Escritura cuneiforme
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Escritura cuneiforme
3. Los intentos de traducción

Nadie sospechó el significado de las cuñas cuando los primeros viajeros que descubrieron unas ruinas encontraron en ellas escrituras cuneiformes, especialmente en las ruinas de la ciudad de Persépolis que estuvo en lo que hoy es Irán. Pietro della Valle, un viajero italiano, en el año 1621 dio cuenta de la existencia de una inscripción de 413 líneas que había en la pared de una montaña en Behistun, al oeste de Persia y copió algunos signos. En 1674 un mercader francés llamado Jean Chardin publicó grupos completos de caracteres cuneiformes y se dio cuenta de que las inscripciones aparecían siempre en series de tres formas paralelas. El primer progreso real en aras a descifrar la roca de Behistun lo realizó Carsten Niebuhr, un alemán que formaba parte de una expedición científica danesa a Oriente Próximo entre 1761 y 1767. Tuvo el acierto de pensar que la triple inscripción había que transcribirla como un único texto que estuviera escrito bajo tres tipos distintos de escrituras, aunque fueran desconocidas, y en 1777 publicó la primera copia correcta de la inscripción de Behistun. Aquella gran inscripción trilingüe de Darío I rey de Persia estaba escrita en caracteres cuneiformes en tres idiomas: persa, elamita (antes llamado lengua de Susa) y babilonio. Esos sistemas de escritura fueron los que emplearon los reyes de Persia de la dinastía Aqueménida para conseguir que sus normas legales fueran conocidas por las tres naciones que dominaban.

La escritura del persa en caracteres cuneiformes fue la primera que se descifró. Los investigadores alemanes Oluf Gerhard Tychsen y Georg Friedrich Grotenfend y el filólogo danés Rasmus Christian Rask identificaron algunos signos. Casi todo el sistema fue descifrado por el orientalista francés Eugéne Burnouf; por otro lado, el británico Henry Creswicke Rawlinson, especialista en Asiria, interpretó el texto que había copiado por sí mismo de la montaña de Behistun y publicó sus resultados en 1846. Se consiguió descifrar antes la escritura cuneiforme persa por el conocimiento que se tenía de la lengua india pahlevi. El sistema persa es el más sencillo y reciente entre las escrituras cuneiformes. Consta de 36 caracteres que son prácticamente alfabéticos, aunque algunos signos se usaron con valor silábico. Además posee una palabra que sirve para dividir. Su empleo quedó restringido a los límites que fijan los años 550 a.C. al 330 a.C. El texto más antiguo podría tratarse de una inscripción de Ciro el Grande en Pasargada y el más reciente el de Artajerjes en Persépolis (que reinó entre 358 a.C. al 338 a.C.).

La escritura del elamita en caracteres cuneiformes suele recibir el nombre de segunda forma, porque aparece en segundo lugar en las inscripciones trilingües de los reyes aqueménidas. Quien primero intentó descifrarla fue el orientalista danés Neils Ludvig Westergaard en 1844. A la hora de traducirla, fue de gran importancia el hecho de que estuviera repetida palabra a palabra en las inscripciones trilingües, porque no sirvió de ayuda ninguna lengua conocida, moderna ni muerta. Contiene 96 signos silábicos, 16 ideogramas y 5 determinativos. Los caracteres del elamita están bastante claros, aunque haya dudas en el caso de unas cuantas palabras. La versión babilónica del texto de Behistun se descifró gracias al trabajo conjunto del orientalista francés Jules Opert, el orientalista irlandés Edward Hincks, el arqueólogo francés L. Fréderick Joseph Caignart de Saulcy y Rawlinson. La lengua escrita bajo este tercer sistema cuneiforme presentó una gran similitud con los dialectos semíticos que eran ya muy conocidos, hecho decisivo a la hora de descifrarla. Las inscripciones de Behistun fueron la primera pista, pero se sabe que el babilonio empleó escritura cuneiforme 2.000 años antes de que se grabara la piedra de Behistun. Se han encontrado muchos testimonios muy antiguos bajo escritura cuneiforme en Babilonia, Nínive y otros lugares cerca de los ríos Tigris y Éufrates. Se grababa en sellos, cilindros, piedras, obeliscos, estatuas y en las paredes de los palacios. Han aparecido muchas tablillas de cerámica, algunas de 22 centímetros de largo por 15 de ancho y otras son mucho más pequeñas aún de unos dos centímetros y medio. A menudo su escritura es muy pequeña. En algunas tablillas hay seis líneas en el espacio de dos centímetros, por lo que hay que leerlas con lupa.