Lectura adicional de Encarta Aparece en
M, el vampiro de Düsseldorf

En este fragmento se realiza una breve sinopsis del argumento de la película M, el vampiro de Düsseldorf, realizada en 1931 por el director alemán Fritz Lang. Se trata de la primera producción sonora de este cineasta, estrenada en el ocaso del cine mudo. La historia de Hans Beckert, un psicópata asesino de niñas, da origen a una de las obras maestras del cine policiaco de todos los tiempos con el inolvidable Peter Lorre en el papel principal.

Fragmento de Fritz Lang.

De Quim Casas.

La mirada languiana (filmografía).

La policía de Düsseldorf se siente impotente para encontrar el paradero de un asesino de niñas. Los bajos fondos se organizan para hallarlo por sus propios medios, ya que las constantes redadas de la policía a la búsqueda del criminal están arruinando sus negocios. Casi al mismo tiempo que el comisario Lohmann encuentra una pista en casa de Hans Beckert, los mendigos lo acorralan en una vieja fábrica y se hacen con él. Es juzgado delante de carteristas, delincuentes y ladrones, y condenado a muerte. Beckert suplica que le entreguen a la policía, y ésta hace acto de presencia en el último momento.

También en Encarta

Lang siempre consideró M como la película de la que se sentía más orgulloso. No es difícil saber por qué: M funciona con precisión como radiografía social de una Alemania que, en plena decadencia de la República de Weimar, no sabía cómo salir adelante; le sirvió a su autor de espléndido banco de pruebas para el naciente sistema sonoro; pudo retratar una conducta criminal mucho más realista que la enunciada en El doctor Mabuse o Spione; descendió hasta las entrañas del más transparente relato de terror; y tuvo una vez más la oportunidad de aplicar su sentido documental investigando durante meses el comportamiento de varios psicópatas y entrevistándose con psicoanalistas, policías, delincuentes y reporteros de sucesos. Peter Kürten, un asesino de niños de la ciudad de Düsseldorf, fue el modelo que inspiró más directamente al Hans Beckert languiano. Pero la mirada del cineasta no se limitaba a un solo personaje ni a una situación concreta que concluye cuando el psicópata es detenido y juzgado; su percepción alcanza todas las esferas de la sociedad alemana de principios de los treinta, indagando con la precisión de un afilado bisturí en temas como la locura colectiva, la incapacidad de la policía por mantener la seguridad ciudadana o la ambigüedad de la autodefensa urbana al margen de la ley. M es también el film preferido de Lang por una razón más sencilla y directa: es la única película de su carrera que hizo en total libertad.

Todos estos temas, trabajados a fondo en un guión sin fisura alguna, posiblemente el más férreo de los que escribieron al alimón Lang y su esposa, encuentran su perfecta modulación en una puesta en escena forzadamente distante y una utilización del sonido tremendamente descriptiva. Los sonidos y los silencios de M dan mejor la pauta dramática del film que, en este caso, los contrastados juegos de luces y la exarcebada dirección de actores. En este sentido, Lang se acercó al nuevo invento con voluntad de experimentador nato, adecuándolo con rapidez y fluidez a su propio estilo. Algunos ejemplos: la famosa melodía de «Peer Gynt» silbada por Beckert a lo largo de todo el film, melodía que le delatará finalmente; los silbidos a modo de señales de los mendigos cuando persiguen al asesino por las calles solitarias; el encadenado sonoro entre diversos planos y espacios (el ladrón que atrapa la policía en la fábrica dice «soy inocente» cuando le sacan del agujero y Lang monta el siguiente plano en la comisaría con dicho personaje concluyendo «...inocente como un bebé»).

Lo impresionante de M es su capacidad para reunir en una narración muy condensada y ordenada tantas sugerencias y temáticas. Lang ya habla aquí de las implicaciones sociales de una posible policía paralela, pero a diferencia de los periodistas de Mientras Nueva York duerme, que actúan de inquisidores para escalar puestos en su trabajo, los mendigos y delincuentes de M lo hacen para mantener su forma de vida. También esgrime a fondo un sentido periodístico de la realidad, aplicando una voluntad exclusivamente didáctica cuando el prefecto de policía explica el avance de sus investigaciones a un superior: Lang construye entonces un bloque casi autónomo dentro del film en el que vemos redadas, seguimientos de pistas con perros, registros, interrogatorios, búsqueda de pruebas en los lugares donde se han encontrado las víctimas, detenciones en plena calle, etc. De la forma más sencilla, Lang hace patente un auténtico estado de terror. El asesino, como rezaba el por entonces molesto subtítulo de la película, estaba entre nosotros. Lang hacía de la cotidianidad más demente un auténtico fresco de terror certificando la ansiedad de toda una nación. Como indicaba Bernard Eisenschitz, «los primeros meses de 1930 vieron desarrollarse una psicosis de masas alrededor de los asesinatos en serie cometidos en Düsseldorf por un “asesino colectivo”. Era un fenómeno endémico en la Alemania weimariana: Friedrich Schumann (ejecutado en 1921), Carl Grossman (que se suicidó durante su proceso en 1922), Karl Denke (suicidado en su celda en 1925), Fritz Haarmann (ejecutado en 1925), representaron los inicios de los años veinte. Entre marzo de 1929 y mayo de 1930, trece mil cartas con denuncias llegaron a la policía de Düsseldorf, nueve mil personas fueron interrogadas, diez mil seiscientos casos fueron examinados. Finalmente, el 24 de mayo de 1930, Peter Kürten es arrestado». El día 6 de junio de ese mismo año, Lang anunciaba la preparación de M. El cineasta siempre se sintió comprometido con su tiempo e intentó, en la medida de sus posibilidades, retratarlo, nunca solucionarlo. M es una de las pruebas más fehacientes de esa inquebrantable búsqueda languiana.

No sería justo hablar de M sin citar dos de sus rasgos más importantes. La compleja interpretación de Peter Lorre, un actor versátil (y excelente director: su único film, Der Verlorene, 1951, está lleno de arrojo e imaginación) que, durante las seis semanas que duró el rodaje, asumió la conflictiva y desdoblada personalidad de Beckert por las mañanas mientras que por las noches trabajaba en el teatro en una obra cómica de Valent Katayev. Y la dolorosa forma con la que Lang construye la secuencia de apertura, la muerte de la pequeña Elsie: su madre, inquieta por la tardanza, grita por la ventana su nombre, Lang encuadra el rellano de la escalera vacío, el tejado con el movimiento único de la ropa colgada, el patio desolado, la pelota que llevaba la niña deslizándose en solitario, su globo atrapado entre los cables del alumbrado; la voz de la madre se va oyendo cada vez menos, como el aullido de un lobo herido que conoce la tristeza y desolación que le esperan. Con tamaña inventiva y convicción creó Lang una de las piedras angulares de su obra.

Fuente: Casas, Quim. Fritz Lang. Madrid: Ediciones Cátedra, 1991.

Aparece en

Historia del cine; Fritz Lang; Historias de miedo

© 2008 Microsoft