| Baños y termas | Vista del artículo | ||||
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| 3. | La edad media |
La iglesia cristiana siempre consideró la limpieza espiritual un hecho más importante que la limpieza corporal, e incluso generó el mito de que las termas romanas fueran un lugar de perversión. De hecho, aunque las ciudades medievales contaban con baños públicos, la iglesia siempre los consideró como lugares de mala reputación. En la Europa septentrional, de clima frío, se llegó a considerar la excesiva limpieza como algo insano, además de un acto propio de la frivolidad más reprobable. Los constructores medievales prestaron mucha más atención a la experimentación sobre fortificaciones o sobre los sistemas de evacuación de humos, mientras la mayoría de las ciudades medievales no tenían agua corriente ni alcantarillado. El aseo personal, por tanto, se convirtió en algo poco frecuente para la mayor parte de la población.
En Escandinavia, donde no llegó la romanización pero el cristianismo tardó en imponerse, se generalizaron una especie de baños de vapor, cuyo origen se remonta a los pueblos de las estepas euroasiáticas. Para ello cada hogar contaba con una instalación, llamada sauna, que consistía en una pequeña habitación de madera con un banco a lo largo de las paredes. En ella se podía lavar toda la familia, tonificar la piel mediante suaves golpes con ramas de abedul, aclararse en agua templada y terminar con un baño de agua helada para activar la circulación sanguínea.
En el sur de Europa la invasión musulmana se dejó notar incluso en las zonas reconquistadas por reinos cristianos. El islam no sólo permitió los baños públicos, sino que añadió a las razones higiénicas y sociales otras de tipo religioso, que sirvieron para continuar con la tradición clásica. Todas las ciudades importantes tuvieron al menos un baño público; en España esta tradición se mantuvo incluso en las ciudades cristianizadas donde había una cierta población musulmana (moriscos). El reinado de los Reyes Católicos, y en concreto la expulsión en 1492 de musulmanes y hebreos, acabó en gran medida con estas costumbres, que a partir de entonces se asociaron a herejes, moriscos o judeoconversos. Entre los baños de la época islámica española cabe destacar los del palacio de la Alhambra de Granada, que contaban con tres habitaciones para las diferentes temperaturas, así como los del palacio de Medinat al-Zahara, en la Córdoba califal.
En Constantinopla se mantuvieron las costumbres romanas durante la época bizantina, perfeccionadas por la llegada de los turcos. Tanto es así que los baños de vapor, de tradición romana, se conocen a menudo como baños turcos. Los edificios propios de esta cultura consisten en una gran sala cupulada, calentada por vapor y rodeada de pequeñas habitaciones, cuyas paredes se recubren con mármoles y mosaicos. En Turquía el baño llegó a convertirse en una ocupación social que podía prolongarse todo el día.
También en Japón existe una costumbre milenaria con respecto al aseo. Cada casa tiene su propio baño privado, que unas veces consiste en una tina dispuesta en el interior de la casa y otras en una piscina exterior. La limpieza allí es un acto íntimo, aunque después toda la familia comparte el placer de la inmersión. Por otra parte, los establecimientos públicos se suelen situar en una fuente de aguas termales o medicinales, donde se socializa con otras familias. Esta costumbre aún se mantiene en el Japón actual.