Lectura adicional de Encarta Aparece en
El secreto de las avispas parásitas

Las avispas parásitas necesitan de orugas vivas para poder desarrollarse. El arma secreta que utilizan para defenderse del sistema inmunológico de la oruga es un virus. En el fragmento siguiente se recoge el momento justo en el que supuestamente la avispa ha dado con su hospedador, la oruga.

Fragmento de El arma secreta de las avispas parásitas.

De Nancy E. Beckage.

La oruga de la derecha no llegará a mariposa. Por mucho que se esconda entre las hojas de la tomatera, a resguardo de depredadores, su enemigo declarado ha dado con ella. En busca de protección y sustento para su prole, la avispa parásita, orientada por el olor característico que despide la oruga, ha encontrado lo que quería. En ese momento, la insignificante avispa hiende la blanda cutícula de la oruga e inyecta en su interior corporal una tanda de huevos. En esa cavidad prosperarán las larvas que nazcan, alimentándose de su propia guardería viva. Llegada su hora, la larva de la avispa saldrá al exterior, rompiendo la cutícula de su hospedadora por los flancos, y empezará a tejer el capullo de crisalidación en la superficie de la propia oruga. Una vez completada la metamorfosis, las avispas han alcanzado la madurez y podrán irse, en tanto que su hospedador morirá irremisiblemente sin pasar de oruga.

También en Encarta

Si habláramos de una lucha entre dos, la oruga podría tener alguna posibilidad de ganar, pues posee un sistema inmunitario capaz de encapsular y eliminar los huevos de la avispa invasora antes de que ésta le inflija un daño permanente. Pero la avispa no pugna en solitario. Además de huevos, inyecta grandes cantidades de partículas víricas. Esa infantería vírica neutraliza muy pronto la respuesta inmunitaria, decantando el fiel de la balanza en favor de la progenie de la avispa. La oruga, doblemente parasitada, va dejando de alimentarse, no crisalida y muere prematuramente.

Este tipo de relaciones parásito-hospedador, donde intervienen una avispa, un virus y una infortunada oruga, se cuentan entre las más complejas de la naturaleza. La avispa es un endoparásito; necesita, pues, desarrollarse en el interior de su hospedador. Si la oruga muriera antes de que las larvas de la avispa alcanzaran determinado grado de desarrollo, entonces las avispas parásitas morirían también. Mas, por otro lado, la oruga no puede recurrir a sus defensas inmunitarias para resistir la agresión. Ante tal situación, gran parte de la responsabilidad de que se mantenga ese delicado equilibrio recae en el cómplice vírico de la avispa. Lo mismo que ésta, muchos parásitos de insectos han establecido, por selección, asociaciones con bacterias o con virus que les ayudan en su tarea, a menudo letal.

Un ejemplo sencillo de tal asociación nos lo ofrecen ciertos gusanos parásitos que llevan una bacteria patógena alojada en el sistema digestivo. Los vermes en cuestión regurgitan las bacterias en sus insectos hospedadores a los pocos días de la infección. Las bacterias, que se dividen con suma rapidez, no tardan en convertirse en fuente de alimento para los gusanos que están creciendo. A su vez, éstos generan nuevos recursos al secretar enzimas digestivas que pronto convierten el cadáver del hospedador en sopa de gran valor nutritivo. A modo de contrapartida las bacterias sacan provecho de los gusanos, que les sirven de medio para invadir otros hospedadores. El gusano y las bacterias, aunque interaccionan entre sí, son organismos estrictamente independientes, pues no comparten genes.

Más estrecha resulta, por contra, la relación de avispas endoparásitas con los virus. No sólo por los destinos de unas y otros, que se entrelazan, sino también por la permanente imbricación mutua del material genético. Más: avispa y virus poseen genes emparentados. Si valiera la provocación, cabría preguntarse: ¿constituyen, acaso, dos entidades o una sola la avispa y el virus?

El primer indicio que sugería que el arsenal de las avispas endoparásitas podría incluir armas insólitas llegó en 1965 de la mano de George Salt, de la Universidad de Cambridge. Sospechó que durante la oviposición, y al mismo tiempo que los huevos, las hembras de Venturia inyectaban en el interior de la oruga hospedadora sustancias que eran imprescindibles para el desarrollo normal de su progenie. Salt observó, en particular, que el ovario de la avispa contenía sustancias que impedían que los huevos fueran destruidos por el sistema inmunitario de la oruga.

En condiciones normales, los huevos inyectados circulan libremente en la hemolinfa, fluido que llena la cavidad interna de la oruga. Sin embargo, cuando Salt lavó los huevos de la avispa antes de inyectarlos, provocaron de inmediato una reacción inmunitaria. Esos huevos, despojados del misterioso factor que los protegía, acabaron muy pronto destruidos por las células del sistema inmunitario del hospedador. En 1973, las micrografías electrónicas tomadas por Susan Rotheram, también en Cambridge, proporcionaron una pista para conocer la identidad de la sustancia protectora. Mostraban las imágenes que, durante la oviposición, la superficie del huevo de Venturia, a su paso por el oviducto, se impregnaba con partículas de tipo vírico.

Fuente: Beckage, Nancy E. El arma secreta de las avispas parásitas. Investigación y Ciencia. Barcelona: Prensa científica, enero, 1998.

Aparece en

Avispa

© 2008 Microsoft