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Cena de gala del Nobel

La obra biográfica Severo Ochoa, de Marino Gómez-Santos, refleja fielmente la trayectoria científica de la vida del Nobel y el marco intelectual en la que se desarrolló. En el fragmento siguiente se recoge el momento del discurso que Ochoa pronunció durante la cena ofrecida en honor de los premiados.

Fragmento de Severo Ochoa.

De Marino Gómez-Santos.

Capítulo 9

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Presiden los Reyes y asisten las Princesas Sibila, Margareta, Desirée y el Príncipe Guillermo. Los Nobel tienen sus puestos en la mesa de la Familia Real. Ochoa se halla situado a la derecha de la Reina y, a su vez, tiene a su derecha a la Princesa Margareta. Ésta le formula preguntas sobre ciencia que Ochoa responde complacidamente. El poeta Salvatore Quasimodo, que está próximo a la Princesa, observa con gesto irónico, sin intervenir en la conversación. No habla inglés y ello le contraría. Pero Quasimodo no pierde ocasión de lucir su talante festivo y, al fin, exclama: «¡Il profesore Ochoa ha innamorato a la Principessa!».

Durante la cena, una orquesta dirigida por Karl Nikelhim interpreta el «Tango», de Albéniz, en honor del Nobel español. El coro de la Asociación de Estudiantes de Estocolmo, bajo la dirección de Einar Ralf, anima el ambiente con diversas canciones y pasacalles.

El Presidente de la Fundación Nobel invita a brindar por Su Majestad el Rey. A un toque de trompetas los comensales se levantan con la copa en alto, mientras es interpretada la Marcha Real sueca. Seguidamente, el Rey propone brindar en silencio, en memoria de Alfred Nobel.

Johnson, miembro de la Academia sueca, dirige a los asistentes una alocución que finaliza con un brindis en honor de los laureados. Estos, responden uno a uno, por el orden que se había seguido en la recepción de los premios. Severo Ochoa pronuncia su alocución a media voz, con tono mesurado y persuasivo acento:

«Majestades, Altezas Reales, Excelencias, Señoras y Señores:

No me es posible hallar palabras adecuadas para expresar mi profundo agradecimiento por el gran honor que me habéis hecho, el más alto que un hombre de ciencia pueda recibir; y me siento muy feliz al compartirlo con mi antiguo asociado, mi amigo de tantos años, Arthur Kornberg. Me doy honda cuenta del valor de la distinción, de que mis colegas del Instituto Carolino me han considerado digno, pero lejos de sentir orgullo, es humildad la que experimento al encontrarme junto a los grandes hombres, que me han precedido. Esto representa para mí una obligación, que quiero tratar de afrontar con un aumento del esfuerzo y de la dedicación a la ciencia, ya que el Premio Nobel no es el fin de un camino, sino el comienzo de otro nuevo, tal vez más arduo.

Como natural de España, nación a la cual debo mucho de mi fondo de educación y cultura, fui profundamente influido por mi gran predecesor Santiago Ramón y Cajal. Entré en la Facultad de Medicina demasiado tarde para haber recibido directamente sus enseñanzas, pero a través de sus escritos y de su ejemplo, aquél obró mucho en el despertar de mi entusiasmo por la biología y en la cristalización de mi vocación. Entre los grandes nombres, que ilustran la lista de los ganadores de Premios Nobel en Medicina está el de Otto Meyerhof, mi admirado maestro y amigo, a cuya inspiración, guía y ánimos tanto debo. También he tenido la fortuna de trabajar bajo la dirección de otros grandes científicos y deseo reconocer mi deuda con Sir Rudolph A. Peters y con los laureados Premios Nobel Carl y Gerty F. Cori, que tanto hicieron para añadir nuevas dimensiones a mi perspectiva científica y para acrecentar mi experiencia intelectual.

Mis trabajos no hubieran sido posibles sin la devota ayuda de los estudiantes de investigación de distintos países, con los que he tenido la fortuna de estar asociado durante años. También debo mi gratitud y amor a mi gran país de adopción, los Estados Unidos de América, donde como muchos otros he hallado yo puerto de generosidad y comprensión, así como un medio ambiente ideal, y facilidad para mi labor.

En años recientes, la bioquímica —la química de la vida— ha logrado alcanzar el primer plano de la investigación biológica. Nada más natural puesto que en el fondo de toda vida se hallan reacciones químicas. El enorme crecimiento de la bioquímica no hubiese sido posible sin el previo desarrollo de la química; y Suecia puede estar justamente orgullosa de haber tenido pioneros como Bergman, Scheele, Berzelius y Arrhenius, a los que se deben muchos de los fundamentos básicos de esta ciencia. Suecia tiene, también actualmente, hombres que están en la línea del frente de la bioquímica de hoy.

El estudio de la vida, que al perpetuarse de generación en generación, siguen las substancias básicas de la vida, los ácidos nucleicos y las proteínas, estudio que ha sido precedido con la elucidación de su estructura química y los avances tan espectaculares de la genética, nos han aproximado cada vez más cerca, a la comprensión de los hechos más característicos de la vida.

El hombre casi ha conquistado ya el átomo, y está preparándose para la conquista del espacio. Ha descubierto muchos de los secretos de la materia inerte y empieza a cavar hondo en el reino fronterizo entre lo vivo y lo muerto; el mundo de los virus. Es posible que el hombre nunca halle la clave de la naturaleza del sentido de la vida, pero podemos dirigir la vista adelante, con confianza y antelación, hacia una mucha mejor comprensión de un gran número de sus misterios.

Para terminar quiero expresaros en nombre de mi mujer, mi devota camarada, y en el mío, nuestra profunda deuda por vuestro recibimiento tan amistoso y por vuestra generosa hospitalidad. Conservaremos el recuerdo de estos días, en tanto vivamos.»

Al término del banquete los asistentes se trasladan al Salón Dorado donde se celebra el baile. En una noche tan memorable, Severo y Carmen reanudan la que ha sido una efímera afición de juventud.

Regresan al Gran Hotel, a medianoche, rendidos por la actividad de una larga jornada y por las emociones que probablemente han de resultar irrepetibles. Al contemplar la Medalla y el Diploma del Premio Nobel, piensan en el significado que esta recompensa tiene en sus vidas. La conclusión es unánime: acaban de alcanzar el momento cumbre de su felicidad. «Carmen —razona Severo— hizo de mis ideales los suyos. Nuestras voluntades discurren en el mismo sentido. Siempre tuve su apoyo y no ha dudado en hacer el mayor sacrificio con tal de conseguir que yo llevase a cabo mi deseo de hacer buena ciencia. Sin la resuelta decisión de Carmen yo no hubiera salido de España y si no salgo de España no hubiésemos estado hoy aquí.»

Fuente: Gómez-Santos, Marino. Severo Ochoa. Madrid: Ediciones Pirámide, 1993.

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