| Gian Lorenzo Bernini | Vista del artículo | ||||
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| 3. | Trabajos para el Vaticano |
También de la década de 1620 son sus primeros proyectos arquitectónicos, como la fachada de la iglesia de Santa Bibiana de Roma (1624-1626) y la creación del magnífico baldaquino (1624-1633), dosel sobre el altar mayor de la basílica de San Pedro, que fue un encargo del papa Urbano VIII, primero de los siete pontífices para los que trabajó. Con este proyecto, obra maestra de ingeniería, arquitectura y escultura, Bernini consiguió concentrar sobre la tumba de san Pedro la perspectiva de la enorme nave central de la basílica, gracias al efecto focalizador de las gigantescas columnas salomónicas, fabricadas en bronce oscuro. El baldaquino fue la primera de una serie de obras monumentales para el Vaticano, seguido de las tumbas de Urbano VIII (1628-1647) y Alejandro VII (1671-1678), ambas en la basílica de San Pedro, que, al incorporar figuras tridimensionales en actitud dinámica, difieren notablemente del enfoque puramente arquitectónico de los sepulcros realizados por artistas anteriores.
En la colosal cátedra de San Pedro (la silla gestatoria, 1657-1666), en el ábside de la basílica, utilizó el mármol, el bronce dorado y el estuco en una espléndida composición en movimiento ascendente, que adquiere un mayor dramatismo con la ventana oval de oro que tiene en el centro y que se convierte en el punto focal de toda la basílica. También es de la década de 1660 la Scala Regia (Escalera Real, 1663-1666), un auténtico juego de ilusiones ópticas, cuyos muros convergentes consiguen magnificar las exiguas dimensiones de esta escalinata, que conecta las habitaciones papales con la basílica de San Pedro. Sus obras vaticanas se completan con la magnífica plaza de San Pedro (diseñada en 1667), que enmarca la entrada a la basílica dentro de un espacio oval dinámico formado por dos galerías de columnatas semicirculares. En efecto, la problemática fachada de Carlo Maderno, aunque de enormes dimensiones, no conseguía la monumentalidad que requería la entrada al templo más importante de la cristiandad. El espectacular atrio que forma la columnata no sólo establece una transición reverente, sino que además, gracias a sus juegos perspectivos, estiliza la fachada y consigue un efecto grandioso con la cúpula de Miguel Ángel. Por desgracia nunca se concluyó el proyecto original, que incluía un tercer brazo que cerraba la plaza, para intensificar el efecto de sorpresa al atravesar la cortina de columnas dóricas.