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Lenguas itálicas, subdivisión de las lenguas indoeuropeas, que, entendida en un sentido amplio, es una subfamilia en la que se incluye el latín, sus lenguas derivadas, las lenguas románicas, y algunas otras lenguas que se hablaron en la Italia prelatina. (En un sentido más restrictivo, algunos textos reservan esta denominación para aplicarla únicamente a las lenguas antiguas). Se clasifican en tres grandes ramas, íntimamente relacionadas en cuanto a su sistema fonético, pero claramente diferenciadas en los demás aspectos gramaticales. Algunas escuelas lingüísticas las consideran independientes de las subfamilias indoeuropeas, dado que presentan rasgos contrapuestos; aunque existe toda una tradición generalmente aceptada por la que se les asigna la condición de ramas de una sola subfamilia. Esas tres grandes ramas son: (1) la latino-falisca formada por el latín (lengua del Latium —Lacio— región del centro de Italia que comprende Roma y el río Tíber) y el falisco, relacionada con el latín y documentada en una serie de inscripciones que se encontraron en un área relativamente pequeña, entre el territorio del Lacio y Etruria; (2) el osco-umbro grupo de lenguas desaparecidas que se hablaron en un territorio bastante extenso de la península; contaba con dos miembros principales, el osco y el umbro; (3) el véneto, lengua nororiental que se conserva en algunas inscripciones encontradas en el área comprendida entre el río Po y la península de Istria. A partir de los últimos estudios realizados, esta lengua no suele incluirse en el conjunto de las itálicas.
Es preciso tener en cuenta que esta denominación abarca sólo una parte de los idiomas que se hablaron en Italia en tiempos remotos. Los datos que se poseen, proceden de fuentes romanas y griegas, inscripciones en su mayoría. En Italia el uso generalizado del latín fue paulatino, a lo largo de todo el tiempo que duró la expansión territorial del pueblo romano. Por consiguiente, en la época prehistórica, e incluso en los primeros tiempos de la clásica, los hablantes de otras lenguas itálicas y no itálicas constituían la mayoría de la población. Entre las que no pertenecen al grupo itálico la etrusca fue la dominante en el occidente de Italia y norte del Lacio; la gala, lengua celta, se habló en el noroeste; la mesapia, que se habló en lo que vulgarmente se conoce por la punta de la bota de la península Itálica, en la Apulia, y que parece estar relacionada con la iliria indoeuropea de los Balcanes; la griega, que se adoptó por las colonias griegas situadas en Sicilia y el sur de Italia. En torno al primer siglo de nuestra era, el latín era el idioma que se hablaba desde los Alpes hasta Sicilia y había sustituido por entonces a cuantas lenguas se emplearan con anterioridad.
Del conjunto itálico, el latín es la única lengua que se conoce perfectamente gracias a la literatura y a las muchas inscripciones que se conservan en esta lengua. El osco y el umbro están razonablemente bien documentados en las inscripciones: muchas tribus de la Italia central y meridional hablaron osco, como los samnitas y puede que los sabinos; se han encontrado escritos en osco en Pompeya y Capua (hoy llamada Santa María Capua Vetere). La otra lengua relacionada con este idioma fue el umbro que se usó en la Italia central; está bien documentada gracias las tablas Igúbicas: siete estelas de bronce encontradas en Gubbio, que contienen inscripciones de carácter religioso y son de las más extensas que existen en una lengua muerta.