| Baños y termas | Vista del artículo | ||||
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| 2. | El mundo antiguo |
Las estancias más antiguas dedicadas exclusivamente al baño halladas hasta el momento son las de la ciudad india de Mohenjo-Daro, cuya fecha es anterior al 2000 a.C. También han aparecido instalaciones de este tipo en el palacio de Cnosos, en la isla griega de Creta, construidas aproximadamente entre 1700 y 1400 a.C., y en la ciudad real de Egipto Tell el-Amarna, edificada hacia el año 1350 a.C. Las pinturas decorativas sobre ánforas de la antigua Grecia revelan la existencia de artefactos primitivos similares a las duchas, y Homero habla en la Iliada de tinas para bañarse. Las termas primitivas eran tan sólo dependencias de los gimnasios y disponían únicamente de agua fría, pero hacia finales del siglo V a.C. se empezaron a convertir en complejas instalaciones independientes, situadas por toda la ciudad, que ofrecían baños de vapor y piscinas (albercas) mixtas de agua caliente, templada y fría. En Grecia y Roma el baño se convertía a menudo en un complicado ritual de cuidados corporales, que incluía la práctica de ejercicio, masajes con aceites especiales, una sucesión de baños a diferentes temperaturas, la limpieza a fondo de la piel y al final un nuevo ungimiento con cremas u otros afeites.
Las termas romanas más antiguas que se han conservado hasta nuestros días son las de Pompeya, construidas hacia el siglo II a.C. Su disposición es similar a la del resto de las que se conservan por todo el Imperio romano. Alrededor de un patio central, llamado palestra, donde se puede practicar ejercicio, se encuentra el apodyterium o vestuario; el caldarium o habitación que contiene el alveus, que es la piscina de agua caliente; el laconicum o baño de vapor; el tepidarium o piscina de agua templada, y el frigidarium o piscina fría. En algunas ocasiones todas estas instalaciones se duplican, a un tamaño más reducido, para las mujeres. El agua se traía desde las fuentes, a menudo lejanas, mediante acueductos. Para calentar el interior de todas las estancias se utilizaban una serie de conductos de agua caliente bajo los suelos, que se cubrían con mosaicos decorativos. Durante el periodo imperial, entre los siglos I y V, se construyeron en Roma numerosos baños públicos, entre los que destacan las inmensas termas de Caracalla y de Diocleciano. De las primeras se conservan importantes ruinas, mientras que el tepidarium de las segundas fue reformado por Miguel Ángel y se convirtió en la iglesia de Santa María de los Ángeles. Estos grandes complejos no sólo contaban con los elementos tradicionales, sino que además contenían bibliotecas, salas de lectura, gimnasios, tiendas, jardines y otras instalaciones.
Las termas públicas romanas también respondían a una función social y política. Se convirtieron en lugares ideales para el recreo y la relación social y, en consecuencia, los emperadores compitieron por legar al pueblo de Roma las obras más fastuosas. Entre sus ruinas se han descubierto numerosas obras de arte.