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Hallazgo de un ornitorrinco sudamericano

El descubrimiento de un fósil de un monotrema ornitorrínquido encontrado en capas del paleoceno temprano en el golfo de San Jorge, en el centro de la Patagonia, proporciona nuevas evidencias sobre el origen evolutivo de los mamíferos y la relación entre mamíferos australianos y sudamericanos.

Fragmento de El primer ornitorrinco americano.

De Rosendo Pascual.

Los mamíferos del Cretácico tardío documentados por Bonaparte, también en Patagonia, y muchos de los grupos de marsupiales y “ungulados” nativos del Terciario sudamericano han aportado ejemplos de adquisición y convergencia de nuevos caracteres en aislamiento geográfico. Pensábamos que el hallazgo de fósiles más completos de Sudamerica ameghinoi podría desentrañar las relaciones filogenéticas de dicho taxón, así como sobre muchos otros aspectos relativos a la teoría evolutiva, como la que habían ofrecido ya los mamíferos fósiles sudamericanos. Es bien conocida la influencia que ejercieron en Darwin para su teoría de la evolución y en Simpson para su intervención, desde la paleontología, en la configuración del neodarwinismo.

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Nuestro esfuerzo se vio recompensado por el descubrimiento de un molar de un mamífero que presentaba caracteres morfológicos singulares. El molar perteneció a un monotrema ornitorrínquido vinculado a la única especie oligo-miocena que se conocía entonces: Obdurodon insignis. Su análisis ratificó la similitud morfológica de este molar con los de las especies del género Obdurodon, del Oligoceno-Mioceno australiano. De ahí la denominación que le dimos: Monotrematum sudamericanum. Un breve repaso de la historia de los mamíferos sudamericanos ayudará a evaluar la trascendencia de este hallazgo.

Durante la mayor parte del período Terciario, aproximadamente entre 63 y 3 millones de años, el continente sudamericano fue insular. Lo corroboran los mamíferos fósiles, que muestran también que el aislamiento se quebró transitoriamente, al menos en tres momentos: hacia fines del Eoceno manifestado por el ingreso de los roedores y primates, desde Africa; hacia fines del Oligoceno o comienzos del Mioceno, cuando roedores y primates autóctonos emigraron hacia Las Antillas; y hacia fines del Mioceno, cuando se produjo el primer intercambio americano saltando de isla en isla. Fue un movimiento precursor de otros que ya usarían una vía terrestre directa con el surgimiento del “puente panameño” que estableció la conexión interamericana.

No sólo el aislamiento persistente es la causa de la diferenciación de una fauna peculiar de mamíferos durante la mayor parte del Cenozoico, sino que la posición austral del continente contribuyó a dar a su biota un carácter distintivo. Su conexión con la Antártida hasta bien entrado el período Terciario, su subsecuente rotura y escasa deriva hacia el norte imprimieron a su biota un sello polar conjugado con otro ecuatorial. Esta singularidad, que en términos paleobiogeográficos podría definirse como la suma de la historia de Gondwana oriental con la de Gondwana occidental, alcanzó un grado mayor al establecerse la conexión con América del Norte, permitiendo la incorporación de la biota laurásica, que se fundió a la de ambos continentes gondwánicos. En los mamíferos este episodio final tuvo efectos más ostensibles, ya que la gran mayoría de los taxa vivientes descienden de esos inmigrantes norteamericanos.

Si bien los mamíferos vivientes y fósiles evidencian la historia biogeográfica del continente sudamericano durante los últimos 60 millones de años, apenas se conocían los que debieron habitar en el continente durante los tiempos geológicos precedentes. Aunque todavía no se han registrado mamíferos terrestres del lapso Triásico-Jurásico, ni del Cretácico más tardío y de la primerísima parte del Cenozoico, los recientes hallazgos de restos en capas del Cretácico temprano (Hauteriviano) y del Cretácico tardío (Campaniano), sumados a los del Paleoceno temprano han aportado pruebas sobre la transición Cretácico-Terciario y sobre los mamíferos del Mesozoico.

Los mamíferos mesozoicos —por lo menos hasta finales del Cretácico— eran grupos pretribosfénicos, es decir, sin la morfología y oclusión molar coronaria especializadas que distinguen a los terios. Se advierte un elevado grado de endemismo, apoyado en su prolongado aislamiento, roto por esporádicas conexiones. En efecto, algunos dinosaurios indican que hacia fines del Cretácico existió alguna relación con América del Norte, permitiendo lo que parece haber sido el primer intercambio americano de vertebrados terrestres.

Durante el lapso Campaniano tardío-Daniano temprano (ocurrido hace entre 74 y 64 millones de años) debieron de producirse los primeros procesos emigratorios e inmigratorios de mamíferos; con América del Norte los marsupiales y placentarios como actores principales, y con Australia los marsupiales. La ausencia en América del Sur de monotremas entre los mamíferos de fines del Cretácico y su presencia en el Paleoceno temprano apuntan a que ellos también formaran parte del intercambio o expansión geográfica de mamíferos con Australia: los marsupiales desde América del Sur y los monotremas hacia América del Sur austral.

Si bien el extremo austral del continente sudamericano estuvo conectado a la Antártida occidental hasta bien entrado el Terciario —hasta el Oligoceno temprano (hace 35 millones de años), y por esa vía a Australia hasta el Eoceno tardío—, la ausencia de monotremas entre los mamíferos del Cretácico tardío de Patagonia indujo a suponer que el origen y evolución de los mismos era un fenómeno acontecido en Australia.

Nuestro hallazgo en el Paleoceno temprano del extremo austral sudamericano ha dado respuesta a algunos interrogantes y planteado otros nuevos. Obliga a un desplazamiento hacia el sur del enfoque de los antecedentes históricos de los mamíferos sudamericanos, que por largo tiempo se centró en la vinculación de éstos con la historia de los mamíferos de América del Norte. El ornitorrínquido de Patagonia es la primera prueba empírica de la relación histórica de los mamíferos australianos y sudamericanos.

Fuente: Pascual, Rosendo. El primer ornitorrinco americano. Investigación y Ciencia. Barcelona: Prensa Científica, abril, 1996.

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