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Inicios de la arquitectura cristiana

En este fragmento se describen los orígenes sociales, políticos y religiosos de lo que se conoce como arquitectura paleocristiana surgida en el seno de las primeras comunidades de cristianos que aparecieron entre los años 50 y 150 de nuestra era. El marco histórico en el que se desarrolló el germen de este movimiento fue el Imperio romano.

Fragmento de Arquitectura paleocristiana y bizantina.

De Richard Krautheimer.

Capítulo I.

Durante los tres primeros siglos de la era cristiana, dos elementos son los que definen la posición de la cristiandad: que desarrolló una nueva fe, y que lo hizo primariamente dentro del marco social, político y religioso del Bajo Imperio romano. La organización de la cristiandad, sus necesidades, incluso sus conflictos con Roma estuvieron largo tiempo determinadas por su conformidad o su oposición a ese marco; y su arquitectura, hasta donde la conocemos, ha de contemplarse dentro del contexto del mundo romano-helenístico.

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La religión en la Roma imperial se había escindido en dos esferas. El culto público de los dioses que garantizaban el bienestar del Imperio —Júpiter, el Sol Invicto, o la Divina Majestad del Emperador— era un deber cívico que se ejecutaba conforme a un ritual oficial; este culto no se exigía más que de quienes ostentaban, cargos públicos o estaban bajo su dependencia directa. Las necesidades espirituales se satisfacían con divinidades escogidas personalmente: dioses tribales locales o dioses salvadores, frecuentemente de origen oriental. Todos estos cultos, ya se centraran en Mitra, en la Gran Madre o en Isis, garantizaban la salvación tras la muerte para los iniciados, grupos pequeños, selectos y segregados en los que los cofrades podían olvidar las distinciones sociales. No tenía por qué surgir ningún conflicto mientras el culto del emperador y los cultos de salvación personal no fueran mutuamente excluyentes, o mientras pudiera evitarse el culto oficial obligatorio. Y, para los pobres, esto no era difícil.

Dentro del ámbito de las religiones de salvación del Bajo Imperio, el Cristianismo creció casi sin ser notado al menos durante una generación después de la muerte de Cristo. De hecho, de no ser por San Pablo, las primeras congregaciones cristianas seguramente habrían seguido siendo pequeños grupos heréticos dentro de las comunidades judías de Palestina, aquel turbulento rincón de lengua aramea. Pablo plantó en el Cristianismo las semillas de una religión universal. Predicó el Evangelio a los judíos y también a los gentiles que vivían en las ciudades helenizadas de Grecia, por las costas de Asia Menor, y también en Roma. Cortó los lazos del Cristianismo con el Judaísmo y con el nacionalismo judío. Inició una política de elusión de las exigencias sociales y políticas de la sociedad romana. Los conversos se reclutaban principalmente entre el proletariado metropolitano, con algún que otro miembro de la clase media: algún suboficial retirado, algún liberto o gentes por el estilo. Hacia 100 d. C., la nueva fe, aunque centrada principalmente en las grandes ciudades, se había extendido por el este hasta las ciudades pequeñas, incluso pueblos. Dentro de las congregaciones se desarrolló gradualmente una organización poco estricta. De los negocios y otros asuntos prácticos se ocupaba un grupo de administradores voluntarios, los gobernadores (episkopoi, obispos) y los intendentes (diakonoi, diáconos). La inspiración procedía de los predicadores itinerantes, primero de los discípulos, luego de los «apóstoles» y los «profetas». El ritual estaba también poco organizado, aún a comienzos del siglo II. La congregación se reunía al alba para rezar, y a la caída de la tarde para una comida (agape), recuerdo de la comida judía de la víspera del Sabat. Este ritual de la tarde se abría con una bendición de la partición del pan y terminaba con una segunda bendición de un cáliz de vino. Se hacían plegarias durante la comida o después, se cantaban himnos, y a veces tenía lugar un discurso de contenido espiritual. Se estaba presente algún «profeta», pronunciaba un sermón o hablaba extáticamente en varias lenguas.

Estos primeros creyentes no tenían los medios, ni la organización, ni el menor interés por desarrollar una arquitectura eclesiástica. Se reunían en cualquier lugar que se prestara a la ocasión. Para ganar prosélitos, podía reunirse un grupo en algún lugar de oración judío, en Jerusalén en el recinto del templo, en otras partes en la sinagoga. Pero con la creciente diferenciación entre creyentes viejos y nuevos, estas asambleas misioneras se hicieron cada vez más difíciles. Los cristianos podían reunirse en cualquier esquina, como hacían San Pablo y su audiencia en el mercado de Atenas. Rara vez podrían alquilar un local público, como hizo la congregación de Éfeso con ocasión de la visita de San Pablo.

En contraste con estas reuniones misioneras —que cesaron con la muerte de los discípulos— las asambleas regulares se celebrarían necesariamente en privado, en la casa de alguno de los fieles, «partiendo el pan de casa en casa». Puesto que el núcleo de la ceremonia era una comida, el lugar obligado de la reunión sería el comedor. Y como las congregaciones se reclutaban aquí y allá entre las clases bajas y medias, sus casas serían típicas casas modestas. Conocemos estas casas, si no desde los siglos I y II, al menos desde los siglos IV y V. En las provincias orientales, eran al parecer viviendas unifamiliares de hasta cuatro pisos. El comedor, en el último, era la única habitación grande, y a menudo se abría a una terraza. Este es el piso alto, el anageion o hyperōon que se menciona frecuentemente en los Hechos, la estancia «elevada, abierta a la luz» de que todavía habla Tertuliano después de 200 d. C. El mobiliario consistía sencillamente en una mesa y tres divanes a su alrededor, de donde toma su nombre el comedor en el griego latinizado: triclinium. El diván principal, situado frente a la entrada, se reservaría presumiblemente para los ancianos, el anfitrión y el orador como huésped de honor. La congregación abarrotaría la estancia, incluso los alféizares de las ventanas, de tal forma que en Troas —por el calor de las numerosas lámparas y la longitud del sermón— un joven se cayó del cuarto piso (el tristegon), siendo resucitado por el predicador, San Pablo. En Roma, donde eran normales las casas de vecindad de varios pisos, no siempre provistas de comedor, serviría para estas reuniones cualquier habitación amplia. Las congregaciones no necesitaban otras habitaciones. Los postulantes; aspirantes a conversos y los catecúmenos, conversos aún no bautizados, no eran admitidos a la «partición del pan», y dejaban la estancia antes de que se llegara a este clímax de la asamblea. El bautismo, que al principio sólo se administraba en aguas corrientes, se celebraba ya en agua estancada, caliente o fría, desde principios del siglo II; tendría lugar, podemos suponer, en alguna fuente o pozo del patio de la casa, en un cuarto de baño o en algún pequeño baño público de propiedad particular.

Hasta 200 d. C., no existía ni podía existir una arquitectura cristiana. Sólo la religión oficial erigía templos dentro de la tradición de la arquitectura griega y romana. Las religiones de salvación, según la forma específica de su ritual y de los medios económicos de su congregación, construían oratorios, subterráneos o a cielo abierto, desde los más sencillos a los más recargados, pero siempre de pequeño tamaño. Las congregaciones cristianas antes de 200 se movían en el limitado ámbito de la arquitectura doméstica, es más, de las discretas moradas de las clases inferiores. Esta limitación, y especialmente la elusión de la arquitectura del culto oficial, fueron hechos decisivos desde el inicio mismo de la arquitectura cristiana.

Fuente: Krautheimer, Richard. Arquitectura paleocristiana y bizantina. Madrid: Ediciones Cátedra, 1984.

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Arte y arquitectura paleocristianas

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