Califato Omeya
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Califato Omeya
2. El califato de Damasco

Todos los califas de la dinastía eran descendientes de Umayya ibn Abd Shams, ciudadano de La Meca y miembro de la tribu quraysh, que vivió al menos dos generaciones anteriores al profeta Mahoma. El fundador de la dinastía, Muawiya, y sus dos sucesores pertenecían a la rama sufyaní (descendientes de Abu Sufyan) de la familia Omeya, mientras que todos los demás califas Omeyas eran marwaníes, descendientes de Marwan ibn al-Hakam, quien tomó posesión del califato en el 684.

El centro de poder Omeya y la sede del califato era Siria, y su corte estuvo centrada en Damasco. El califa Omeya más conocido probablemente sea Abd al-Malik (685-705), que construyó la mezquita de la Roca de Jerusalén, emitió la primera moneda musulmana e inauguró la utilización del árabe como lengua oficial de la administración. La Gran Mezquita de Damasco (convertida de la iglesia bizantina de San Juan) fue otra de las destacadas construcciones Omeyas, y, de otro lado, se conservan asimismo en Siria las ruinas de varios palacios y pabellones de caza.

La dinastía realizó una gran expansión de los territorios bajo el dominio árabe musulmán. Aunque no tuvieron éxito en sus intentos de conquistar Constantinopla (actual Estambul), capital del Imperio bizantino, hacia el 750 controlaron un área que se extendía desde el sur de Francia y la mayor parte de la península Ibérica hasta las fronteras de China y el norte de la India.

Durante este periodo, el islam, como religión y cultura, sufrió una profunda evolución. Comenzaron a formarse sus dos doctrinas principales: el sunismo y el chiismo, aunque ninguno de ellos alcanzó un desarrollo completo hasta que concluyó el califato Omeya. Los Omeyas y la elite a la cual representaban consideraban el islam como algo reservado principalmente a los árabes y, en general, estaban poco dispuestos a permitir que los pueblos conquistados no árabes se convirtieran. La única forma de que éstos pudieran entrar a formar parte de la comunidad islámica era convertirse en clientes (mawali) de los árabes, proceso que implicaba adoptar un nombre y una identidad árabe. Aquéllos que consiguieron alcanzar la categoría de cliente no eran considerados iguales por los árabes, pero, sin duda, había incentivos (especialmente económicos) para muchos de los pueblos sometidos que deseaban entrar en el islam como clientes de los dirigentes árabes. Las preocupaciones de los califas Omeyas para mantener la hegemonía árabe en la comunidad islámica hizo que se mantuvieran los impuestos para quienes habían conseguido el rango de clientes.

Entre aquellos árabes y no árabes que destacaban el carácter religioso del islam, y no simplemente social o político, era importante el principio de que debería estar abierto a todos aquellos que desearan convertirse, y no sólo a los árabes. Para ellos, los gobernantes Omeya, con pocas excepciones, no eran auténticos musulmanes, pues limitaban la ampliación de la umma (comunidad islámica). Esta tensión entre las diferentes ideas del carácter del islam (que aumentaron según se desarrolló el islam como religión y se produjo su enorme desarrollo territorial) tuvieron mucho que ver con la creciente oposición al califato Omeya y con la imagen negativa de los Omeyas que se ha mantenido en la tradición histórica musulmana. En ella se retrata a Muawiya como el que había engañado a Alí ibn Abi Talib (yerno del profeta Mahoma) en el califato; en tanto que al hijo y sucesor de Muawiya, Yazid, se le hace responsable último del asesinato del hijo de Alí, Husayn en Karbalā' (actual Irak), en el 680. Con una o dos excepciones, los califas Omeyas son considerados gobernantes tiranos, que se preocuparon poco de los intereses del islam, que sólo buscaban el control del poder mundano y que aplastaron a cuantos musulmanes piadosos encontraron en su camino. Frecuentemente, siempre desde la óptica estrictamente islámica, se les niega la consideración de califa y se les tacha de dinastía que gobernaba en tierras no musulmanas. La tradición chiita rechaza la legitimidad del gobierno Omeya por completo, mientras que los suníes tienen una actitud poco generosa y muy ambigua. Los únicos dos califas Omeyas que pudieron escapar a tal condena fueron Umar ibn Abd al-Aziz (717-720) y, en menor medida, Yazid III (744).