmó el nefasto manifiesto que le presentó el ministro don Víctor Sáez, en que, siguiendo su costumbre, condenaba todo lo hecho en aquel período y establecía el absolutismo más desatentado y sañudo.

Las tropas francesas ocuparon los fuertes y pabellones de Cádiz, y en la tarde del siguiente día 2 formaron en parada a lo largo de la muralla, llamando la atención la magnífica Guardia Real por su continente marcial y brillantes uniformes. En una de las compañías de granaderos se ostentaba en primera fila, y como cabecera de ella, con sus charreteras de estambre y su fusil al hombro, la imponente figura del Príncipe de Saboya-Carignan, aquel mismo Carlos Alberto, rey de Cerdeña, que viniendo ahora, como aficionado, a combatir la libertad en España, intentó, muchos años después, darla a su patria; y que, derrotado en los campos de Novara, renunció a ella y abdicó la corona en su hijo Víctor Manuel, retirándose a Portugal, donde murió en las cercanías de Oporto.

Los oficiales franceses fraternizaban con los milicianos y les colmaban de elogios por su bizarro comportamiento. El mariscal Bourmont lo hacía igualmente con el general Valdés, y la población, en fin, repuesta de su sorpresa, tornaba a sus hábitos de expansión y de alegría. Pasaron algunos días sin que se observase en su aspecto material variación alguna, y hasta la misma lápida de la Constitución, que se ostentaba en la plaza de San Antonio, y las infinitas que se veían en las fachadas de muchas de las casas, con los artículos más marcados de la misma esculpidos en letras de oro, todo permanecía en tal estado, sin que nadie osase destruir aquellos emblemas de un pueblo eminentemente liberal; baste decir que para arrancar la de la Plaza, en las altas horas de la noche del 6, y hallándose formadas en ella las tropas francesas, hubo necesidad de llamar albañiles del vecino Puerto de Santa María, por no haber en Cádiz ningún obrero que a ello se quisiera prestar.

Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.

Aparece en

Cien Mil Hijos de San Luis

© 2008 Microsoft