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Con la llegada de los pueblos bárbaros a la península Ibérica, las tradiciones romanas de los juegos con toros se perdieron. Sin embargo, poco a poco fueron recuperándose aunque con otro carácter. Esto es lo que explica el crítico taurino Jorge Laverón en el siguiente fragmento de su libro Historia del toreo.
Árabes y cristianos
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Después con los godos, visigodos, vándalos, alanos... y durante su dominación, se perdió en la Península si no la memoria, sí la costumbre de estas diversiones, tan ajenas al carácter de los nuevos conquistadores. Sin embargo, la memoria, el culto cuasi religioso, permanece atenta en los españoles. Así, en la primera ocasión la fiesta renace. Los árabes ocupan la mayor parte del territorio español a la muerte de don Rodrigo, último rey godo. Los moros vuelven a introducir la afición al circo. Ahora bien, cambiando la forma de la diversión. En lugar de las luchas de gladiadores y fieras, pusieron en práctica activa las lidias de toros, en los que ejercitaban su pujanza los primeros hombres de la nobleza musulmana.
Por mucho tiempo fue sostenida esta diversión entre los árabes, sin alteración alguna, y así se prueba por las fiestas que en el siglo XV tenían lugar en el reinado de Boabdil, último rey de Granada. Juegos de cañas y fiestas de toros se celebraban en la plaza de Bibrambla. En ellas mostraban su bizarría los más esforzados caballeros árabes. La nobleza castellana se dedicó con entusiasmo —nunca del todo perdido— a esta diversión para demostrar a sus rivales moros, que nadie les aventajaba en valor y destreza.
El primer caballero castellano que se lanzó a la lid —sin que haya una sola prueba que lo justifique— fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
Esta es la historia. Nicolás Fernández Moratín, dejándose arrastrar por su poética imaginación, escribió un romance caballeresco en el que se presenta como protagonista a un Cid Campeador que llega a Madrid un día de toros y pide permiso para alancear uno de ellos.
Madrid, castillo famoso
que al rey moro alivia el miedo.
Arde en fiestas en su coso,
por ser el natal dichoso
de Alimenón de Toledo.
......................
Ninguno al riesgo se entrega
y está en medio el toro fijo;
cuando un portero que llega
de la Puerta de la Vega,
hincó la rodilla y dijo:
—Sobre un caballo alazano
cubierto de galas y oro,
demanda licencia ufano
para alancear un toro
un caballero cristiano.
Muchos tomaron la creación poética de este conocido romance como hecho histórico y no lo desmintieron, antes, por el contrario, nadie llegó a dudar que el caballero cristiano Rodrigo Díaz de Vivar fue el primer alanceador de toros.
En la época del Cid esta fiesta no tenía el carácter que se le supone. Las relaciones de corridas en que los caballeros tomaron parte son posteriores. De haberlo hecho se conservaría alguna descripción, algún recuerdo, algo que diera motivo para suponer que la nobleza castellana conocía la lidia en plaza de reses bravas.
De todas las crónicas más autorizadas se deduce que las corridas de toros, antes de convertirse en espectáculo, fueron un entretenimiento del pueblo. Los toros cogidos a lazo en el campo eran conducidos enmaromados a la ciudad y allí lidiados de manera rudimentaria y muertos sin nobleza, con venablos y lanzas.
En algunos fueros se especifican multas y penas para los que pierdan toros en la conducción y cometan daños a terceros, salvo en caso de celebrar bodas, o nuevos misacantanos. Dos costumbres muy repetidas a lo largo de la historia: el toro nupcial —el toro animal totémico del pueblo ibero es portador de la fertilidad— y el toro para celebrar grandes acontecimientos de la Iglesia.
Esta costumbre de correr toros por las calles y plazas ha llegado hasta nuestros días. Un magnífico ejemplo es La Saca, de Soria, con motivo de las fiestas de san Juan. A pie y a caballo se conducen los toros desde Valonsadero a la capital, en un recorrido de cerca de 10 kilómetros.
Hacia el siglo XII nacen las llamadas corridas de toros sueltos, que después de ser lidiados a pie eran muertos con venablo. El rey de Navarra Carlos II mandó celebrar en Pamplona en 1385 una corrida de toros e hizo pagar 50 libras a dos hombres de Aragón, uno cristiano y otro moro, por matar dos toros en su presencia. En 1388 el rey Carlos III hizo matar un toro en las bodas de la hija de Ramiro de Arellano.
El famoso código de Las siete Partidas del rey Alfonso X el Sabio influyó poderosamente en el espectáculo. Las corridas de toros tomaron nuevo rumbo. Hombres del pueblo avezados en estos ejercicios hacen del toreo una profesión. Arabes y cristianos de clase baja se dedican a «mata-toros». En los espectáculos del pueblo, los mata-toros eran una necesidad y se les pagaba. El Rey Sabio no vio con buenos ojos el crecimiento del espectáculo. Alfonso X declara Infamados a los mata-toros, a la vez que alienta el toreo caballeresco. La nobleza, por tanto, toma a su cargo la fiesta. En el siglo XV el valor del toreo caballeresco llegó a su apogeo. La nobleza malgastaba la vida en lujosos torneos, canas y fiestas de toros. Las solemnidades religiosas se celebraban siempre con toros.
Fuente: Historia del toreo. © Jorge Laverón / © Acento Editorial, 1996.
Aparece en
Historia del arte de torear
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