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| 3. | Polémica científica |
La Iglesia cristiana medieval consideraba que el Génesis contenía el relato completo de la creación. La historia de Noé y del diluvio explicaba la existencia de distintas razas humanas y de los diferentes animales y plantas de su mundo. Sin embargo, los filósofos empezaron a plantearse cuestiones sobre la validez de las observaciones individuales al desarrollarse la ciencia formal y recuperarse en Occidente, hacia el siglo XIII, el pensamiento griego y sobre todo el de Aristóteles (véase Filosofía griega). Por ejemplo, no podía entenderse que la humanidad fuese el centro del universo si la Tierra gira alrededor del sol, como propuso en el siglo XVI el astrónomo polaco Nicolás Copérnico, proposición que perfeccionaron los científicos como Johannes Kepler y Galileo, el cual fue juzgado por herejía, pero no por ello sus observaciones podían ser ignoradas. En el siglo XVII, filósofos occidentales como los deístas o René Descartes asentaron las bases de lo que puede llamarse la proposición de la existencia de Dios a partir de la necesidad de un planificador. De forma simple, este argumento puede resumirse en una analogía entre el mundo y un reloj. Aunque se crea y se rechace la creación bíblica, la complejidad del mundo parecía indicar la necesidad de que existiera un artesano supremo, un relojero que hubiera puesto en marcha el mundo y pudiera reparar el mecanismo si esto fuera necesario. Las explicaciones que dio el matemático y físico inglés Isaac Newton (1642-1727) sobre la mecánica del universo físico fueron aceptadas con mayor o menor entusiasmo en el siglo XVIII. Pero los racionalistas estaban preocupados por los descubrimientos geológicos y por la posibilidad cada vez mayor de que la Tierra fuese más antigua que los 6.000 años que propuso en el siglo XVII el arzobispo irlandés James Ussher (véase Cronología). Aún más preocupante era la investigación que llevó a Charles Darwin a formular la teoría de la evolución de las especies (véase Evolución). Según esta teoría, el mundo físico, la vida animal e incluso los seres humanos son el producto de un desarrollo gradual, con lo que la creación queda al menos negada de forma tácita.
Los estudios bíblicos (véase Ciencia bíblica) de finales del siglo XIX arrojaron más dudas sobre la infalibilidad de la Biblia. Como reacción a ello en 1907 el Papa Pío X condenó el modernismo teológico.
Véase también Cosmología; Mitología; Religión; Teología.