| Tenochtitlan | Vista del artículo | ||||
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| 3. | Estructura de la ciudad |
Más allá del Coatepantli (muro decorado con serpientes que rodeaba el Recinto Ceremonial), se encontraba la ciudad, cruzada por multitud de canales, calzadas y callejas. En ella había dos tipos de vivienda: unas poseían chinampas y otras no. Estas últimas se localizaban principalmente en la zona más próxima al Recinto Ceremonial, área residencial de la nobleza, mientras que las viviendas con chinampas se localizaban en la periferia, donde habitaban los campesinos o macehualtin (plural náhuatl de macehualli). En la zona sur del lago se localizaba la llamada zona chinampaneca, es decir, la región en la que se encontraban los cultivos sobre chinampas, con cuyos productos agrícolas se alimentaban la ciudad y el valle circundante.
La mayor parte del limitado territorio urbano que poseía la ciudad estaba ocupado por las viviendas de la nobleza y por las de los plebeyos. Las primeras eran más grandes y estaban construidas con materiales más nobles, piedras y vigas de madera, frente al adobe utilizado por el pueblo para fabricar las suyas. Si las del pueblo no tenían más que una planta, las de los nobles solían tener dos. Las viviendas se agrupaban en torno a patios, siguiendo un modelo cuyos orígenes podrían remontarse a la época de esplendor de la ciudad de Teotihuacán. El sistema administrativo de Tenochtitlan llegó a tener una complicadísima estructura.
Las condiciones geográficas de su emplazamiento obligaba a que los abastecimientos básicos (alimentos, agua potable y materias primas) se realizaran forzosamente desde tierra firme. El mercado era una institución fundamental para la vida de la ciudad. A través de él se obtenía el 40% de los alimentos. Allí se vendían animales vivos, joyas de oro y plata, y también adornos de plumería y objetos de uso corriente, como vasijas, cuchillos de obsidiana, sal, carbón o flores. Durante su celebración había alguaciles encargados de la vigilancia para evitar fraudes y robos, así como un cuerpo de jueces que tenían jurisdicción sobre nobles y plebeyos. Los servicios de limpieza de la ciudad eran también dignos de ser destacados ya que no menos de un millar de personas estaban encargadas de barrer y regar las calles y, naturalmente, todo el complejo sistema de canales y acueductos debía ser vigilado, limpiado y reparado para que funcionase a la perfección, ya que todos los transportes y comunicaciones dependían de ello.