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Tardía debido a las infranqueables barreras naturales que rodean a este bello país austral andino, la colonización de Chile tuvo, no obstante, los rasgos de una epopeya. El pueblo araucano presentó fiera resistencia a las tropas invasoras procedentes del norte, que, lejos de efectuar un avance uniforme, tuvieron que hacer frente a los diversos embates que los indígenas dirigían con el fin de mantener su control de un territorio que les había pertenecido desde hacía siglos.
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Al atravesar Magallanes, en 1520, el estrecho que conserva su nombre, quedó establecido el perfil del extremo meridional del continente americano y, por tanto, en términos generales se conocía la extensión de las que después serían tierras chilenas. Pero su ocupación efectiva todavía tardaría algunos años en realizarse, debido a que tanto el desierto de Atacama por el norte, como la cordillera andina por el este —detrás de la que también se extiende un vasto desierto—, marcaban unas barreras naturales inicialmente consideradas como infranqueables.
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La exploración y ocupación del territorio chileno partiría de Perú, a cargo de hombres de Pizarro. Hubo un primer intento realizado por Almagro, quien salió de Cuzco en 1535 y, tras una larga marcha, alcanzaría el valle del Copiapó en 1536. Sin encontrar resistencia, aunque al mismo tiempo decepcionados por la pobreza del territorio que atravesaban y que no parecía albergar minerales preciosos, los hombres de Almagro consiguieron llegar hasta el valle del río Maule, es decir, exploraron hasta los 36º de latitud sur, pero decidieron retornar sin haber llegado a efectuar fundación alguna en el territorio que habían recorrido.
Tras este intento fracasado, o mejor dicho, despreciado por los mismos exploradores, Pedro de Valdivia iniciaría una segunda expedición en 1540, partiendo igualmente de Cuzco y contando con la aprobación de Pizarro. Valdivia sienta las bases de la que será la ocupación efectiva del territorio chileno al fundar, en 1541, la ciudad de Santiago, a la que él llamaría Nueva Extremadura, Concepción en 1550 y Valdivia en 1552, ciudades situadas actualmente a la cabeza del sistema urbano chileno. Pero Valdivia había avanzado peligrosamente sobre territorio araucano, y si bien al principio los indios no habían presentado fuerte resistencia a la penetración de los soldados españoles, en 1553 estalló la sublevación de los araucanos, dirigidos por Colo Colo, y en la matanza de Tucapel murió el propio Valdivia.
La delimitación del territorio chileno había sido fijada por La Gasca en 1549, cuando Valdivia le ayudó a la pacificación de Perú, y es conocida como Jurisdicción de Valdivia. La demarcación comprendía entre los 27 y 41º de latitud sur, es decir, aproximadamente entre el curso del río Copiapó al norte y la ciudad de Valdivia al sur, y se extendía 100 leguas hacia el interior; pero pronto se impondría la frontera natural de la cordillera andina, y en 1563 se segregaría Tucumán, y más tarde, en 1776, lo haría Cuyo. De esta manera se irían dando los pasos para llegar a la actual configuración de las bases territoriales de la nación chilena.
Para someter a los araucanos llegó desde Perú, en 1557, Don García Hurtado de Mendoza y, tras vencer y dar muerte a su jefe Caupolicán, pacificó el territorio, reconstruyó las ciudades y fortificaciones arrasadas y avanzó hacia el sur, superando la línea de demarcación de los 41º de latitud sur, hasta el golfo de Ancud, desde donde avistó la isla de Chiloé. A su regreso de esta exploración, en 1558, fundaría la ciudad de Osorno, casi en el límite de la jurisdicción (40º, 25’ de latitud sur), como prueba fehaciente de la ocupación efectiva del territorio araucano por las tropas españolas.
Mendoza creía haber acabado definitivamente con la resistencia araucana. Sin embargo, durante dos largos siglos la historia se repetiría, y el acoso de los araucanos sobre las fortificaciones, ciudades y campos de cultivo sería permanente, saltando con una violencia inusitada en determinados momentos, que terminaban en matanzas y destrucción de las ciudades. A su vez, las tropas españolas respondían, y conseguían un nuevo sometimiento de los indios, que siempre era considerado como el definitivo. De hecho, la ocupación efectiva de Chile por parte de los españoles llegaba hasta el Biobío y la ciudad de Concepción; al sur de ésta se extendía un vasto territorio fronterizo, de azaroso destino; en algunos casos, como en la sublevación general de 1655, los araucanos avanzaron hasta el Maule, destruyendo las estancias de los colonos que hallaron a su paso.
Esta situación de guerra constante con los araucanos obligaba a mantener un ejército permanente, a realizar el servicio militar los colonos y a efectuar levas entre los indios sometidos, lo que frenaba la inmigración de los primeros y aumentaba aún más el descontento de los últimos. Al mismo tiempo, esta situación, mantenida durante largo tiempo, dio lugar a que Chile se convirtiera en un claro país de frontera, con las consecuencias de todo tipo en las mentalidades, organización de las economías, etc., que ello llevaba anejas.
Con el paso del tiempo iría decreciendo la virulencia de los enfrentamientos con los araucanos, a la vez que se hacían más esporádicos. En buena medida, la pérdida de belicosidad por parte de los araucanos era debida a la disminución de su población, cada vez más debilitada a causa de la guerra, la esclavitud a la que eran sometidos, las enfermedades en contacto con la población blanca y a que lentamente iban siendo reducidos a territorios más pobres, donde les resultaba difícil la subsistencia; a finales del siglo XVIII su población se evaluaba en unos cien mil individuos. Con todo, todavía en este siglo se registraron algunos levantamientos esporádicos y violentos como los ocurridos en 1723 y 1766.
La expedición de Valdivia no fue sólo de conquista, sino también de colonización pues, junto con sus soldados, trajo indios peruanos para asentarlos en las nuevas tierras ocupadas, así como semillas y algunos animales domésticos. Pero la base de la nueva organización económica, como en todas las tierras americanas colonizadas por los españoles, sería la encomienda o repartimiento de indios. Los indios que habitaban un territorio ocupado por los españoles quedaban obligados a trabajar, ya fuera en la agricultura o en la minería, para los encomenderos o colonizadores hispanos, entre los que el jefe de la expedición y más tarde los gobernadores realizaban el repartimiento. Los encomenderos, a su vez, deberían ejercer una misión de tutela y adoctrinamiento de la población a su cargo. Por su parte, la Corona utilizaba la encomienda como vía recaudatoria, imponiendo un gravamen por cada indio encomendado. Este sistema supuso, de hecho, la reducción a una situación próxima a la esclavitud de la población autóctona, que, de esta manera, se vio sometida a los más duros trabajos.
En el caso concreto de Chile, la resistencia de la población araucana y la insuficiencia de indios de encomienda llevaron al establecimiento de un sistema de inquilinato, según el cual los mestizos, o inquilinos, debían trabajar un cierto número de días al año para los grandes propietarios de origen hispano, los estancieros, y a cambio recibían una pequeña suerte de tierra para su propio sustento. Este sistema sería la base de la desequilibrada estructura de la propiedad agraria del país, al coexistir vastos latifundios y reducidísimos minifundios, así como del poder económico y la influencia política de los grandes terratenientes, convertidos en la oligarquía dominante.
En el período colonial, la explotación minera tuvo escaso desarrollo, y la economía chilena era esencialmente agraria. En las tierras del Chile central, junto a los cultivos indígenas, pronto se introdujeron los mediterráneos, trigo y vid, exportados sobre todo a los centros mineros de Bolivia y Perú. A medida que se fue consolidando la presencia hispana en las tierras más húmedas del sur, se fue introduciendo y desarrollando también la ganadería.
Por otra parte, España impondría una dura normativa a sus colonias, obligándolas a ejercer el comercio únicamente con la propia metrópoli y protegiendo la producción manufacturera de la Península frente a una posible competencia industrial en territorio americano. Esta reglamentación, extremadamente rígida, aparte de otras limitaciones de carácter tecnológico, cercenaron por completo las posibilidades de desarrollo industrial que podían haber surgido en Chile durante estos siglos.
Fuente: Cruz Villalón, Josefina. Chile. Madrid: Biblioteca Iberoamericana. Ediciones Anaya, S.A., 1988.
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Chile (república)
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