Basílica de San Pedro
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Basílica de San Pedro
2. Primeros proyectos

En el antiguo emplazamiento de una necrópolis pagana, el emperador Constantino mandó construir hacia el año 320 la primera basílica de San Pedro, un gran recinto de peregrinación elevado en torno al martyrium o pequeño monumento donde la tradición cristiana suponía enterrados los restos del apóstol. Los sucesivos emperadores fueron ampliando el templo constantiniano durante los dos siglos posteriores, añadiendo un atrio de ingreso e incrementando su ornamentación. El papa San Dámaso construyó a finales del siglo IV un baptisterio que completaba el conjunto de edificaciones del entorno, entre las que sobresalía el mausoleo imperial de la dinastía Honoria. Durante la edad media se embelleció con mosaicos y ciclos pictóricos, en parte conservados, y fue ampliado bajo los papados de Eugenio III y Nicolás III.

Concluido definitivamente el segundo Gran Cisma de Occidente (1378-1417), Nicolás V concibió la idea de levantar una prestigiosa sede papal y encargó su proyecto a Leon Battista Alberti, que tras muchos estudios encaminados a idear un gran edificio unitario propuso reconstruir la vieja iglesia. El primer proyecto de restauración se debe a Bernardo Rossellino, que propuso conservar el espacio del templo constantiniano aumentando el ábside y el transepto; de todas sus intervenciones, interrumpidas a la muerte del pontífice, tan sólo se conserva la capilla de Nicolás V, decorada con pinturas al fresco de Fra Angelico.

En lugar de demolerla, los siguientes papas decidieron conservar la antigua basílica y añadirle anexos: Pío II inició las obras de la logia de la Bendición, concluida bajo la tutela de Alejandro VI. Finalmente, el papa Julio II encargó a Donato Bramante el proyecto para un nuevo templo de San Pedro, cuya primera piedra se colocó el 18 de abril del año 1506.