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El movimiento de las Comunidades de Castilla dio comienzo en 1520 y fue derrotado al año siguiente por las tropas realistas del rey Carlos I, emperador asimismo del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V. El historiador francés Joseph Pérez dedicó una de sus más destacadas obras al estudio de la revuelta y consiguiente guerra comunera, calificadas por él de revolución. A continuación se reproduce el epígrafe en el que analizaba la situación de la Corona de Castilla una vez finalizado el conflicto comunero. En él se puede leer la polémica frase: “Son muchos los que sitúan en 1520 el punto de partida de la decadencia de España”.
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Decepcionados los Grandes de las ventajas políticas que esperaban obtener por su intervención decisiva en favor del poder real, Carlos V se encontró solo frente a frente con los vencidos. Madurado por la prueba, pareció querer borrar lo más rápidamente posible las huellas de la rebelión sin brutalidad —pese a lo que muchos hayan dicho, la represión no fue demasiado encarnizada—, pero no sin firmeza. Ya antes incluso de su regreso a la península mandó reforzar la vigilancia a Juana la Loca, que había comenzado a realizar con agrado contactos de tipo político desde que los comuneros habían acudido a sacarla de su aislamiento; el marqués de Denia fue el encargado de mantenerla al margen del mundo exterior. La reina dejó de representar un peligro para su hijo y acabaría sus días casi completamente olvidada.
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Las escasas concesiones que los virreyes se habían visto obligados a hacer quedaron en simple letra muerta. En todos los terrenos asistimos a partir de 1522 al restablecimiento total del poder real. Burgos lo experimentó duramente en sus carnes. La ciudad esperaba sacar provecho de su lealtad hacia la Corona; no sólo no consiguió ninguna nueva ventaja, sino que perdió el precio que el condestable había pagado por su traición, ya que no conservó su mercado franco ni las exenciones en lo referente al alojamiento de los miembros de la Corte. Si tal sucedió con las ciudades que se habían mantenido leales, ¿cómo podría pensarse que el emperador tuviera en cuenta, ni siquiera mínimamente, las reivindicaciones planteadas por la Junta? Los virreyes habían apoyado algunas de ellas a raíz de las negociaciones celebradas en febrero-marzo de 1521 y habían encargado a fray Francisco de los Angeles que las presentara al emperador. Pero éste se negó incluso a examinarlas. Prestarse a ello hubiera supuesto tanto como admitir que la rebelión había sido justificada, al menos en parte, cosa que Carlos V no había de reconocer jamás.
El emperador se había enfrentado a una revuelta que trataba de limitar sus poderes; la victoria le dejaba las manos libres. En vano el procurador de Granada en las Cortes de 1523 pretendió que se introdujera cierta flexibilidad en el funcionamiento de esta institución, aplicando la lección de los acontecimientos de 1520. Las Cortes continuaron siendo lo que eran antes de 1520, una mera cámara de registro incapaz de expresar una oposición seria. Sometidas mucho más estrechamente que nunca al poder central, las Cortes perdieron toda eficacia política. El fracaso de las Comunidades tuvo por efecto el reforzar considerablemente el poder real que se proponían controlar. La vida política castellana perdió entonces todo interés. Los manuales franceses, incluso los más resumidos, consagran un apartado al conflicto de las Comunidades, que constituye las más de las voces la única referencia a la política interior de España durante el reinado de Carlos V. ¿Es acaso esta actitud demasiado esquemática? ¿O expresa en cambio el hecho de que la política interna de España perdió todo su interés y sentido tras el fracaso de las Comunidades?
¿No habría, pues, Carlos V aprendido nada, olvidado nada? ¿Era en 1522 el mismo que en 1517? Son varios los historiadores españoles —y de entre los más eminentes— los que piensan, en efecto, que el emperador aprendió perfectamente la lección que le ofrecieron los acontecimientos. Habría así concedido mayor importancia a la parte española de su herencia y habría tratado de limitar el abismo que le separaba de la nación. Los comuneros, vencidos en el plano militar y en el político, habrían obtenido de cualquier modo este resultado: el de aproximar Castilla a su rey.
La primera prueba en este sentido la aportaría el matrimonio de Carlos V con una infanta portuguesa. Desde 1519 una amplia fracción de la opinión castellana deseaba esta unión. Incluso los comuneros la consideraban deseable, ya que veían en esta unión un seguro para el porvenir, la garantía de que la Corona no pasaría a una dinastía extranjera, ya que a la infanta portuguesa se la consideraba como española. Sus adversarios aristócratas compartían estas ideas y en noviembre de 1520 el cardenal Adriano resumía de este modo los sentimientos de los castellanos al respecto: “La voz común de todo el reyno es dessear que Vuestra Magestad se casasse con la señora ynfanta de Portugal, la qual diz que es muy prudente y de grandes virtudes y de muy buenas partes y que, a más desto, tiene muy hermoso gesto y gentil disposición”.
Después de 1522 las Cortes se mostraron partidarias de este matrimonio y el apoyo que Portugal había prestado a Carlos V durante la guerra civil parecía favorecer también el proyecto. Sin embargo, el embajador portugués se sentía escéptico en 1521, y no sin razón ya que el noviazgo con María Tudor tuvo lugar en 1522. Por fin, Carlos V casó con Isabel de Portugal; ¿lo hizo por razones sentimentales o en el deseo de complacer a la nación?; ¿o actuó en razón de consideraciones materiales, como la preocupación de asegurarse la alianza portuguesa y de conseguir ayuda financiera de Portugal? Realmente, los motivos no están perfectamente claros...
Carlos V se instaló en España en 1522, donde permaneció durante ocho años, dando así satisfacción a aquellos de sus súbditos que no parecían aceptar de buen grado ser gobernados por un soberano ausente. Al salir nuevamente de la península en 1530 confió la regencia a la emperatriz, medida que sin duda él consideraba que apaciguaría todas las inquietudes. Y, sin embargo, España y más concretamente Castilla no aceptaron de muy buen grado esta solución. La obra de J. M. Jover confirma las teorías sustentadas antes por Maravall: la política imperial no suscitaba ningún entusiasmo en España; a pesar de todos sus esfuerzos, a Carlos V le resultaba difícil superar las resistencias nacionales, las aspiraciones nacionales. España tuvo en todo momento la idea de que sus legítimos intereses se veían más o menos comprometidos por la política imperial de su soberano. Esto era lo que intuían los comuneros, y después de ellos muchos españoles pensarían –incluso en nuestros días– que el destino histórico de su país se vio brutalmente truncado por la intrusión de ese cuerpo extraño, la dinastía de los Habsburgo, en el organismo nacional. Ciertamente, Carlos V aportó grandeza a España, pero ¿a qué precio? Son muchos los que sitúan en 1520 el punto de partida de la decadencia de España, en la medida que ésta aparece ante sus ojos como el fruto de una política europea a la que se oponían los comuneros. En la misma perspectiva, a los Reyes Católicos —últimos soberanos auténticamente nacionales— se les rodea de una aureola mítica que les vale la admiración y el respeto de todos los españoles, sean cuales fueren sus sentimientos sobre el destino ulterior de su patria.
Fuente: Pérez, Joseph. La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Traducción de Juan José Faci Lacasta. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1981.
Aparece en
Castilla y León; Joseph Pérez; Carlos I (V del Sacro Imperio Romano); Revuelta y guerra de las Comunidades
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