Imperio Británico
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Imperio Británico
3. Impulso colonial británico

Cuando a partir de 1739 se reanudó el periodo bélico en Europa (con la denominada guerra de la Oreja de Jenkins), Gran Bretaña se encontraba en situación de realizar conquistas territoriales a expensas de Francia, especialmente durante el gobierno del primer ministro William Pitt el Viejo. El general Jeffrey Amherst capturó las fortalezas francesas de Louisburg en 1758, abriendo así una vía de acceso al valle del San Lorenzo; al año siguiente, el general James Wolfe conquistó Quebec en una batalla en la que tanto él como el general francés marqués de Montcalm perdieron la vida. El destino de Nueva Francia estaba decidido. Las fuerzas británicas del Caribe tomaron muchas de las islas azucareras francesas.

El control británico sobre la India nació durante estos años. La Compañía de las Indias Orientales envió a un joven encargado, Robert Clive, para combatir los ataques franceses en Carnatic (en el sureste indio). Tras la satisfactoria defensa que organizó en Arcot (1751), se produjeron una serie de enfrentamientos que culminaron con la batalla de Plassey (23 de junio de 1757), en la que Clive derrotó a sus rivales indios y franceses y consiguió que la Compañía se convirtiera en la fuerza dominante en Bengala.

Gran Bretaña devolvió a Francia las grandes islas azucareras de Guadalupe y Martinica por el Tratado de París de 1763, pero conservó Canadá, una región de gran importancia estratégica para garantizar la seguridad de las colonias de Nueva Inglaterra. La guerra de los Siete Años, a la cual habían puesto fin los acuerdos de París, logró despertar el entusiasmo popular por el Imperio en Gran Bretaña y fue la primera ocasión en que los británicos sometieron a numerosas poblaciones indígenas.

La expansión triunfante del Imperio acarreó nuevas responsabilidades y nuevos costes. El gobierno británico y el Parlamento deseaban emplear los ingresos recaudados en Norteamérica para pagar los artículos de primera necesidad de estas colonias, de manera que se elaboró un nuevo sistema tributario local, plasmado en la Stamp Act (1765); las autoridades británicas lo consideraban absolutamente justo, mientras que los colonos norteamericanos opinaban que atentaba contra sus derechos constitucionales. La Stamp Act fue revocada después de que se produjeran varias revueltas de protesta, pero no tardó en ser reemplazada con otros impuestos: éste fue el origen inmediato de la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783). Las pérdidas de Gran Bretaña a raíz de su derrota en ese conflicto, sancionadas por el Tratado de París de 1783, quedaron limitadas a las colonias de Norteamérica debido a que los franceses, que junto a los españoles habían ayudado a los insurgentes, no fueron capaces de desafiar la supremacía naval británica. Posteriormente, los británicos crearon la provincia de New Brunswick en 1784 y reforzaron su presencia en Canadá.

La política desplegada en los años siguientes se caracterizó por la consolidación y el aumento del control imperial. Las enormes fortunas personales que Clive y Warren Hastings (primer gobernador general de la India, desde 1773 hasta 1784) consiguieron en la India decidieron a las autoridades británicas a regular más estrictamente los negocios de la Compañía de las Indias Orientales. De acuerdo con lo establecido en la Ley de la India (India Act) de 1784, esta entidad debía someterse a un examen realizado por la denominada Oficina de Control. Durante el periodo en que Charles Mann Cornwallis sirvió como gobernador general (1786-1793), la administración británica en la India quedó en manos de funcionarios públicos, aunque la Compañía continuó siendo una entidad comercial.

La Ley de Canadá (Canada Act) de 1791 tenía por objeto poner orden en los asuntos de la región de Norteamérica que se extendía al norte del paralelo 49, para lo cual se dividió esta zona en Alto Canadá y Bajo Canadá, y se reconoció la situación especial de los habitantes franceses de esta última.

Después de las expediciones realizadas en el Pacífico por el capitán James Cook en la década de 1770, el capitán Arthur Phillip recibió el mando de una flota que fue enviada a la bahía australiana de Botany en 1788, y fundó una colonia en la cala donde nacería la ciudad de Sydney, el primer asentamiento europeo en Australia. Aunque esta colonia se estableció inicialmente para poder enviar allí a los convictos —dado que Nueva Inglaterra ya no estaba bajo el dominio británico—, algunos historiadores consideran que esta acción formaba parte de una política imperial más ambiciosa, un giro hacia el Este, gracias al cual el comercio británico podría seguir la ruta de los mares orientales, partiendo del continente americano, en su búsqueda de especias para la reexportación y de mercados en los que vender los productos manufacturados británicos. En cualquier caso, de lo que no cabe duda es que la Revolución Industrial y la expansión imperial se desarrollaron al unísono y dieron lugar al denominado segundo Imperio Británico.