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Comunidades de agua dulce

Los ríos y arroyos contienen una gran variedad de ecosistemas que dan cobijo a un buen número de especies animales y vegetales. En el siguiente fragmento, el naturalista inglés David Attenborough describe las adaptaciones que desarrollan algunas de estas especies para permanecer en estas aguas sin ser arrastradas por la corriente.

Fragmento de El planeta viviente.

De David Attenborough.

Capítulo 8.

Las aguas dulces.

Cualquier ser vivo que intente establecerse permanentemente en esas aguas violentas debe desarrollar un método que le impida ser arrastrado. Las larvas de los mosquitos simúlidos se adhieren a las piedras por medio de un anillo diminuto de ganchos dispuesto en su extremo posterior, evitando así que las aguas arrastren sus cuerpos desprovistos de patas y agusanados. Ocasionalmente, alguna se desplaza a más distancia en el río, curvándose para adherirse a una piedra con una pequeña ventosa dispuesta en el extremo anterior y entonces arquea el cuerpo para fijarse de nuevo con los ganchos. Si durante esta maniobra llegara a soltarse, aún se podría salvar, pues habrá tejido una red de seguridad de seda, fijada a la piedra, de forma que sería capaz de retroceder al punto original. La rapidez del arroyo, aunque causa problemas, también comporta alguna ventaja. Si bien el agua contiene un número relativamente pequeño de partículas comestibles, éstas al menos pasan con una frecuencia considerable, y lo único que la larva de simúlido ha de hacer es atraparlas, gracias a un par de estructuras plumosas en forma de abanico que posee a ambos lados de la boca. La larva atrae hacia sí cada abanico alternativamente y recoge con un par de mandíbulas vellosas el alimento atrapado. Antes de extender de nuevo cada abanico, lo cubre de mucus, liberado por glándulas situadas junto a la boca, de forma que las partículas minúsculas que podrían pasar entre los filamentos se pegan a él.

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Muchas larvas de tricópteros viven en las aguas continentales. Más abajo, en ríos menos turbulentos y en las tranquilas aguas de los lagos, construyen tubos con palitos o granos de arena y se mueven pausadamente por el fondo, comiendo hojas y algas; pero aquí, en los tramos superiores, donde hay pocas plantas disponibles, las larvas son cazadoras que atrapan las presas mediante redes. Hay una especie que teje un embudo de seda en el lado inferior de una piedra y vive dentro de él, atrapando otras larvas de insectos o pequeños crustáceos que se introducen en el mismo. Otra especie construye una red tubular, de 5 cm de longitud, de malla tan fina que retiene partículas de tamaño microscópico. Esta larva vive en el interior de la red y periódicamente barre la superficie interna con una especie de bigote erizado dispuesto sobre la boca. Una tercera elabora antes un marco ovalado de hilos de seda entre los guijarros y luego se inclina delante de él, balanceando la cabeza con un movimiento en ocho, y lo rellena con una malla fina. Este proceso no le lleva más de siete u ocho minutos, y si una partícula grande desgarra esa malla, la larva la repara muy pronto. A medida que el insecto crece y se hace más fuerte, se aventura a adentrarse más en el arroyo, construye redes mayores y más gruesas y atrapa presas de mayor tamaño. Mediante mecanismos como éstos, las larvas de los tricópteros y de una amplia gama de otros insectos —escarabajos, dípteros, efemeras y quironómidos— se las ingenian para colonizar los torrentes de las montañas, lo cual hace posible que otras criaturas mayores también puedan vivir en ellos.

Si usted se dirige hacia abajo por un valle alto de los Andes se podrá considerar afortunado si logra ver, posada sobre una piedra situada en medio del río y rodeada por remolinos de agua turbulenta, una pareja de los patos más hermosos del mundo. El macho posee la cabeza blanca veteada de negro, el puntiagudo pico de color rojo y el cuerpo gris, mientras que su compañera tiene la cabeza gris y las mejillas y la pechuga rojizas. Son patos de los torrentes. La llamativa diferencia de su plumaje no se atribuye sólo a la época reproductora, como ocurre en muchos patos, pues se mantiene a lo largo de todo el año. Súbitamente, uno de ellos se zambulle en el agua y desaparece. Está bajo la superficie, contra la corriente, apoyado con su larga y rígida cola en un guijarro, utilizando los pequeños espolones córneos dispuestos en los codillos de las alas para sujetarse, revolviendo entre las piedras con su pico delgado y ligeramente elástico para coger larvas. De pronto, al cabo de un minuto más o menos, surge y retorna a aquella piedra parar descansar unos minutos. Durante media hora la pareja remontará el torrente de una piedra a otra, nadando sobre el agua con sus poderosos pies grandes y palmeados, calculando a la perfección el curso de los remolinos rápidos y posándose ocasionalmente en las piedras semisumergidas, con el torrente arremolinándose en torno a sus patas, sin que ello les afecte. Cada pareja posee un tramo del río en exclusiva. Cuando alcanzan la frontera superior de su territorio, se abandonan repentinamente a la corriente que han estado remontando de forma tan valiente y retornan al sitio original, zambulléndose y surgiendo una y otra vez en el agua turbulenta. Muy raras veces abandonan el agua y se lanzan a volar.

Fuente: Attenborough, David. El planeta viviente. Traducción de Marta Granell. Barcelona: Salvat Editores, 1987.

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