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Historia de la ciudad de Panamá

En agosto de 1519, el conquistador español Pedrarias Dávila ordenó fundar Nuestra Señora de la Asunción de Panamá a sus ayudantes Gaspar de Espinosa y Pascual de Andagoya (nombrado regidor del cabildo en 1521). La ciudad se convertiría, años después, en la capital de Castilla del Oro y sede de la diócesis episcopal. En 1581, Felipe II le concedió la denominación de “Muy Noble y Leal Ciudad de Panamá” en reconocimiento a su destacado papel como foco expansivo de la conquista y como pieza esencial del comercio colonial. He aquí un resumen de los primeros siglos de su dilatada historia.

Fragmento de Guía Ciudad de Panamá.

Historia de la ciudad de Panamá

No se conoce con el grupo humano que habitó el Istmo antes del siglo xvi. Lo que sí han comprobado los historiadores y antropólogos es que desde el año 7000 antes de nuestra era hubo hombres merodeando la angostura de esta tierra. Es posible que el nomadismo haya caracterizado a esos hombres que no vienen a establecer comunidades, claramente ubicadas en la antropología, hasta los siglos ix y x de nuestra era; probablemente fueran lejanos satélites de los mayas que en Mesoamérica habían construido la más grande civilización precolombina de América.

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De cualquier modo hacia los siglos xiv y xv el Istmo era el paso obligado entre los grandes núcleos imperiales situados en el Valle Central de México y en las altas montañas peruanas. Similutudes lingüísticas entre los purépechas de Michoacán en México, la lengua oculta de la aristocracia inca y el vocabulario de los nativos del Istmo, nos hacen comprender claramente la importancia que los moradores del Istmo tuvieron en aquellos tiempos como lazo cultural entre los pueblos precolombinos del norte y del sur. Este fenómeno, sin duda, incorporó también elementos provenientes de grupos culturales como los Chibchas de Bogotá. El Istmo fue desde entonces un punto de encuentro.

En 1501, el español Rodrigo de Bastidas, uno de los capitanes del segundo viaje de Cristóbal Colón a América, llegó a las costas del Istmo. Así fue como esta tierra entró en el registro oficial de la historia.

Los conquistadores del Istmo no notaron diferencias con otras tierras americanas, hasta que el 24 de septiembre de 1513 Vasco Núñez de Balboa llegó al mar que él llamó Pacífico y descubrió que en este lugar los mares se acercaban sin encontrarse. Fue este descubrimiento de Balboa el que abrió nuevos horizontes a la conquista española y confirmó al Istmo como un territorio de tránsito.

Indudablemente la conquista del Perú requería de una sede en el Pacífico istmeño; el gobierno de la Corona, bajo el reino de Felipe II, expide las correspondientes ordenanzas en términos de una sola ley: «Ordenamos que habiéndose resuelto de poblar alguna provincia o comarca de las que están a nuestra obediencia o después se descubriesen, tengan los pobladores de consideración y advertencia a que el terreno sea saludable, reconociendo si se conservan en él los hombres de mucha edad y mozos de buena complexión, disposición y color, si los animales y ganados son sanos y de competente tamaño y las frutas y mantenimiento buenos abundantes y de tierras a propósito para sembrar y coger, si se crían cosas ponzoñosas y nocivas, si el cielo es de buena y feliz constelación, claro y benigno, el aire puro y suave, sin impedimentos ni alteraciones, el temple sin exceso de calor o de frío, si hay pastos para criar ganado, montes y arboledas para leña, materiales de casas y edificios, muchas y buenas aguas para beber y regar, indios naturales a quienes se pueda predicar el Santo Evangelio como primer motivo de nuestra intención, y hallando que concurren éstos a las más principales calidades, procedan a la población guardando las leyes».

Quienes tuvieron la tarea de encontrar un lugar que llenase tan exigentes requisitos llegaron a un poblado de indios, entre los cuales la palabra «panamá» definía la cualidad de pescadores de sus habitantes, nombraba a un árbol y simbolizaba la abundancia de mariposas. Panamá: peces, árboles y mariposas.

Había que cumplir con la ordenanza. Pedro Arias Dávila estuvo dispuesto a ello y el 15 de agosto de 1519 bautiza con el nombre indio de «Panamá» a la que habría de ser, según la honra —décadas después— del propio rey Felipe II, «muy noble y leal ciudad de Panamá».

Panamá se convirtió en la primera ciudad española en el mar Pacífico y la plataforma desde la cual partió la conquista del Perú. De esa manera la población de Portobelo en el Caribe y la ciudad de Panamá al otro lado del Istmo favorecieron el tránsito de los hombres que venían de España rumbo al sur y de las grandes riquezas que retornaban.

La ciudad fue edificando poco a poco sus seis conventos, entre los que destaca el de Santo Domingo por ser el primero y más grande. Igualmente levantó construcciones para el gobierno civil y para el mercado y comercio. Pero de entre todas sus edificaciones sobresale la Catedral, construida inicialmente de madera entre 1535 y 1580, pero levantada de piedra en 1626, con una sólida torre que aún 471 años después se mantiene en pie pese a los sufrimientos con que el tiempo la ha marcado. También sobresale por su peculiar consistencia y singular importancia en la época de la colonia el Puente del Rey, construido en 1620 para facilitar el paso del oro que desde el Perú iba hacia España.

El hecho de haberse convertido en centro de tránsito de las riquezas del sur, despierta el interés de los piratas que en los mares del siglo XVII combatían contra los españoles. Atacada por una flotilla de piratas ingleses encabezados por Henry Morgan, el 28 de enero de 1671, la ciudad de Panamá es saqueada y en la lucha que por su defensa promoviera su gobernador Pérez de Guzmán, se produce un incendio que cambió de manera significativa el crecimiento que hasta ese momento había alcanzado.

Por gestiones del presidente de la Audiencia de Panamá, Antonio Fernández de Córdoba, se establecen las nuevas delineaciones de la ciudad. Se espera la orden de fundación emanada de la Corona y el 21 de enero de 1673, Fernández de Córdoba funda, al suroeste de la ciudad destruida, la Nueva Ciudad de Panamá.

Pese a que la ferviente actividad derivada de la conquista del Perú había disminuido significativamente, la nueva ciudad permaneció como el punto de enlace transístmico que la posición geográfica del Istmo le había deparado.

La ciudad surgida en 1673 delimita su estructura urbanística estableciendo un muro que separaba dos barrios: intramuros y extramuros (llamados también «de adentro» y «de afuera»). En el interior vivían los ciudadanos adinerados y allí se localizaban los conventos y los edificios públicos; afuera, en «los arrabales de Santa Ana y Malambo» habitaban los esclavos y la gente humilde.

En la primera mitad del siglo XVIII, la ciudad alcanza un considerable desarrollo urbano. Pero éste se ve interrumpido por el «Fuego Grande» que quema la mayor parte de las edificaciones de intramuros, el 2 de febrero de 1737.

Cerca de veinte años después, el 31 de marzo de 1756, tras un importante avance en la reconstrucción, el «Fuego Chico» reduce a cenizas el área más lujosa e importante de la ciudad. De nuevo la ciudad se levanta, para sufrir, una vez más, los destrozos de un tercer incendio en 1781. En resumen, el siglo XVIII fue para la ciudad de Panamá una lucha constante entre el fuego y el agua; pero que nunca consiguió atenuar la importancia de su situación geográfica.

Fuente: UCCI/SEQC. Guía Ciudad de Panamá. Madrid: Guías UCCI, 1990.

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