Academia
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Academia
3. Sociedades para fomentar las artes y las ciencias

La palabra academia es aplicada también para denominar a las sociedades de artistas, escritores y científicos, organizados para fomentar y proteger las artes, las letras y las ciencias. Los romanos fundaron academias en la Galia a principios del siglo I. Carlomagno utilizó este término en el año 782 para designar a un grupo de eruditos organizados en su corte. En la edad media los musulmanes crearon asociaciones artísticas y literarias en Granada y Córdoba (España) —véase Al-Andalus. Durante el renacimiento las academias alcanzaron una fuerte preeminencia intelectual rivalizando con las universidades y manifestando en primer lugar su forma típicamente moderna (véase Historia de la educación).

Con el paso del tiempo, el término academia tendió a ser utilizado para designar a los centros literarios, científicos o artísticos que no impartían enseñanzas, sino que protegían y fomentaban esos campos específicos del saber. Se caracterizaban por reunir a un grupo de investigadores o artistas, elegidos o designados generalmente bajo patrocinio real o estatal, que se comprometían a estudiar, investigar y cultivar las letras, artes o ciencias cuyos resultados posteriormente serían publicados.

En el siglo XV las academias más importantes fueron organizadas en Italia, principalmente en la Florencia de los mecenas italianos Lorenzo y Cosme I de Medici, ciudad en la que surge la primera Academia de Bellas Artes en el año 1490. En Venecia se creó la Accademia della Fama en 1558, dedicada a la música, y en Roma la Accademia Nazionale dei Lincei en 1603, que contaba con Galileo entre sus miembros. Durante el renacimiento las academias se multiplican por todo el Mediterráneo. Con Felipe II, que funda una de las primeras academias científicas, la Academia de Ciencias Matemáticas en 1575, surgen en España sociedades de eruditos que van a ser las antecesoras de las actuales academias.

Las academias científicas, como la Real Sociedad de Londres, creada en 1662, tuvieron una gran incidencia en el desarrollo de la ciencia, gracias a su apoyo a la investigación y a la publicación de sus resultados. Estimuladas por el patrocinio real, la fundación de academias alcanzó su cenit en Alemania y en el noreste de Europa durante el siglo XVIII. En Francia, la más célebre se creó en 1795 con el nombre de Instituto de Francia, que pasó a integrar a cinco academias distintas, cada una de ellas fundada como institución independiente durante los siglos XVII y XVIII; destacan la Academia Francesa (de la Lengua) fundada en 1635, la Academia de Bellas Artes (1648) y la Academia de Ciencias (1666).

En casi todos los países existen academias científicas que aglutinan expertos y promueven la investigación y protección de ciertos ámbitos del saber. En España, la Real Academia Española, creada en 1713, es la más señera y de mayor prestigio. Desarrollan una importante actividad, y asimismo gozan de gran reputación, las academias de Medicina, Historia, Ciencias Morales y Políticas, la de Bellas Artes de San Fernando, la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de Farmacia y de Jurisprudencia y Legislación.

En América Latina el término academia se utilizó a partir del siglo XVI con el mismo significado que en España y Europa. En un principio, a las academias de la Lengua se les añadió el adjetivo “correspondientes” al estar vinculadas a la Real Academia Española. En 1871 se fundó la Academia de Colombia, en 1875 la de México y en 1876 la del Ecuador; en la década siguiente se fundaron las academias de la Lengua de Venezuela, Perú y Chile, entre otras.

Auténticas academias fueron ya en el siglo XVIII las Sociedades Económicas de Amigos del País, en México (1799), Guatemala (1795), Quito (1791) y Nueva Granada (1784). En Chile, Manuel de Salas fundó en 1798 la Academia de San Luis, y a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX fueron apareciendo academias de Ciencias, Medicina, Bellas Artes, Historia o Derecho, entre otras.