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| 1. | Introducción |
John Wycliffe (c. 1330-1384), teólogo, filósofo y reformador religioso inglés, precursor de la Reforma protestante.
Nació en Hipswell (Yorkshire) y estudió en el Balliol College de la Universidad de Oxford, centro académico por el que se doctoró en Teología en 1372 y en el que impartió clases de filosofía (actividad que compaginó con el ejercicio de su ministerio sacerdotal en algunas parroquias). Adquirió fama en 1374, con motivo de una larga disputa entre el rey de Inglaterra, Eduardo III, y el Papado, sobre el pago de ciertos impuestos papales que tanto el Monarca, como el Parlamento, se mostraban reacios a abonar. Wycliffe redactó varios escritos refutando los derechos del Papa y defendiendo los del Parlamento a limitar el poder de la Iglesia. En 1375, Eduardo III le nombró integrante de una comisión que discutiría en Brujas con los representantes del Papa las citadas diferencias existentes entre Inglaterra y el Papado. La conferencia fracasó, pero Wycliffe se ganó la amistad de Juan de Gante, duque de Lancaster, cuarto hijo del rey Eduardo III y líder de una facción contraria a la Iglesia católica en el Parlamento.
| 2. | Ataque a la autoridad de la Iglesia |
En 1376, Wycliffe enunció la doctrina de la ‘potestad fundada en la gracia’, según la cual toda autoridad es concedida por la gracia de Dios y, en consecuencia, pierde el derecho a ejercerla quien comete pecado mortal. No dijo de un modo expreso que considerase a la Iglesia inglesa como pecadora y materialista, pero su insinuación estaba clara. El 19 de febrero de 1377 fue convocado ante el obispo de Londres, William Courtenay, para dar cuenta de dicha doctrina. El interrogatorio terminó cuando Juan de Gante, que acompañaba a Wycliffe, se vio envuelto en una pelea con el obispo y su séquito. A pesar de que el 22 de mayo de 1377 el papa Gregorio XI emitió varias bulas acusándole de hereje, en otoño del mismo año el Parlamento le pidió su opinión sobre la posibilidad legal de prohibir que la Iglesia enviase sus riquezas al extranjero a instancias del papa. Wycliffe sostuvo la legitimidad de tal prohibición y, en 1378, fue de nuevo convocado por el obispo Courtenay y el arzobispo de Canterbury, Simón de Sudbury, sin recibir más que una admonición formal a causa de su influencia en la corte. Ese mismo año desafió, junto con otros profesores de Oxford, la tradición eclesiástica al traducir la Vulgata al inglés.
| 3. | Los predicadores pobres |
Una declaración hecha por Wycliffe en 1379, en la que repudiaba la doctrina de la transubstanciación, produjo tal escándalo que hasta Juan de Gante le retiró su apoyo. Manteniéndose firme en su postura, Wycliffe empezó en 1380 a enviar al interior del país a sus discípulos, los denominados ‘predicadores pobres’, para exponer sus igualitarias doctrinas religiosas, encontrando una audiencia receptiva. Aunque no tuvo relación directa con las revueltas campesinas de 1381, es probable que sus doctrinas influyeran en los labradores y cayó bajo sospecha de fomentar el descontento social. En mayo de 1382, Courtenay, entonces arzobispo de Canterbury, convocó un tribunal eclesiástico que lo condenó como hereje y decretó su expulsión de Oxford. Wycliffe se retiró entonces a su parroquia de Lutterworth, donde falleció el 31 de diciembre de 1384.
| 4. | Sus enseñanzas |
Tras su muerte, sus enseñanzas se propagaron con gran intensidad y los lolardos (nombre que recibieron sus seguidores) distribuyeron su Biblia, que había sido publicada en 1388. Sus escritos inspiraron al reformador religioso bohemio Jan Hus a rebelarse contra la Iglesia, mientras que Martín Lutero reconoció siempre su deuda con él. En mayo de 1415, el Concilio de Constanza revisó sus doctrinas (que fueron condenadas por heréticas) y dispuso que su cuerpo fuera exhumado y quemado. En 1428 se ejecutó este decreto.
La filosofía de Wycliffe, en su forma más elaborada, representó una ruptura con la Iglesia en tanto que afirmaba la existencia de una relación directa entre la humanidad y Dios, sin mediación sacerdotal. Según él, los cristianos podían gobernarse a sí mismos, sin ayuda de papas ni prelados, mediante una estricta observancia de las Sagradas Escrituras. Asimismo, denunció muchas creencias y prácticas de la Iglesia por ser contrarias a las Escrituras. Sostuvo que el clero cristiano debería luchar por imitar la pobreza evangélica de Jesucristo y sus discípulos. Rechazó, además, la servidumbre y la guerra.