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Epístola a los Filipenses, libro del Nuevo Testamento. Años atrás se pensó que esta epístola, dirigida por san Pablo a los cristianos de la antigua ciudad macedonia de Filipos, fue escrita cuando el apóstol estuvo encarcelado en Roma, aproximadamente desde el 61 hasta el 65 d.C. No obstante, algunos especialistas modernos han sugerido que posiblemente date de un encarcelamiento anterior en la antigua ciudad jónica de Éfeso. Otros, los menos, sostienen que fue redactada cuando Pablo estuvo preso en la ciudad palestina de Cesarea.
La iglesia de Filipos fue la primera que Pablo fundó en Europa (He. 16,9-40). En el transcurso de los años, la congregación cristiana siguió demostrando su devoción hacia el apóstol, donando dinero frecuente y generosamente para ayudarle en su misión. Una contribución posterior de los filipenses dio lugar a esta epístola (4,18), quizá la más cálidamente personal de las escritas por san Pablo.
El apóstol aprovechó la ocasión para informar a los filipenses, en primer lugar, que “lo que me ha sucedido ha contribuido más bien al progreso del Evangelio” (1,12). Regocijándose porque “Cristo es anunciado” y “será glorificado” independientemente de lo que le ocurra a él, Pablo insta a los filipenses a luchar “por la fe del Evangelio” y a no temer sufrir por lo que creen (1,18-29). Por encima de todo, les llama a imitar el ejemplo de Jesús, que “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte”, siendo por ello exaltado por Dios y aclamado universalmente (2,8-11).
Habiéndoles relatado sus circunstancias actuales y estado de ánimo, Pablo pasa a informar a los filipenses de sus planes futuros. Tiene esperanzas de enviarles a su asociado Timoteo y, en caso de ser liberado de prisión, de viajar a Filipos. El mensajero Epafrodito, quien entregó a Pablo la contribución de Filipos y más tarde le sirvió en prisión, es devuelto tras haberse recuperado de una enfermedad por la que estuvo “a punto de morir” (2,25-30). (Se supone que Epafrodito regresó como portador de la epístola.)
Otros motivos de la epístola de san Pablo a los filipenses fueron advertirles contra los “obreros malos” y otros peligros para la fe verdadera (capítulo 3), instarles a la constancia y a la armonía entre los miembros de la congregación cristiana, y agradecerles su ayuda (capítulo 4).
El párrafo poético que describe a Jesús como siervo y que hace referencia a la doctrina de la división trinitaria de su vida (2,5-11) es uno de los pasajes cristológicos más importantes de la literatura paulina (véase Cristología). Algunos estudiosos creen que representa un himno cristiano prepaulino, que posiblemente Pablo haya citado del material litúrgico de amplia difusión en la primitiva comunidad cristiana. Existen evidentes conexiones literarias con el “canto del siervo” de Isaías 53, aplicado por los cristianos a Cristo.