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La actitud del rey francés Carlos V respecto al Gran Cisma de Occidente no le pasa inadvertida al autor de este fragmento.
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Así era verdad en efecto. La principal culpa en el origen del cisma pesaba sobre el aseglarado Colegio de cardenales, que suspiraba por regresar á Francia y recibía ánimo de allí. Mas esto era resultado del período aviñonés, al cual hay que hacer responsable en último término de la horrible desdicha que cayó sobre la Cristiandad. Tampoco Carlos V de Francia puede ser absuelto de una grave culpa; pues aunque puede discutirse, hasta qué punto tuvo parte eficaz en que estallara la excisión, confirmando y animando en sus propósitos á los cardenales rebeldes; es cierto, que la actitud que tomó el Soberano de Francia contra el Pontífice romano, fué decisiva para la confirmación y extensión del cisma. Con extraordinaria habilidad y grande astucia, supo Carlos V llevar su Reino á la obediencia del antipapa emparentado con su Casa. En Septiembre promovió una Asamblea del clero francés, donde algunas voces se declararon todavía por la legitimidad de la elección de Urbano VI; y se acabó por resolver, que se debía tomar una actitud neutral y expectante, en el conflicto entre Urbano VI y el Colegio cardenalicio. Oficialmente se atuvo Carlos V á esta resolución; pero en secreto se alió con los enemigos de Urbano VI y, aun antes que llegara la noticia de la promoción del antipapa, se puso en estrechas relaciones con Roberto de Ginebra y le aseguró su protección. Calculando astutamente, tomó aún el Soberano francés por algún tiempo, en lo exterior, una actitud expectante, y no se apresuró aun después que llegó la noticia de la elevación de Clemente VII. Sólo á 16 de Noviembre de 1378, y después que ya Luis de Anjou, hermano del Rey, hubo reconocido como Papa á Clemente VII, mandó por una real ordenanza que se anunciase en todas las iglesias de Francia la elección del antipapa. Es muy digno de notarse que, en diferentes provincias del Reino, especialmente en Normandía, se hizo resistencia contra aquella resolución, y también en Provenza tropezó con dificultades la propaganda cismática. Naturalmente, era de muy grande importancia la actitud que tomara el principal asiento de la ciencia eclesiástica, la Universidad de París; y cuánto interesara la disposición de aquella gran potencia intelectual, no escapó á Carlos V, ni mucho menos á Clemente VII; por lo cual, mientras por una parte se pusieron en juego todos los medios para demostrar el derecho del nuevo Papa, por otra se procuró estorbar, por medio de la fuerza, que Urbano VI pudiera defender su causa.
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También en Encarta |
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Fuente: Pastor, Ludwig. Historia de los papas. Barcelona: Gustavo Gili, 1910.
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Carlos V el Sabio
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