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| 4. | La dinastía Abasí (750-1258) |
Los Omeyas fueron derrotados por una coalición de chiitas, iraníes y otras comunidades musulmanas y no musulmanas insatisfechas con su régimen. Los rebeldes fueron dirigidos por la familia Abasí, descendiente de un tío de Mahoma, Abbas, de donde procede su nombre. Desde el 718 los Abasíes habían conspirado para apoderarse del califato, enviando agentes a diversas partes del imperio musulmán para minar el prestigio de los Omeyas. Hacia el año 747 se habían asegurado el apoyo suficiente para organizar una insurrección en el norte de Irán, que condujo a la caída del califato Omeya tres años más tarde. Los Abasíes ejecutaron a la mayoría de los miembros del antiguo clan dirigente, trasladaron la capital del imperio a Bagdad e imitaron en su corte gran parte de la pompa y ceremonia de la anterior monarquía persa.
Cuando Abu al-Abbas accedió al califato en el 750, la dinastía Abasí inició un periodo de gobierno que se prolongaría durante cinco siglos. Los Abasíes se convirtieron en grandes mecenas del conocimiento y estimularon el cumplimiento de la disciplina religiosa. Fueron los primeros gobernadores musulmanes que se comportaron como auténticos dirigentes de una civilización islámica y protectores de una religión, más que como meros aristócratas árabes que imponían su cultura en los territorios ocupados. Bajo su califato, Bagdad reemplazó a Medina como centro de la actividad teológica y política, la industria y el comercio se desarrollaron en gran medida y el imperio islámico alcanzó su máximo auge material e intelectual.
Los califas de los siglos VIII y IX, Harun al-Rashid y su hijo Abdullah al-Mamun, adquirieron especial renombre por el impulso que dieron a la vida intelectual y por el esplendor de sus respectivas cortes. Durante sus reinados invitaron a eruditos a palacio para debatir diversos temas y promovieron traducciones de obras griegas, persas y sirias. Mantuvieron relaciones con Occidente y, en este sentido, intercambiaron embajadores con el emperador Carlomagno.
A finales del siglo IX, los califas Abasíes empezaron a delegar responsabilidades administrativas en ministros y otros funcionarios gubernamentales, perdiendo control sobre sus guardias personales en Bagdad. A medida que disminuía su poder político y personal, los califas dieron mayor importancia a su papel como protectores de la fe. Resultado de esta evolución fue la creciente persecución de los herejes y de los no musulmanes. En esa misma época, varias revueltas triunfantes acaecidas en las provincias orientales del califato condujeron al surgimiento de principados independientes y, en último extremo, al establecimiento de califatos autónomos en el norte de África y la península Ibérica. El poder de los Abasíes quedó pronto reducido a Bagdad y sus proximidades y, a mediados del siglo X, había declinado tanto que los califas quedaron a merced de sus jefes militares. El final de la dinastía Abasí llegó desde fuera del mundo musulmán, cuando al-Mustasim fue ejecutado por los invasores mongoles dirigidos por un nieto de Gengis Kan, Hulagu Kan.