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La tonadilla y el melólogo

La zarzuela es un género lírico originario de España que surgió dentro del ámbito del teatro musical cortesano a mediados del siglo XVII como alternativa nacional a la ópera europea. En ese mismo contexto, pero un siglo más tarde, aparecieron otras dos formas: la tonadilla escénica y el melólogo. En este fragmento se realiza un breve análisis de estas nuevas propuestas de teatro musical.

Fragmento de La zarzuela.

De Manuel García Franco y Ramón Regidor Arribas.

Capítulo 2.5.

En los reinados de Carlos III y Carlos IV se incorporarían a la vida musical española —propiciada por esa vocación de nuestros antepasados dieciochescos al incremento del valor lúdico en nuestro teatro— dos nuevas formas de teatro musical que en las últimas décadas del siglo comieron el seso de manera especial a los asistentes a los coliseos: la tonadilla y el melólogo.

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La tonadilla escénica, cuyas rollizas intérpretes, las tonadilleras, eran un auténtico atractivo para el público masculino, nacería hacia la medianía del siglo, llegaría a su apogeo hacia finales del mismo e iniciaría su declinar en la siguiente centuria. Es un género autóctono lírico-dramático menor que comenzó como intermedio y final de obras teatrales mayores, de las que terminaría por desvincularse para formar su espectáculo propio. Su principal estudioso fue José Subirá. Surge como reacción contra lo extranjero y pasión o moda por lo popular. Su música se percibe en las melodías típicamente españolas y la proliferación de bailes como el fandango, boleros, seguidillas, jotas tiranas... A pesar de ello, el estilo italianizante seguiría influyendo en lo vocal y el francés en lo coreográfico. Pasó de ser una simple tonada a solo a tener una forma típicamente teatral llegando a existir tonadillas con doce personajes, como La plaza del palacio de Barcelona, de Jacinto Valledor. La orquesta desplazó a la guitarra originaria para acompañar los números cantables. Su repertorio es costumbrista y humorístico sus historias llevan actualidad, alternando personajes de la clase baja, de taberna y barrio popular, con burgueses y nobles, a los que retrata con un tipismo festivo mal encarado con gotas de erotismo cuando la trama lo permite. Su tendencia a lo grotesco desfigura su realismo. Critica las debilidades humanas y vicios sociales. Participamos con Emilio Palacios de la «ineficacia en su censura porque el humor desmedido y la carcajada le quitaban cualquier posibilidad educadora seria».

A este género se dedicaron compositores ya independizados de la vida palaciega y que servían a las compañías municipales de los corrales del Príncipe y de la Cruz: Pau Esteve, Blas de Laserna, Lluis Misón (?-1766), José Castel Antonio Guerrero (1700-1776), Antonio Palomino, Antonio Rosales, Ventura Galván, Pedro Aranaz, Pablo del Moral y otros compositores de zarzuelas. Se estiman en dos mil el número de tonadillas existente.

El melólogo fue otro nuevo género musical teatral de emergencia tardía y fundamentalmente de influencia francesa. En España se llamó «unipersonal», por ser una pieza corta para un solo personaje que declamaba largas series de versos, acompañado por una música que subrayaba y comentaba la acción y los sentimientos que animan a las figuras de la ficción teatral. Con posterioridad se fueron complicando, pasando a ser «dílogos» y «trílogos». También su acción pasó de patética a ser cómica. Sus antecedentes franceses vienen de J. J. Rousseau, quien lo puso de moda con su Pygmalion y su Le devin du village. Este tipo de espectáculos proviene también del alemán George Benda, que llegó a representar en Madrid Ariadna y Medea. Los practicantes de este género en nuestro país fueron, fundamentalmente, los escritores ilustrados de los últimos años del setecientos. Su impulsor fue Tomás de Iriarte (1750-1791), que inauguró este tipo de teatro musical con Guzmán el Bueno, estrenado en Cádiz en 1790 y en Madrid el 26-II-1791, en los Caños del Peral. En el último decenio del XVIII y primeros del XIX hizo furor en los teatros españoles, siguiendo la interpretación del modelo francés, es decir, en el que la pieza musical era interpretada en las pausas del declamado, mientras que en el melólogo de Benda la orquesta acompañaba continuadamente todo el declamado del actor. Se dedicarían a este tipo de representación nombres de la literatura como Comella y Moratín y músicos como Laserna, Moral o Manuel García, principalmente.

A las puertas del siglo XIX, la zarzuela, consciente de haber llegado al final de una etapa en la que la producción y su aceptación no daban más de sí, entró en hibernación. Sus reapariciones fueron esporádicas hasta casi 1850. En ello las compañías de la legua tuvieron su protagonismo. El siglo venidero aportaría a nuestro género lírico un nuevo lenguaje en el que la tonadilla sería fuente de inspiración. A la vez se abriría una nueva y, si se quiere, vieja polémica: la de la ópera española, casi siempre sin resolver y que se sale de nuestro cometido.

Fuente: La zarzuela. © Manuel García Franco/Ramón Regidor Arribas / © Acento Editorial, 1997.

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