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Captura de las presas

La telaraña es una estructura diseñada a la perfección para la captura de las presas. La araña se mantiene al acecho en una zona de hilos secos construidos con ese propósito. Desde este “cuarto de estar” parten otros hilos viscosos en los que quedan atrapadas las presas.

Fragmento de Doce pequeños huéspedes.

De Karl von Frisch.

Las arañas.

Hay que utilizar algo la fantasía para meterse en el pellejo de un ser que recibe a través del sentido del tacto casi todas las informaciones sobre las cosas que tienen significación en su vida. La caída de una presa en la tela será delatada por el temblor de los hilos. Si se trata de un bocado suculento o magro es algo que dirá la carga que tenga que soportar la tela, lo que se medirá por la tensión de las hebras que forman los radios. También se palpará el sitio en el que se ha quedado pegada la víctima. Si ésta no se mueve, la araña, desde su atalaya, irá tirando de los hilos uno tras otro hasta dar con el lugar preciso. Con velocidad asombrosa se lanzará contra su presa, una verdadera maestra del «buen tacto».

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Cuando una presa se ha enredado en su tela, lo primero que hace la araña es ir hacia ella y asegurarla. Aun cuando las pegajosas hebras dificulten la huida, los insectos fuertes suelen tener éxito en sus intentos por liberarse... mientras la araña no haya llegado hasta ellos. En ese momento inundará a su víctima con un ancho torrente de filamentos frescos producidos en sus glándulas e irá enlazándola con rápidos movimientos de sus tentáculos, hasta tenerla al poco tiempo envuelta y completamente indefensa. A la vez le infligirá algunos mordiscos con sus fuertes quelíceros, en cuyos extremos va a desembocar una glándula venenosa. Ese veneno provoca la muerte de una mosca en pocos minutos. La araña corta entonces los hilos que atan a su víctima a la tela, se la lleva, envuelta como está, a la atalaya, y allí la cuelga inmediatamente de un hilo corto. De este modo, nuestra avisada y previsora cazadora deja libres los quelíceros, los pedipalpos y los apéndices locomotores, para el caso de que una nueva mosca vaya a parar a la tela. De no ocurrir tal cosa, se apresta a comer.

El acto de comer se lleva a cabo en la araña de modo un tanto extraño. Es como si nosotros, en vez de partir con el cuchillo un huevo pasado por agua y comérnoslo con la cuchara, nos limitásemos a darle un pequeño mordisco primero y a introducir en él una pequeña cantidad de nuestros jugos gástricos, esperando así a que el contenido del huevo fuese totalmente disuelto y convertido en un líquido que pudiésemos sorber. Y es así como la araña escupe realmente sus jugos gástricos en la mosca al morderla y absorbe el contenido ya disuelto junto con los zumos digestivos. Y como se entrega perseverantemente y en forma repetida a la labor de escupir y absorber alternativamente, en pocas horas habrá logrado disolver toda la musculatura y las entrañas de la mosca, que acabará siendo bebida por completo. Sólo quedan los restos indigeribles de quitina, que serán arrojados finalmente de la tela.

Cuando la araña ha tenido un buen día y ha cazado más moscas de las que se puede comer en un ágape, los bien envueltos paquetitos colgarán de la tela como del techo de una despensa bien provista. Es sumamente raro que se apiade de un insecto y lo deje salir volando sólo porque sus necesidades del día están más que cubiertas. Pero cuando ha dado caza a una moscarda demasiado gorda o a un gran insecto de naturaleza impetuosa, la preocupación por salvar la tela vencerá a las ansias de caza. Entonces cortará rápidamente los hilos que sujetan a la indeseable presa, la dejará marchar, y sólo sufrirá un ligero desperfecto en la tela en vez de su destrucción total.

Fuente: Frisch, Karl von. Doce pequeños huéspedes. Traducción de Pedro Gálvez. Barcelona: Salvat Editores, 1986.

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