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En sus memorias, Mesonero se detiene en la llegada a Madrid del célebre Rossini.
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La llegada de ROSSINI a Madrid en el Carnaval de 1831 fue objeto de interés general. Venía acompañado del famoso banquero don Alejandro Aguado, y fue recibido con el mayor entusiasmo, no sólo por el infinito número de sus apasionados, sino por la Corte misma y los altos dignatarios, que se disputaban el placer de agasajar al inmortal autor de El barbero de Sevilla. Él, por su parte, parecía simpatizar con nuestro país, que era también la patria de su esposa Isabel Colbran; gozaba mucho al verse objeto de aquellas atenciones, y para corresponder en algún modo a ellas, compuso y dedicó a la reina Cristina una bellísima canzone titulada La Paseggiata (que conservo impresa), y prestándose al deseo manifestado por el comisario de Cruzada, señor Varela, que fue el que se excedió en recibirle magníficamente, escribió para él expresamente su obra maestra, el Stabat Mater, que, a juicio de muchos, es el mejor florón de la corona del Cisne de Pessaro. Aquel espléndido magnate correspondió cumplidamente a tan inapreciable obsequio, y conservaba con exquisito cuidado en un precioso estuche la pluma con que el gran maestro escribió esta inmortal composición, que después dio la vuelta al mundo artístico, y fue estrenada en Madrid la tarde de Viernes Santo del año siguiente (1832) en la iglesia de San Felipe el Real, con el aplauso y entusiasmo a que es merecedora.
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También en Encarta |
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Rossini, asistiendo a las funciones expresas que le dedicó el Conservatorio, se manifestaba sorprendido al ver la predisposición natural y artística de los españoles para la música, y no se cansaba de expresar su satisfacción al hallarse en la patria de su grande amigo y colaborador Manuel García. Yo mismo se lo oí repetir en un baile de máscaras en casa del duque de Híjar; por cierto que, animado por mi entusiasmo filarmónico rossiniano, me atreví a dirigirle un soneto improvisado, que escuchó con señaladas muestras de satisfacción, rogándome que se lo diese por escrito, como así lo hice, remitiéndoselo al siguiente día a la casa en que habitaba.
Mi soneto decía así:
A ROSSINI EN MADRID
¿Dónde, Rossini, irás, que el peregrino
son de tu lira, que envidiara Orfeo,
no te renueve el público trofeo
que a tu genio sin par unió el destino?
Vuela tu nombre, salva el Apenino,
traspasa el Alpe, cruza el Pirineo;
ni el ancho mar, ni el Atlas giganteo
límite oponen al cantor divino.
Tú, empero, de tu fama el raudo vuelo
no pretendas seguir; la patria mía,
que hoy te recibe, goce tu tesoro.
Pulsa tu lira en el hispano suelo;
repetirá su mágica armonía
el eco fiel de matritense coro.
Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.
Aparece en
Gioacchino Antonio Rossini
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