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| 4. | Judaísmo y cristianismo |
La profecía tuvo un significado religioso sin precedentes en el judaísmo y en el cristianismo. Para el judaísmo, el profeta es un individuo elegido por Dios, a menudo en contra de su voluntad, con el fin de revelar las intenciones y los planes divinos a la humanidad. Como portador de la revelación, el profeta siente la omnipresente presencia de Dios y recibe la fuerza suficiente para comunicar a otros su Palabra, incluso aunque ello pueda acarrearle la persecución, el sufrimiento y la muerte. Los autores bíblicos de los libros proféticos se dividían en el Antiguo Testamento en cuatro grandes profetas: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y doce profetas menores, que escribieron los libros breves: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miquías, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
El cristianismo heredó la noción profética del judaísmo y sus seguidores interpretaron las obras hebreas a la luz de las enseñanzas de Cristo, quien es considerado el profeta anunciado en el Deuteronomio. De hecho, en muchos aspectos, Jesús era un profeta arquetípico. Se reconocía la capacidad profética como un don en la época apostólica, pero, de forma gradual, fue desapareciendo al mismo tiempo que, hacia el final del siglo I d.C., empezó a desarrollarse la estructura jerárquica de la Iglesia, reprimiendo la inspiración individual. Los visionarios cristianos de todos los tiempos han sido con frecuencia llamados profetas, pero no alcanzaron nunca la posición ni influencia de los profetas antiguos.