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El colorido y la forma del cuerpo, incluso la conducta, constituyen un eficaz camuflaje para gran número de animales que consiguen, de esta forma, hacerse invisibles en el medio en el que viven y, por tanto, pasar desapercibidos a sus depredadores. El siguiente fragmento extraído de una conferencia dada por el etólogo austriaco Karl von Frisch en enero de 1949 en Graz, en la Sociedad de Ciencias Naturales de Estiria, nos muestra algunos ejemplos de cómo algunas especies se “esconden” para no ser descubiertas.
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¡Quién no recuerda con deleite el juego del escondite practicado en la niñez! El peligro de ser descubierto aumentaba su encanto. Diferente es el caso del soldado en la campaña. Puede perder la vida si un enemigo lo descubre. No han pasado aún cien años desde que se introdujo el uniforme gris de campaña que permite que su portador se confunda con el paisaje y pase inadvertido. Muy tarde inventaron los hombres este sencillo procedimiento que la naturaleza aplica desde hace millones de años a sus criaturas para hacerlas invisibles y sustraerlas a la mirada de sus enemigos.
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Desde luego que en modo alguno todos los animales tienen esta defensa de hacerse invisibles y no todos necesitan tal protección. Un negro cuervo en un paisaje invernal, un corzo pardo con tintes rojizos en un verde prado son figuras muy llamativas, pero pueden contar con su fuerza o con la rapidez de su carrera para salvarse. Sin embargo, hay numerosas criaturas débiles o inermes que caen fácilmente víctimas de sus perseguidores apenas éste las ve. Para esas criaturas tiene importancia vital pasar inadvertidas. Y esto se verifica de muchas maneras.
Muchos habitantes de las aguas permanecen ocultos por el hecho de ser completamente transparentes. Pero esto no es tan sencillo. En el tejido corporal las células tienen sus núcleos; están además los jugos orgánicos y todas clases de sustancias almacenadas que tienen diferente capacidad de refractar la luz. Esto determina una dispersión de la luz en todas direcciones y por lo tanto opacidad y —cuando faltan sustancias colorantes— ese aspecto blanco que presentan la nieve, el algodón, el papel de escribir y también nuestro globo ocular; si bien éste se halla oculto en su mayor parte en la órbita ocular es, sin embargo, bien visible en los ángulos de los ojos; pero en la córnea, delante de la pupila, el tegumento ocular es perfectamente diáfano, lo cual responde a una necesidad de nuestra visión. Esa transparencia está determinada por el hecho de que aquí los elementos celulares de la córnea y de los jugos de los tegumentos tienen exactamente la misma capacidad de refractar la luz. Haber logrado este resultado supone una verdadera obra de arte del organismo. Es evidente que las diferencias serían más probables y no esta coincidencia exacta. Y esa misma transparencia cristalina es la que presentan las larvas de los mosquitos que flotan en el agua, muchos langostinos marinos, muchos pececillos, etcétera…; en todos los casos hay una acomodación al medio circundante que es transparente y en el cual esas criaturas permanecen invisibles.
Haré notar ante todo una cosa: la defensa de la invisibilidad no significa nunca una protección perfecta contra los enemigos. Una ballena que al abrir su amplia boca hace que entren en ella millares de langostinos que quedan presos entre sus barbas para ser enseguida tragados, se preocupa poco de la visibilidad de éstos; así como bien poco le importa a cierta clase de avispas que la oruga de mariposa que se halla sobre un verde follaje sea verde o parda, cuando con ayuda de su olfato la descubre y la emplea como alimento de su cría. La defensa de la invisibilidad procura siempre una protección relativa. Pero así y todo el hecho de que constituya una defensa contra enemigos que buscan a su víctima con los ojos es un factor decisivo para la supervivencia de la especie en la constante lucha por la existencia.
Al referirme a las orugas verdes sobre un follaje verde, he venido a tocar ya otro procedimiento muy difundido de camuflaje: la adaptación de los colores del cuerpo del animal a los colores del medio ambiente, que es un caso análogo al del soldado que lleva el uniforme gris de campaña. Animales que viven en verdes prados son a veces sorprendentemente verdes, como por ejemplo muchas clases de saltamontes y orugas o los animales polares que son blancos como la nieve o los que habitan en el desierto cuyo color es parecido al de la arena. Ciertos zoólogos escépticos han querido ver en estas diferencias de colores sólo la acción de las diferencias climáticas del medio, pero no nos han dicho cómo es que el clima determina precisamente en los animales la coloración que conviene a su medio. ¿Y cómo se explica que los cangrejos que viven a orillas del mar y los animales del desierto sometidos a una acción climática completamente diferente tengan el mismo color, precisamente ese color castaño claro que tan bien armoniza con el de la arena? Más adelante me referiré brevemente a la cuestión de cómo se producen esas adaptaciones.
A menudo esa semejanza protectora no se limita a los colores del cuerpo, sino que alcanza a afectar la forma misma del cuerpo.
Fuente: Frisch, Karl von. Los insectos dueños del mundo. Traducción de Luis Alberto Bixio. Caracas: Monte Avila Editores, 1970.
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Camuflaje (biología)
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