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El trabajo en hierro en la antigüedad

Fernando Olaguer-Feliú y Alonso es el autor de este fragmento tomado del primer capítulo de la Historia de las artes aplicadas en España. En él se describe el trabajo del hierro durante la antigüedad en la península Ibérica, desde la llegada de los pueblos indoeuropeos hasta la caída del Imperio romano.

Fragmento de Historia de las artes aplicadas en España.

Coordinada por Antonio Bonet Correa.

Hierro, rejería.

Sin duda el hierro ya era conocido en la Península durante la Edad del Bronce, si bien los objetos hallados en las excavaciones parecen demostrarnos su poco uso y, sobre todo, su carácter más ornamental que práctico. El gran avance en su explotación y empleo vino dado por los pueblos indoeuropeos relacionados con la cultura celta que, por las estribaciones occidentales de los Pirineos, comienzan a llegar a nuestro suelo durante la Primera Edad del Hierro. Con ellos se inicia la extracción formal de los yacimientos, el tratamiento del mineral en hornos y el arranque de su trabajo en unas primitivas ferrerías o fraguas. En la extracción del mineral utilizan el óxido férrico (compuesto por hierro y oxígeno), que, encontrándose a flor de tierra en los yacimientos, era fácil de conseguir; pasándose luego a la separación de ambos elementos para la obtención tan solo de la parte metálica. Para ello se valían del carbono proveniente del carbón vegetal, que se quemaba en unos pequeños hornos semienterrados (de 2 a 3 m de altura y de 1 m de diámetro, aproximadamente), en los cuales, mediante capas alternadas de carbón y óxido férrico, alimentados por corrientes de aire, se producía un caldeamiento con el cual la unión del oxígeno y del hierro quedaba debilitada; entonces el carbono se apoderaba del oxígeno, formándose monóxido de carbono, gas de gran poder reductor que, combinándose con los átomos del oxígeno del óxido férrico, lo eliminaba, dejando liberada así la parte metálica. Constituía ésta una masa esponjosa y pastosa —pues todavía no se llegaba a la licuefacción— que, a continuación, pasaba a ser sometida al martillado, mediante el cual se eliminaban las escorias, se compactaba la masa de hierro y se daba la forma.

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Estos primeros hornos se instalaban en los claros de los bosques, para el fácil abastecimiento de leña, y, en lo posible, próximos a los yacimientos, tendiéndose también a buscar lugares elevados y orientados hacia los vientos dominantes, que eran aprovechados como tiros naturales mediante aberturas, aunque los hornos siempre disponían de toberas por las que se inyectaba el aire continuo por fuelles (compuestos por pieles y tubo de caña o madera hueca) que se accionaban con los pies o con las manos.

Con los celtíberos la producción férrica alcanzó aún cotas más altas, siendo múltiples las espadas, flechas, lanzas, omphalos, bocados de caballo, piezas de martillo, hachas y fíbulas de hierro que han llegado a nosotros. Siret nos ha descrito un taller de metalurgia celtibérico con sus moldes, crisoles, ensayos y escorias, en muestra de fabricación de verdadero arte.

Sin duda alguna esta industria y la riqueza minera peninsular fueron una de las causas de estímulo para los colonizadores fenicios y griegos, que comerciaron con los objetos férricos así realizados, extendiéndolos por toda la cuenca mediterránea. Y aun los propios cartagineses, si bien llegan en el 237 a. C. con sus ejércitos para contrarrestar las pérdidas de la Primera Guerra Púnica con la conquista de nuevos territorios, lo cierto es que también debió ser incentivo grande al poseer un país rico en hierro y metales, que les sería de tanta utilidad en sus campañas. Así, con ellos se reexplotan las minas y la fabricación de objetos se centra en armas y elementos defensivos, como rastrillos para ingenios atacantes, redes de hierro protectoras, vigas férricas de sostenimiento de torretas bélicas, arietes, etc. Objetos que se siguen realizando con los mismos procedimientos celtas y celtíberos. Y durante todas estas épocas era la misma persona o personas las que extraían los bloques de los yacimientos, los sometían al calor de los hornos y los martillaban, por lo que habremos de considerar al trabajador del hierro durante la etapa pre-romana como minero, forjador, artífice y obrero en un solo conjunto.

Cuando los romanos llegan a la Península se hacen lenguas en torno a la riqueza minera del país y a lo adelantado de la metalurgia hispana del hierro que, según sus citas, aventajaba a la de los pueblos orientales que hubiesen conquistado, a la de los griegos y a la suya propia. Encuentran, como digno de destacar, unas herramientas de trabajo agrícola (rejas de arado, legones, azadas y podaderas) tan funcionales que apenas han experimentado cambios desde entonces. Y así, van a continuar con los mismos procedimientos y técnicas indígenas respecto a la extracción del metal y al trabajo del hierro. Las grandes explotaciones mineras tienen ahora un concienzudo relanzamiento y su administración una mejora considerable muy afín con el sentido práctico romano. En un principio ésta se encontraba bajo la responsabilidad de un cuestor, magistrado-administrador que rendía cuentas directamente al Estado; luego algunas explotaciones pasaron a sociedades —«societas publicanorum»— que pagaban al Estado una cantidad estipulada mediante contrato quedándose con el resto de los beneficios, pasándose, más tarde, a alquilar pozos a particulares, como es el caso del famosísimo Craso, que sabemos poseía minas en explotación en Hispania, o el del senador Sexto Mario, de tiempos de Tiberio, que tenía en alquiler yacimientos en Sierra de Córdoba. No obstante las grandes explotaciones de hierro estuvieron, generalmente, bajo la supervisión y responsabilidad de un Procurador administrador del fisco, como sucediera con las minas férricas de Cantabria, País Vasco, Emporión y Hemeroscopeión.

Ahora bien, en la Hispania romana se producen dos avances dignos de ser citados: uno consiste en que ahora el hierro se obtiene en unos hornos que pueden recordar a los modernos de reverbero; y el otro en que ya se pauta una especialización de funciones, teniendo así al «minero», que extrae los bloques de mineral de la mina; al «herrero», que, en los hornos, somete a altas temperaturas a los bloques; al «fundidor», que acera las superficies de las masas fundidas; y al «forjador», que, con el martillo, golpea y realiza la obra. Es decir: que durante la gran etapa romana la industria se perfecciona en este sentido de especialización comunitaria que abarca una serie de cargos y oficios dentro de la elaboración de objetos de hierro.

Fuente: Bonet Correa, Antonio (coordinador). Historia de las artes aplicadas en España. Madrid: Ediciones Cátedra, 1982.

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