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El urbanismo barroco

En el siguiente texto, el catedrático argentino de Historia de la Arquitectura, Ramón Gutiérrez, analiza el diseño espacial y la organización social de las misiones que la Compañía de Jesús estableció en Paraguay para constatar la existencia, a veces discutida, de un urbanismo barroco en Latinoamérica.

Fragmento de Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica.

Ramón Gutiérrez.

Capítulo 9.

Mucho se ha insistido sobre la inexistencia de un urbanismo barroco en América. La mayoría de estas aseveraciones parten de un análisis morfológico de los trazados, donde la inexistencia de propuestas radiales o «focales» intenta fundamentar este aserto.

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Penetrando más allá de esta superficial constatación y teniendo en cuenta los elementos conceptuales del barroco en términos de las ideas de persuasión y participación que transitan los caminos ideológicos de la contrarreforma, podemos constatar la vigencia de ciertos gérmenes barrocos en la visión sacral de lo urbano que desde el siglo xvi se iba preanunciando.

Las misiones del Paraguay y del oriente boliviano (Mojos y Chiquitos) constituyen un laboratorio excepcional para los jesuitas en cuanto a las protencialidades de formar una sociedad indígena con referencia al modelo de la «ciudad de Dios» agustina.

En la búsqueda de un ideal utópico —destruido por la presión de las mismas circunstancias coloniales que se querían soslayar— los jesuitas fueron paradójicamente pragmáticos en la definición de su modelo urbano.

Es importante aclarar previamente que se trata de la única alternativa urbana planificada y puesta en práctica ajena al «modelo indiano» de las ordenanzas de población. Con este planteamiento los jesuitas edificaron en un siglo más de 50 pueblos en la región del Paraguay (de los que sobrevivieron después de traslados y destrucciones 30) y otros tantos en el oriente boliviano.

Todos ellos respondían a similar esquema, en el cual confluían experiencias y propuestas muy diversas que se fueron reelaborando hasta generar el modelo. Así podemos constatar que de las leyes de Indias se tomaron las recomendaciones referentes al emplazamiento; de la misión de Julio, que los propios jesuitas tenían en el Perú, ciertas condicionantes de organización interna; de los pueblos de indios originarios del Paraguay, la valoración de la plaza y el espacio sacro, etc.

El diseño urbano de estas misiones presenta circunstancias totalmente diferenciadas de los modelos españoles y de los demás pueblos indígenas.

Se pueden resumir brevemente en:

  • a) Limitación al crecimiento físico.
  • b) Desaparición de la manzana.
  • c) Jerarquización notoria del acceso.
  • d) Constitución de un núcleo edilicio fijo.
  • e) Tratamiento del entorno inmediato.
  • f) Control de dimensión del poblado.
  • g) Uso escenográfico y ritual de la Plaza.

La limitación al crecimiento físico del pueblo se plantea con la definición del núcleo edilicio constituido por el templo, colegio y cementerio. Hacia ese lado no se podía extender el pueblo que se prolongaba necesariamente hacia los otros tres lados [243].

Este núcleo servía de telón de fondo al vasto escenario que constituía la plaza; allí las actividades rituales cívico-religiosas de los guaraníes hacían efectiva la barroca idea del «teatro de la vida». La presentación escénica del núcleo es evidente en todos los pueblos y simbólicamente recorría la secuencia de la vida y muerte. La plaza como espacio sacro estaba pues precedida por este núcleo edilicio que definía el marco de referencia urbana.

La estructura de la trama prescindía de la manzana por lo menos en los términos con que la encontramos en las ciudades hispanoamericanas. El módulo de composición estaba formado por las casas colectivas indígenas rodeadas de galerías. Las dimensiones de estas viviendas variaban de acuerdo con los pueblos y en función del número de unidades de familias.

La distribución respecto de la plaza podía también variar en atención a la conformación de unidades barriales según parentescos étnicos o procedencias tribales.

La idea del acceso focalizado aparece nítida en la composición, cuyo eje desemboca en la fachada del templo. La intencionalidad del encuadre perspectivístico se acentúa con edificios simétricos de cierre lateral (ermitas en la periferia, capillas de miserere sobre el borde de la plaza, etc.). El templo aparece habitualmente sobreelevado con una plataforma (temenos) y escalinata.

La inserción del control de la naturaleza se efectúa en el área de huerta ubicada tras el núcleo principal. En un poblado totalmente rodeado de selva esta pequeña zona de cultivo de frutales, hortalizas, flores y hasta jardines botánicos en miniatura ejemplificaba esa transición entre medio cultural y medio natural, a la vez que verificaba el dominio sobre la naturaleza a través de un orden selectivo.

La política poblacional de los jesuitas los llevó a un permanente control de las dimensiones de los pueblos en virtud de la capacidad de autosostenimiento económico, organización de la producción, capacidad de personalización de la comunidad, etc. En este sentido, cuando ciertos pueblos superaban sus posibilidades eran subdivididos, generando nuevos asentamientos. Se ha relacionado esta actitud con la aproximación a las ideas de Platón o Aristóteles sobre las dimensiones ideales de la ciudad, pero ello no es verificable taxativamente; más bien parece responder a una política pragmática de control [244].

El uso de la plaza de la misión jesuítica, asegura en definitiva tanto la potenciación de la capacidad ritual del guaraní, como la inserción en las ideas barrocas de participación y persuasión de la trascendencia de la vida y en su ordenamiento terreno, en base al plan de Dios. Capillas del miserere, posas, cruces y otros elementos permanentes se complementarán con arquitectura efímera para las fiestas.

Los resultados sociales, culturales, económicos y la conducción y organización interna de estos poblados indígenas no tuvo parangón en el resto de América y constituye un modelo de desarrollo que se frustró por la carencia de fuerza alternativa y de autonomía frente al sistema colonial.

Todavía la organización de esta experiencia jesuítica fue barroca en su concepción, pero pragmática en el desarrollo. El modelo urbano del Paraguay fue parcialmente usado en Mojos y Chiquitos y descartado en Maynas (Perú) donde se optó por la estructura indígena preexistente de pequeños caseríos a lo largo de los ríos. En la propia selva paraguaya del Tarumá los jesuitas hicieron contemporáneamente a sus misiones pueblos de chozas dispersas cuando constataron que los indios mbyas y monteses persistían en la costumbre de los cazadores de quemar el rancho al abandonar el pueblo.

Quizá la imagen «urbana» se deterioraba, pero el agrupamiento de los ranchos hubiera generado el incendio total del pueblo. El diseño urbano siguió pues aprendiendo de las realidades culturales de los usuarios. Esa fue una gran elección de esta experiencia jesuítica que sin renunciar a conceptos ideales, siempre fue actuando a partir de las posibilidades concretas.

Fuente: Gutiérrez, Ramón. Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica. Madrid: Ediciones Cátedra, 1984.

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Misiones jesuíticas; Urbanismo; Arquitectura colonial

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