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Los ocho escalones |
La práctica del yoga forma una escalera que lleva al conocimiento perfecto. Uno: autocontrol (yama); supone veracidad, abstinencia, evitar el robo, la negación de los obsequios y no cometer perjuicio contra las cosas vivas. Dos: observancia religiosa (niyama); implica adoptar la austeridad, la pobreza, los ritos de purificación, el recital de los himnos védicos y la confianza devota en el Ser Supremo. Tres: las posturas (āsana), de las que hay gran número; son consideradas como básicas para todos los escalones que siguen. Cuatro: regular la respiración (prānāyāma); supone alterar su profundidad y ritmo, respirando a través de cada ventana de la nariz a voluntad, y la suspensión virtual de la respiración. Cinco: reprimir los sentidos (prātyāhāra); significa apartarse de los objetos externos y la lógica vuelta de la mente sobre sí misma. Seis: la estabilización de la mente (dhārāna); centrando la atención sobre una parte determinada del cuerpo, como el ombligo, el extremo de la nariz o el centro de la frente, y de este modo volver a la persona insensible a la perturbación externa. Siete: meditación (dhyāna); consiste en fijar la mente sobre el objeto de conocimiento, en particular Brahma, hasta la exclusión de cualquier otro pensamiento. Ocho: la contemplación profunda (samādhi); entraña la absorción perfecta del pensamiento en el objeto de conocimiento, su unión e identificación con ese objeto. La consecución del samādhi libera al yo de las ilusiones de los sentidos y las contradicciones de la razón. Es un pensamiento que ha ido más allá del razonamiento, logrando su objetivo mediante su propia negación. Desemboca en una iluminación interna, el éxtasis del genuino conocimiento de la realidad.
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