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El holandés errante

Este fragmento pertenece a la sinopsis argumental de la ópera El holandés errante, una de las obras más célebres del compositor alemán Richard Wagner. Se trata de una pieza en tres actos ambientada en un pueblo costero noruego del siglo XVIII. El libreto, escrito por del propio compositor, está basado en el capítulo VII de las Memorias del señor Von Schnabelewopski, de Heinrich Heine. Se estrenó el 2 de octubre de 1843 en el Teatro de la Ópera de Dresde.

Fragmento de El holandés errante.

Edición de Ángel Fernando Mayo y Juan Ángel Vela del Campo.

Sinopsis argumental.

También en Encarta

Acto I. En la costa noruega

Escena 1

Una violenta tempestad desvía la embarcación noruega de Daland a siete millas de su destino final, el puerto de Sandwike; los marineros entonan sus cánticos mientras arrían las velas y sujetan las amarras. Daland se lamenta del contratiempo y ordena a la tripulación que descanse, mientras remite la tormenta. El Timonel se queda de guardia y canta una canción de amor en que manifiesta el deseo de que sople el viento sur, para llegar antes a ver a su amada. Se duerme. El mar torna a enfurecerse. Aparece el barco del Holandés errante, con velas de color rojo sangre y mástiles negros, situándose junto al barco noruego y lanzando las anclas con gran estruendo. El Timonel se despierta, examina el timón, no percibe la presencia del buque fantasma y vuelve a dormirse.

Escena 2

El Holandés salta a tierra después de que su espectral tripulación arríe las velas en absoluto silencio. Viste traje español negro. Entona el célebre monólogo en que se lamenta de su fatal destino. Han transcurrido siete años desde su anterior desembarco. Condenado a vivir navegando eternamente mientras no encuentre la redención por la fidelidad de una mujer, expone sus vanos desafíos a los piratas o las luchas con el mar enfurecido. Todo es inútil. Está condenado a no morir. Elevando la mirada al cielo impreca al Ángel de Dios por su desdichada desesperación: «¡Cuando todos los muertos resuciten, entonces yo me desvaneceré en la Nada! Eterna aniquilación, acéptame contigo.» La tripulación, invisible, repite desde el interior del barco esta última frase.

Escena 3

Daland sale de su camarote y ve el barco extranjero. Recrimina al Timonel su descuido. Este, maldiciendo su mala suerte, se dirige al barco del Holandés pidiendo que se identifique. Silencio. Daland ve al Holandés en tierra y entabla conversación con él, brindándole hospitalidad. El Holandés enseña a Daland una muestra de sus riquezas y éste se llena de admiración. El Holandés ofrece todos sus tesoros a Daland si le permite la unión con su hija. Renacen en el Holandés las esperanzas de ser correspondido por una mujer y, por tanto, de que finalice la maldición. Daland está entusiasmado con la suerte que inesperadamente le ha sobrevenido. El tiempo mejora y sopla viento sur. Los marineros vuelven a entonar sus cánticos y salen de nuevo al mar. El barco del Holandés navegará a continuación del barco noruego, cuya tripulación entona jubilosa la canción del Timonel de la escena primera.

Acto II. Interior de una casa en Sandwike

Escena 4

Amplia habitación en la casa de Daland con grabados y pinturas de escenas marineras. Uno de los cuadros representa a un hombre de barba y traje negro, al que se asocia la leyenda del Holandés errante. Un grupo de muchachas hila con ruecas, mientras cantan recordando a sus novios. Mary, una suerte de ama de llaves de Daland, supervisa el trabajo. Senta está absorta en sus pensamientos, sentada delante del cuadro del Holandés. Sus compañeras se meten con ella. Entre sus risas, no exentas de intención irónica, Senta propone a Mary que cante la balada en que se cuenta la leyenda del Holandés. Mary, preocupada por la actitud de la joven, se niega en redondo. Senta se ofrece a cantarla ella misma.

Con creciente excitación, Senta canta la balada del navegante eterno. Las muchachas, impresionadas con el relato, desean que el Holandés encuentre pronto esa mujer que lo redima. «¿Dónde encontrarás a aquella fiel a ti hasta la muerte?», dicen. Arrebatada por súbita decisión, Senta se ofrece a ser ella la que redima al Holandés. Mary y las muchachas se asustan. Entra Erik, novio potencial de Senta, y reconviene a ésta su comportamiento. Anuncia que el barco de Daland está llegando ya a Sandwike. Las muchachas se alborotan pensando que pronto verán a sus novios. Mary las retiene recordándoles sus obligaciones.

Escena 5

Erik, inquieto, detiene a Senta cuando ésta quiere salir. Ambos conversan sobre el hombre del cuadro. «¿Sientes el dolor, la profunda tristeza con que desde ahí me mira?», dice Senta. «¿No te conmueve más mi sufrimiento?», reprocha Erik. Erik cuenta a Senta un sueño reciente en que ésta huye por el mar con un extranjero cuyos rasgos coinciden con los del Holandés. Senta vive el sueño como una revelación. Erik ve con impotencia que no tiene nada que hacer. Senta está profundamente entregada a la causa del Holandés. Se abre la puerta y entran Daland y el Holandés. Senta se queda fascinada.

Escena 6

Daland trata de convencer a su hija para que sea amable y condescendiente con el extranjero. «Si estás de acuerdo con tu padre, mañana será tu esposo», dice. Daland abandona la sala, dejando solos a Senta y al Holandés. Silencio. Senta y el Holandés se declaran mutuo amor con entusiasmo. «He encontrado mi salvación», dice el Holandés. Todopoderoso, haz que lo que me eleva tan alto sea la fuerza de la fidelidad», exclama Senta. Entra Daland de nuevo, reclamándolos para la fiesta que sigue siempre al regreso de su barco. Senta y el Holandés se prometen amor y fidelidad hasta la muerte.

Acto III. Puerto de Sandwike

Escena 7

En el puerto, mientras el barco noruego está iluminado y los marineros cantan con aires de fiesta, el barco del Holandés permanece en tétrico silencio. Las muchachas salen de sus casas con cestas de comida y bebida. Invitan a participar en la fiesta a la tripulación del buque fantasma. Esta no contesta. Insisten, entre las bromas y veras de los marineros noruegos, pero los holandeses siguen sin responder. Los noruegos continúan cantando, danzando y brindando con alegría. El mar comienza a agitarse. La tripulación fantasma interviene con un violento canto, en el que se hace burla del destino de su capitán. Los noruegos escuchan con espanto y abandonan el lugar con preocupación y temor.

Escena 8

Erik intenta por última vez retener el afecto de Senta, recordándole aquellos tiempos pasados en que se manifestaban cariño. El Holandés, que ha espiado la escena, se siente engañado y se dispone a marchar: «Al mar, al mar, por toda la eternidad». Senta va tras él y trata de convencerlo de su error. No lo consigue. El Holandés revela su personalidad y da a su tripulación orden de partir. Desoyendo todos los consejos y advertencias, Senta alcanza una roca del acantilado y desde allí se arroja al mar gritando con todas sus fuerzas: «¡Acoge a tu ángel y a su mandato! ¡Heme aquí fiel a ti hasta la muerte!»

El barco del Holandés se hunde estrepitosamente. Senta y el Holandés se elevan transfigurados desde el mar al cielo, fundidos en estrecho abrazo.

Fuente: Wagner, Richard. Edición de Mayo, Ángel Fernando y Vela del Campo, Juan Ángel. El holandés errante. Madrid: Ediciones Cátedra, 1992.

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Ópera; Richard Wagner

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