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El Madrid musulmán

En el presente capítulo, titulado “Tras las huellas de la ciudad islámica”, su autora, Cristina Segura, hace un fascinante recorrido por las calles y edificios del Madrid musulmán. Los escasos restos arqueológicos encontrados en la capital de España relativos a su pasado islámico no deben hacer olvidar el peso específico que ese legado, topónimo incluido, ha tenido en la postrera historia de la ciudad.

Fragmento de Madrid. Historia de una capital.

De Santos Juliá, David Ringrose y Cristina Segura.

Capítulo 2.

De entre los elementos que integraban el Madrid islámico, la muralla es de la que conservamos mayor número de restos arqueológicos. El conocimiento de su trazado nos servirá para obtener una visión global del Madrid islámico, a medida que vayamos integrando dentro y fuera de ella los demás componentes: la almudayna, el alcázar, la mezquita y los arrabales. El examen del material con que fue construida nos sugerirá distintas alternativas sobre el crecimiento de la ciudad.

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Un pequeño recinto bien defendido

En primer lugar, llama la atención la perfecta adaptación del trazado a la orografía del terreno, aprovechándose de este modo las defensas naturales del emplazamiento de Madrid, que ocupaba la cima de una colina bordeada por barrancos. Sólo existía una zona más asequible, por la que actualmente discurre la calle de Carlos III, que une la actual plaza de Oriente con la de Isabel II. Por este lado no existía escarpe pronunciado como en las otras tres vertientes de la colina: la actual cuesta de San Vicente; la terraza del Manzanares, donde se asentaba el alcázar; y la actual calle Segovia.

Por el fondo del barranco que actualmente ocupa la calle Segovia, corría un arroyo que en época cristiana se llamó de San Pedro; a él vertían las aguas de la colina en la que se asentaba Madrid. Frente a este cerro, y separada por el barranco, existía otra colina, la que posteriormente se denominó de las Vistillas. En este alto se instaló la población civil, constituyéndose un arrabal cuya población tenía una dedicación mercantil y artesana. La puerta de la Sagra se abría al otro barranco, el que actualmente ocupa la cuesta de San Vicente, donde se formó otro arrabal de menor importancia, disperso e integrado preferentemente por campesinos.

Un lienzo de la muralla corría por el extremo septentrional del castillo, cuyo emplazamiento exacto es difícil de precisar. Posiblemente, el alcázar ocupaba la actual plaza de la Armería, Bailén y parte de la plaza de Oriente. La muralla continuaba, atravesando la plaza de Oriente, para bordear la almudayna, donde probablemente se abriría la puerta de la Sagra. Trazaba un ángulo recto y continuaba por la actual calle del Factor, que ocupó el espacio de la muralla cuando fue derruida en tiempos posteriores.

En la actual calle Mayor, frente a Capitanía, se abría otra puerta próxima a la mezquita. Aquí la muralla formaba otro ángulo recto hasta descender a la puerta de la Vega, una de las tres con las que contaba el recinto y la mejor conocida en la actualidad. Sus restos, excavados en 1985, se encuentran en la confluencia de la calle Mayor con la cuesta de la Vega, frente a la hornacina de la Virgen de la Almudena.

Desde la puerta de la Vega, la muralla remontaba hasta el alcázar, cerrando el exiguo recinto murado. Las dimensiones del mismo serían de unas ocho o nueve hectáreas, a las que habría que sumar, para hacerse una idea del tamaño del Madrid islámico, el territorio ocupado por los arrabales, que más tarde quedarían integrados por las defensas construidas en la época cristiana.

El alcázar, remoto antecesor del Palacio Real

Es lógico que apenas podamos imaginar cómo fue el alcázar islámico, teniendo en cuenta su evolución posterior: ampliado y transformado en fortaleza cristiana, sufrió a lo largo del tiempo sucesivas modificaciones hasta ser destruido por un incendio, a principios del siglo xviii. Su solar experimentó aún otra profunda transformación: sobre él se levantó el Palacio Real, que esconde por tanto bajo sus cimientos los vestigios de las construcciones islámicas y cristiana. Estas circunstancias han impedido, obviamente, realizar una excavación arqueológica que pudiera arrojar luz sobre las peculiaridades y el exacto emplazamiento del edificio musulmán.

Podemos afirmar, no obstante, que el alcázar y la muralla constituían las piezas defensivas básicas de la ciudad, y debieron de formar un todo homogéneo, realizado en el mismo material. Era del alcázar de donde partía la muralla, para rodear la almudayna y la medina, y a él tornaba, finalmente, para cerrar el recinto murado.

Siguiendo la tipología habitual de los alcázares islámicos, la planta del castillo debía de ser cuadrada, articulada en torno a un patio central, que servía de refugio a los guerreros que vivían en la almudayna en los casos de ataque o sitio continuado. Los materiales empleados en su edificación, así como su emplazamiento, fueron evidentemente los idóneos, ya que la fortaleza resistió todos los intentos de asalto que se sucedieron desde su creación. En su recinto existió probablemente algún manantial que facilitara la resistencia continuada de la plaza.

El castillo era el lugar de residencia del caid, quien asumía a la vez la autoridad militar y la máxima representación del poder central, representado primeramente por el emir y más tarde por el califa. Esta concentración en una sola figura de las funciones de gobierno y defensa del lugar atestigua el preeminente valor militar de Madrid en aquellos tiempos iniciales. En el interior del castillo, se encontraba además una pequeña mezquita, suficiente para atender las necesidades religiosas de la población militar, compuesta por la guarnición del alcázar y los guerreros que residían en la almudayna. Esta última era un elemento subordinado al alcázar, comunicaba directamente con él y atendía a su defensa. La ciudadela o almudayna, ocupaba probablemente parte de la actual plaza de Oriente y del solar de la catedral de la Almudena. El resto del exiguo espacio murado estaba ocupado por la medina.

La mezquita

Al igual que el castillo, la mezquita mayor que se construyó en el siglo x también fue reutilizada tras la conquista cristiana. Convertida en parroquia bajo la advocación de Santa María, ha sido destruida en época reciente. Su solar se encuentra actualmente ocupado por una casa de vecinos, en el número 88 de la calle Mayor, en la esquina con Bailén. Conocemos con seguridad, por tanto, su emplazamiento, pero nada sabemos de sus trazas, aunque es probable que siguiera el patrón de otras mezquitas de época califal de las que conservamos restos.

Junto a la mezquita, los lienzos de la muralla formaban un ángulo recto; en el oriental se hallaba la ya mencionada puerta de la mezquita, que fue bautizada como arco de Santa María tras la conquista cristiana, precisamente por la advocación que había recibido el templo islámico en su consagración

«Mis muros de fuego son»

La piedra de pedernal, tan abundante en esta zona, fue utilizada en la cantería de la muralla. Sus grandes sillares dieron lugar a una parte del lema de Madrid: «Fue sobre agua edificada, mis muros de fuego son». La primera oración hace referencia probablemente a la abundancia de manantiales del suelo madrileño, mientras que la segunda puede tener su origen en los rayos del sol, en el ocaso del día, haciendo brillar como brasas las piedras de la muralla; o tal vez se deba a las chispas que hacían saltar de los sillares de pedernal las flechas que fueron lanzadas por los diversos atacantes de la ciudad.

Entre los años 1972 y 1985, se han realizado cuatro excavaciones en la cuesta de la Vega-calle Mayor, gracias a las cuales se ha podido comprobar cómo difiere el aparejo interior de la muralla respecto del exterior, y las partes inferior y superior de este último entre sí. De estas diferencias en la calidad y disposición de los sillares han surgido distintas hipótesis sobre la construcción de la muralla. La teoría más reciente pertenece a Retuerce, uno de los miembros de la excavación de 1985, la cual dejó al descubierto un importante lienzo de muralla. El citado autor considera que la construcción de ésta fue muy lenta, por lo que se desarrolló en un dilatado espacio de tiempo. Según Retuerce, las diferentes facturas de los sillares no se deben a épocas sucesivas de construcción, sino a que se cuidaron mucho más los cimientos y el exterior que el interior y la coronación por una razón estratégica y de economía de medios. Se pretendía que los foráneos divisaran una perfecta construcción, signo del poderío de la ciudad, mientras que los habitantes de Madrid contemplaban unos muros algo más toscos, pero al mismo tiempo más baratos.

Los lienzos de la muralla estaban jalonados por un número considerable de torres, que servían para dar una mayor solidez a la construcción; al mismo tiempo contribuían en el caso de un ataque exterior, a facilitar la defensa. La proximidad de estas torres puede comprobarse en los 118 metros lineales de muralla conservados en la cuesta de la Vega. En este espacio debían de elevarse seis torres, la última de las cuales ha sido destruida recientemente al construirse la casa de la calle Bailén, 12. De hecho, aún pueden apreciarse algunos vestigios en la entrada del garaje de la mencionada vivienda, pertenecientes probablemente a la parte superior de la torre, ya que buena parte de ella debe encontrarse sepultada. La construcción de esta vivienda sin una excavación previa ha hecho que se pierda una valiosa oportunidad para el mejor conocimiento de la muralla islámica.

La famosa torre Narigués, convertida con el paso de los siglos en símbolo del pasado islámico de Madrid, se encontraba probablemente entre la torre sepultada y la puerta de la Vega. Sin restos materiales que nos orienten, es difícil precisar su emplazamiento respecto de la muralla y, por tanto, su verdadero valor defensivo. No obstante, ha sido considerada como el punto de arranque de la nueva muralla cristiana, que tenía como objeto integrar los arrabales en el recinto murado. De esta hipótesis proviene la importancia de esta torre, cuya localización fue uno de los objetivos, lamentablemente incumplidos, de la excavación de 1985.

Para completar nuestra idea de la muralla islámica, debemos imaginarla no sólo articulada por torres y puertas: existían abundantes portillos, a lo largo de su perímetro. Sin los riesgos y gastos que suponía la construcción de una gran puerta, eran accesos más operativos, que a veces servían para dar salida a los pequeños y numerosos cauces de agua existentes, así como para evacuar las aguas residuales. En el lienzo conservado en la cuesta de la Vega se aprecian perfectamente varios portillos y también alguna alcantarilla por la que se vertían las aguas sobrantes.

Los arrabales

La guarnición militar fue atrayendo a una población civil progresivamente más numerosa. Se trataba, en un principio, de las familias de los guerreros acantonados, junto con gentes que venían a cubrir las necesidades que éstos generaban, como comerciantes, artesanos y, también, prostitutas, jugadores, quincalleros, etc.

El paso del tiempo fue dando estabilidad y permanencia a esta población, que iba conformando los primeros arrabales. La vecina colina de las Vistillas era el emplazamiento que ofrecía mejores posibilidades por su fácil comunicación con la ciudadela a través de la puerta de la Vega. Para salvar el cauce de agua que separaba ambas colinas, se construyó un puente que más tarde se conoció como alcantarilla de San Pedro. Probablemente, se establecieron arrabales también frente a las restantes puertas. El cercano a la puerta de la Sagra tenía un carácter rural, puesto que se componía de numerosos huertos y tierras de cultivo. El arrabal que se formó próximo a la puerta de la mezquita adquirió una importancia similar al de las Vistillas, aunque hubo de esperar a la conquista cristiana para alcanzar su máxima importancia, como el ámbito de expansión de la ciudad.

Sin embargo, al principio de la época cristiana fue el de las Vistillas el arrabal más próspera, tal como nos lo indican las distintas actuaciones arqueológicas que se han efectuado en esa área. Conocemos la extensión del recinto y la presencia de población en la época andalusí por el hallazgo de un «qanat» o viaje de agua y de diversos restos de cerámica. El viaje es una conducción perfectamente construida que recogía el agua de alguna de las numerosas fuentes existentes en Madrid y la transportaba a esta colina, señal de la existencia de numerosa población estable en la zona, y del nivel de desarrollo técnico al que se había llegado en la ciudad por aquel entonces. Asimismo, las piezas recogidas confirman que la actividad económica estaba especialmente concentrada en el arrabal de las actuales Vistillas.

Fuente: Juliá, Santos; Ringrose, David; Segura, Cristina. Madrid. Historia de una capital. Madrid: Alianza Editorial y Fundación Caja de Madrid, 1997.

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