Basílica
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Basílica
2. Basílicas imperiales

En la antigua Roma la basílica era un espacio que se empleaba para la administración de justicia o como edificio comercial. Su estructura consistía en un gran espacio cubierto al que se entraba por un pórtico situado en el lateral o en uno de los extremos. Este espacio se organizaba en torno a una nave central más ancha, flanqueada por dos naves laterales separadas mediante filas de columnas. La altura de la nave central sobrepasaba a la de las naves laterales, permitiendo así la colocación en la parte alta del muro de una serie de claraboyas que iluminaran el interior. En el extremo opuesto al pórtico solía aparecer un estrado sobre el que se colocaba el altar, y más atrás una exedra semicircular donde se sentaban los oficiantes.

La planta de la basílica sufrió numerosas modificaciones. Algunas basílicas tienen cinco naves (es decir, cuatro laterales), como la basílica Ulpia construida por Trajano (98-112), que además contaba con galerías sobre las naves laterales y ábsides en cada extremo. Otras no presentaban galería, o su planta era casi cuadrada. La mayoría se cubrían con estructuras planas o a dos aguas de madera, excepto la basílica de Constantino (o de Majencio, 310-313), que estaba cubierta mediante bóvedas de arista (véase Arco y bóveda: bóveda).