Epístolas de san Pedro
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Epístolas de san Pedro
3. Segunda epístola

La segunda epístola afirma ser obra de “Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo” (2 Pe. 1,1), testigo de la Transfiguración de Cristo (2 Pe. 1,18), “hermano' de san Pablo” (2 Pe. 3,15) y autor de 1 Pedro (2 Pe. 3,1). Sin embargo, la primitiva Iglesia cuestionó la autoría de Pedro, y en la actualidad la mayoría de los especialistas comparten dicha duda por pruebas internas y externas. Además, 2 Pedro incorpora virtualmente la totalidad de la Epístola de Judas y demuestra conocer una serie de epístolas de san Pablo (2 Pe. 3,15-16) y de sus falsos intérpretes gnósticos. No es posible que Pedro conociera todos estos datos. Por consiguiente, suele considerarse que 2 Pedro fue obra de un personaje desconocido del siglo II d.C. La epístola fue aceptada como canónica a partir del siglo IV d.C.

La segunda epístola tiene por objeto fortalecer la fe cristiana en la segunda venida de Cristo, esperanza que había sido atacada como carente de fundamento, siendo ridiculizada por los agnósticos. La epístola puede dividirse en tres partes básicas, cada una de las cuales constituye un capítulo separado. En la primera sección se recuerda a los lectores las promesas que Dios les hizo a través de Cristo. Además de creer en estas promesas, se les insta a llevar vidas auténticamente cristianas para ganarse el favor de Dios. La segunda parte está constituida por un ataque a los falsos predicadores. Es en esta sección de 2 Pedro donde aparecen incorporadas partes de la Epístola de Judas. En la tercera sección se refuta a los que hablan “en son de burla” (2 Pe. 3,3) y se confirma la llegada del “Día de Dios” (2 Pe. 3,12). Los cristianos no deben perder la fe, aunque pueda parecerles que se demora “el Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán” (2 Pe. 3,12). Porque el sentido del tiempo de Dios no es igual al del hombre, señalando que “no se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa... no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión” (2 Pe. 3,9).