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Basílicas paleocristianas |
En el siglo IV la religión cristiana se convierte en la religión oficial del Imperio. A partir de este momento se comienzan a construir templos siguiendo la tipología basilical, como el de Santa María la Mayor en Roma (432). Muchas de estas iglesias incorporan a la entrada un atrio o patio rodeado de columnas, similar al de la domus (vivienda unifamiliar) romana. La iglesia basilical consiste, como su antecesora romana, en un espacio rectangular dividido en naves, normalmente con galerías o matronium sobre las naves laterales. La entrada se produce a través de un pórtico llamado nártex, que no deben traspasar los fieles que no hayan recibido la confirmación. Al fondo de la nave central se sitúa un crucero o transepto que separa las naves destinadas a los fieles del presbyterium, reservado al clero. A continuación se dispone el altar, que contiene la custodia y en ocasiones se enmarca bajo un palio; la silla del obispo, enfrentado a los fieles, acompañado por sus sacerdotes y diáconos; y por último el ábside, que enmarca el conjunto ceremonial y suele estar cubierto por una bóveda de horno. En ocasiones también aparece un coro reservado al clero regular, situado en la zona del presbiterio, entre las naves y el altar.
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