Literatura boliviana
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Literatura boliviana
4. El siglo XX

Con Alcides Arguedas, político, ensayista y narrador, la literatura boliviana se orientó hacia preocupaciones regeneracionistas (su novela Raza de bronce, publicada en 1919, constituye el punto de arranque de la literatura indigenista) y descubrió la realidad nacional y sus problemas. Armando Chirveches (1881-1926), Antonio Díaz Villaamil (1897-1948), Tristán Marof (1896-1979), Carlos Medinaceli (1899-1949) y otros escritores colaboraron en esa tarea, que recibió un fuerte impulso con la guerra del Chaco (1932-1935).

Este conflicto, que enfrentó a Bolivia con Paraguay, proporcionó inspiración a los novelistas Gustavo Adolfo Otero (Horizontes incendiados, publicada en 1933), Augusto Guzmán (Prisionero de guerra, 1938), Adolfo Costa du Rels (Laguna H-3, 1938), Jesús Lara (Repete, 1938) y Augusto Céspedes (Sangre de mestizos, 1936), entre muchos otros. Ese impulso permitió el análisis de problemas sociales como los que afectaban al indígena, que encontró en Jesús Lara a uno de sus defensores más destacados, con obras como Tragedia del fin de Atawallpa (1937). Tales preocupaciones se prolongaron en narradores como Raúl Botelho Gosálvez (La lanza capitana, obra publicada en 1967) y Néstor Taboada Terán (Indios en rebelión, 1968).

A partir de la década de 1950 se observaron síntomas renovadores gracias a Marcelo Quiroga Santa Cruz, cuya obra Los deshabitados (1957) abandonó los estereotipos vigentes en el país al tratar la conciencia de sus personajes. Ello abrió el camino a narradores jóvenes de mayor interés, como Adolfo Cáceres Romero (1937- ), Renato Prada Oropeza (1937- ), Raúl Teixidó (1943- ) y Óscar Uzín Fernández (1933- ).

La herencia modernista se orientó hacia la realidad boliviana en poetas como Primo Castrillo (1896-1985), Raúl Otero Reiche (1906-1976) y Octavio Campero Echazú (1900-1970), encuentro que adquiere, algunas veces, matices sociales. Continuarían después Óscar Cerruto, que supo conjugar la angustia existencial con una expresión despojada, y Jaime Sáenz (1921-1986), que dio cuenta de inquietudes similares con fórmulas surrealistas, junto a voces también dignas de mención como Yolanda Bedregal (1918-1999) y Alcira Cardona Torrico (1926- ). Roberto Echazú (1937- ), Pedro Shimose, Jesús Urzagasti (1941- ) y Eduardo Mitre (1943- ) cuentan ya con una obra notable.

El teatro boliviano ha tenido escasas oportunidades de desarrollo. Lo cultivó el filósofo y dramaturgo Guillermo Francovich, que abordó en sus piezas problemas relativos a la realidad de Bolivia y a la condición humana, que también fueron temas de sus numerosos ensayos.