Luis XIV
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Luis XIV
3. Guerras exteriores

En política exterior, el firme objetivo de Luis XIV fue el de engrandecer Francia, consolidar sus defensas en las fronteras septentrional y oriental e impedir cualquier incremento del dominio por parte de la Casa de Habsburgo, que anteriormente había amenazado a Francia desde dos frentes, debido al inmenso poder que ejercían sus miembros en tanto que reyes de España y emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. En cuatro guerras demostró a toda Europa su habilidad como jefe militar. En 1667, alegando el derecho hereditario de su esposa (ius devolutionis o derecho de devolución), Luis invadió los Países Bajos españoles, con lo que dio comienzo la llamada guerra de Devolución. Sus rápidas victorias obligaron en 1668 a Inglaterra, las Provincias Unidas y Suecia a unirse en la Triple Alianza para frenar a Francia y dieron lugar al Tratado de Aquisgrán, firmado en mayo de ese año. Luis XIV obtuvo doce fortalezas en Flandes y no tardó en aislar a los holandeses negociando la neutralidad inglesa y sueca. En 1672 lanzó un ejército contra las Provincias Unidas, dando así comienzo a la denominada guerra de Holanda. Durante seis años los holandeses, con la ayuda de España y del Sacro Imperio, rechazaron los ataques franceses. Los tratados firmados en Nimega en 1678 y 1679 no le proporcionaron los territorios españoles en los Países Bajos, pero concedieron a Luis XIV la región del Franco Condado y más fortalezas en Flandes.

Al mismo tiempo que sus ejércitos combatían a los protestantes holandeses, Luis negaba la libertad religiosa a los protestantes de Francia (hugonotes) y reforzaba el control sobre el clero católico. En 1685, decidido a lograr la conversión de los hugonotes, revocó su carta de libertades, el Edicto de Nantes, y envió a más de 200.000 al exilio, lo que daría paso desde 1702 a la rebelión de los camisards. Aunque la revocación fue aplaudida por sus súbditos católicos, endureció sus relaciones con la Europa protestante.

De otro lado, en 1684, un año después de la muerte de la reina María Teresa de Austria, Luis contrajo matrimonio morganático con una mujer piadosa pero de pasado oscuro, Françoise d'Aubigné, marquesa de Maintenon, quien le instó para que contuviera la inmoralidad que reinaba en la corte.

Demasiado confiado y mal asesorado, envió un ejército a Renania en 1688 con el fin de reclamar el Palatinado para su cuñada, Isabel Carlota de Baviera. La consiguiente guerra de la Liga de Augsburgo puso de manifiesto las graves deficiencias del Ejército de Luis XIV. A pesar de que sus tropas devastaron Renania, la Paz de Ryswick, acordada en septiembre de 1697, no mejoró las defensas francesas ni incrementó la gloria de la monarquía. Al mismo tiempo, en 1689 se produjo la formación de la conocida como primera Gran Alianza, que, encabezada por el rey británico Guillermo III de Orange, vio reconocidos en los acuerdos firmados en Ryswick los principios que habían llevado a su creación.

La última empresa militar de Luis XIV, la guerra de Sucesión española (1702-1714), se debió al apoyo dado a su nieto, Felipe V, como rey de España. Los ejércitos franceses, enfrentados a una alianza de potencias europeas (la denominada segunda Gran Alianza), perdieron casi todas las grandes batallas, pero lograron que el trono español fuera ocupado por la Casa de Borbón en la persona de Felipe V. De hecho, el principal Tratado de Utrecht (1713), que otorgaba a los británicos varios territorios franceses en Norteamérica, también reconocía a Felipe V como rey de España. Luis XIV gobernó una Francia harta de guerras hasta que su salud se quebró en 1715. A pesar de padecer fiebre y gangrena, reunió las fuerzas necesarias para decir su célebre frase: “Yo me voy, Francia se queda”, antes de morir el 1 de septiembre de 1715, en Versalles. Le sucedió en el trono su bisnieto, Luis XV.

Luis XIV no logró poner fin a las tensiones entre una elite gobernante, entregada al trabajo, y una sociedad estamental, basada en privilegios hereditarios, lo cual explica muchos de los fracasos de su reinado. Sin embargo, su plena dedicación a las tareas de gobierno y su larga duración en el desempeño de la monarquía convirtieron a Francia en el modelo burocrático de la Europa absolutista del siglo XVIII.