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| 4. | La ganadería ovina en España |
El clima mediterráneo se caracteriza por la alternancia de inviernos suaves y húmedos con veranos secos y calurosos. Este contraste se traduce en una diferente productividad de los pastos en las distintas regiones geográficas. Así, en invierno, los pastos de montaña están cubiertos por las nieves, mientras que los de las zonas bajas mantienen una buena producción gracias a un grado de humedad mayor y a las temperaturas moderadas. Por el contrario, durante el verano, los prados de las zonas bajas están secos (agostados), mientras que los de las montañas se encuentran en plena producción. Esta estacionalidad dio lugar en España al desarrollo de un sistema ganadero basado en el traslado periódico de los animales que recibe el nombre de trashumancia. Estos movimientos del ganado se realizan a través de una red de vías pecuarias (cañadas, cordeles y veredas) que recorren España de norte a sur y de este a oeste. Estos caminos fueron abiertos en la edad media, cuando en el año 1273 Alfonso X el Sabio creó el Honrado Concejo de la Mesta, institución que agrupó a los ganaderos y cuya importancia radicó sobre todo en la expansión del vellón español: la finísima lana de oveja merina. La Mesta ostentó un gran poder, tanto económico como político que mantuvo hasta el siglo XVIII, para después desaparecer en el año 1836. La disolución de la Mesta, la decadencia de la ganadería extensiva, la aparición del ferrocarril y del automóvil y los cambios de los usos ganaderos tradicionales a partir de la década de 1960, fueron los factores determinantes del abandono de las vías pecuarias. Sin embargo, todavía hay movimientos de rebaños a lo largo de determinados tramos.
Otra forma a través de la cual se explotaba el ganado ovino es la dehesa, sistema formado por un estrato de pastos herbáceos y otro de árboles (encina o alcornoque, sobre todo), que se usa para la producción combinada de cerdo ibérico, ganado ovino (el ganado vacuno, antes ocasional, es ahora predominante), leña, carbón y corcho. La explotación de ganado ovino, por lo general de raza merina, tenía como finalidad la producción de lana y carne. También había otras razas como la entrefina (Salamanca) y la churra (Salamanca y una pequeña zona de Zamora). Las ovejas producían como norma general un cordero al año; los partos ocurrían en otoño, con el fin de aprovechar las mejores condiciones climáticas para los pastos y la venta de crías se hacía a finales de la primavera, justo antes del verano, que es la época más seca. La carga ganadera habitual de las dehesas era de una oveja por hectárea, aunque en la actualidad es de dos o tres cabezas, con alimentación complementaria a base de piensos (forraje). Por último, el sistema de explotación hoy predominante es la estabulación de los animales en una granja, pues la tendencia actual de intensificación de la producción así lo requiere.
El mestizaje con razas foráneas ha afectado muy poco a la oveja, de modo que en 1982 aquellas sólo representaban el 12% del total. Las razas autóctonas con mayores efectivos son la merina, la aragonesa, la churra, la manchega, la castellana, la segureña y, con menos efectivos, la talaverana, la ojalada y la lacha.