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Cuenta Mesonero en sus memorias cómo Carlos María Isidro de Borbón se negó a prestar juramento a la princesa de Asturias.
Como era de esperar, toda la atención de Fernando, al volver a encargarse de las riendas del gobierno después de su milagrosa y casi verdadera resurrección, se dirigió a asegurar por todos los medios legales la sucesión de su augusta hija y a desbaratar las esperanzas y los planes de sus contrarios.
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A este fin, lo primero que hubo de preocuparle fue la necesidad de convocar las Cortes del Reino para que prestasen el juramento histórico y legal a la Princesa de Asturias. Y a pesar de la repugnancia que en el ánimo del Monarca dominaba hacia todo lo que a Cortes sonase, y en medio de las dudas y vacilaciones que le combatían sobre la forma y modo de verificar dicha convocatoria, después de consultar al Supremo Consejo y a todas las corporaciones y personas más autorizadas, resolvióse al fin a firmar el Real Decreto de 6 de abril de aquel año (1833), por el cual se convocaba, en la forma antigua, a los Prelados, Grandes, Títulos y Procuradores de las ciudades de voto, para el día 20 de junio, en que, con arreglo al uso constante, habían de prestar juramento.
Hecha la convocatoria y expedidos los llamamientos, la primera y grave dificultad en que hubo de tropezarse fue la negativa rotunda del infante don Carlos, y la consiguiente de sus hijos y del infante don Sebastián, a someterse a este acto; mas a ella se acudió expidiéndoles una Real licencia, en la cual se expresaba que “habiendo solicitado el Rey de Portugal el regreso de la Princesa de la Beyra, libre ya de la tutela de su hijo el infante don Sebastián por el reciente matrimonio de éste con la infanta de Nápoles (hermana de Cristina), venía S.M. en acceder a ello, autorizando a dicha señora para verificarlo así, y también se permitía al infante don Carlos y su familia acompañar a su hermana a Lisboa”. En su consecuencia, y con este decoroso pretexto, salieron todos para la vecina capital portuguesa, de donde no regresaron más, a pesar de las reiteradas amonestaciones del Rey para que acudiesen a prestar el juramento, verificándolo sólo el infante don Sebastián, contra la expresa voluntad de su madre la princesa de la Beyra.
El acto de la jura tuvo, en fin, efecto con una esplendidez y solemnidad de que sólo conservaban memoria los ancianos que habían presenciado, en 1789, la del príncipe don Fernando.
Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.
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Carlos María Isidro de Borbón
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