| Virreinato de Nueva España | Vista del artículo | ||||
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| 4. | La economía y la cultura |
La vida económica del virreinato se apoyaba principalmente en las producciones agrícolas que muchas veces incluían cultivos tradicionales indígenas y otras los introducidos por los españoles. Se desarrolló asimismo, sobre todo en las regiones del norte, la ganadería. Ésta influyó profundamente en la vida y cultura del país. En función de ella florecieron la charrería, las corridas de toros y las de caballos. La minería llegó a tener también un auge muy grande, en especial la explotación de la plata, que hizo famoso a México en el mundo. El comercio interior se llevaba a cabo a través de los principales caminos troncales que se fueron abriendo a lo largo de los tres siglos de la época colonial. En varios lugares se erigieron alhóndigas y asimismo se celebraban periódicamente ferias (la más importante de las cuales era la que tenía lugar en Acapulco), en las que, una vez más, las tradiciones indígenas y las españolas se mezclaban. El comercio exterior tenía lugar fundamentalmente con España, partiendo del puerto de Veracruz; asimismo con Asia, por medio del galeón de Manila o del de Acapulco. Esta doble vinculación con Asia y Europa permitió el tráfico de productos entre tres continentes. Menos desarrollado estuvo el comercio con los otros virreinatos y provincias españolas en el Nuevo Mundo, aunque existió en cierta escala con Cuba, Centroamérica y con el virreinato del Perú.
Desde el punto de vista cultural, muchos fueron los logros que se alcanzaron. Muy poco tiempo después de la llegada del primer grupo de los doce franciscanos, interesó a éstos y más tarde a quien fue presidente de la segunda audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, adentrarse en el conocimiento de la historia y la cultura indígenas. Si bien ese empeño tuvo una motivación religiosa y asimismo política —buscar la conversión de los indios y la mejor implantación del régimen de gobierno español—, a ello se sumó el interés que suscitaban las instituciones y la mentalidad de los indígenas.
Los frailes fundaron escuelas para jóvenes nativos en diversos lugares. Allí aprendían ellos la lengua indígena y enseñaban a sus estudiantes el arte de la escritura, adaptando el alfabeto latino para la representación de los fonemas del idioma vernáculo. Hay varios testimonios que muestran que hacia 1531 había ya varios centenares de jóvenes indígenas que sabían escribir en lengua náhuatl. Consta también que para esa fecha se había logrado preparar una primera gramática o arte de dicha lengua. Un proceso paralelo se desarrolló en otros ámbitos de Nueva España. Tal fue el caso de los contactos y establecimientos de educación que se fomentaron entre indígenas mixtecos, huastecos, zapotecas, totonacas, otomíes y otros de la región maya.
En 1536, abrió formalmente sus puertas el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde —como había ocurrido siglos antes en la escuela de traductores de Toledo— frailes humanistas, trabajando al lado de sabios indígenas y de un grupo muy selecto de estudiantes, proporcionaron el acercamiento de lo mejor de la cultura renacentista y los logros alcanzados por la civilización indígena. En tanto que se enseñaba a los jóvenes el trivium y el quadrivium, incluyendo por supuesto el aprendizaje de la lengua latina, se daba también entrada al estudio de los códices o libros con pinturas y signos glíficos, la medicina y farmacología nativas, la recopilación de textos sobre las normas morales de comportamiento, la historia y la antigua visión del mundo. Larga es la lista de los humanistas que participaron en tal empresa. Entre ellos sobresalen Andrés de Olmos, Juan de Gaona, Juan Focher, Bernardino de Sahagún y, entre los indígenas, Martín de la Cruz, Juan Badiado, Antonio Valeriano, Martín Jacobita y otros varios.
La introducción de la primera imprenta en el Nuevo Mundo (1539), así como la apertura de la Real y Pontificia Universidad de México (1553), fueron dos hitos de enorme importancia para el desenvolvimiento cultural de Nueva España. En la Universidad hubo maestros humanistas de gran renombre, entre ellos Alonso de la Veracruz, en el campo del derecho, antiguo discípulo de Francisco de Vitoria, que fue aún más allá en la defensa de los indígenas. Lugar especial merece también Francisco Cervantes de Salazar, renombrado latinista que llegó a ser rector de la Universidad.
Es cierto que la conquista y lo que a ella siguió fueron causa de que se destruyeran muchos de los antiguos monumentos indígenas. A veces, en el mismo sitio en que se levantaban aquéllos, se erigieron grandes conventos, en muchos de los cuales son visibles los últimos elementos del arte gótico español. En ellos se prosiguió el intercambio cultural y, quizá por primera vez en la historia, se elaboraron numerosas gramáticas y vocabularios y se redactaron textos en muchas lenguas indígenas. Lo alcanzado entonces es riqueza de gran valor a la luz de la lingüística y la filología. Avanzado ya el siglo XVI, la influencia de la nueva cultura en formación comenzó a difundirse por las regiones del norte. Allí, sobre todo los misioneros franciscanos y jesuitas, elaborarían nuevas obras lingüísticas y aprenderían, a su vez, de los indígenas a utilizar los valiosos elementos de su farmacología y a adaptarse a medios naturales con frecuencia muy hostiles.
En la capital del virreinato y en otras de las principales ciudades destacaron varios personajes, sobre todo en la creación literaria y en la preparación de obras históricas y de otros contenidos. Pueden mencionarse, para la primera mitad del siglo XVII, entre otros, a Juan Suárez de Peralta, quien, además de escribir una crónica de Nueva España, hizo imprimir un Tratado de la caballería de la jineta y de la brida; el franciscano Juan de Torquemada, autor de la magna crónica de crónicas que intituló Monarquía indiana; el dramaturgo de fama internacional Juan Ruiz de Alarcón; la también conocida mundialmente sor Juana Inés de la Cruz; así como el ingeniero y cosmógrafo Enrico Martínez. A lo largo de esa centuria, se fueron fundando numerosos centros de altos estudios, conocidos como colegios, al cargo de varias órdenes religiosas, principalmente de la Compañía de Jesús. Varios de los colegios así fundados en ciudades como Puebla, Guadalajara, Valladolid, Oaxaca y Mérida se convirtieron más tarde en universidades.
Desde la segunda mitad del siglo XVII y, sobre todo, durante el siglo XVIII, en la arquitectura, la música, la literatura y otras artes se dejó sentir la eclosión vigorosa del arte barroco. Éste tuvo en México una fisonomía propia e inconfundible. Numerosas iglesias y palacios dan fe de su esplendor. Al igual que no pocas composiciones musicales que se han descubierto en los archivos catedralicios de varios lugares y en algunos conservatorios, como el de Las Rosas, en Valladolid de Michoacán (la actual Morelia). A la par que se siguió cultivando la literatura y la historia, como en el caso de Carlos Sigüenza y Góngora y otros muchos, los jesuitas fomentaron en sus colegios la introducción de la filosofía moderna y el estudio de las ciencias. Ello marcó un periodo de nuevas transformaciones. Bajo el reinado de los Borbones y en particular durante el de Carlos III, no obstante haber decretado éste la expulsión de los jesuitas, se erigieron nuevos centros de estudio e investigación. Como símbolo y resumen de lo que entonces se alcanzó pueden mencionarse el nombre del científico, antiguo alumno de los jesuitas, José Antonio de Alzate. Célebre como matemático, físico y cartógrafo, dirigió también un semanario intitulado Diario Literario de México, realizó trabajos astronómicos y meteorológicos, hizo algunas excavaciones arqueológicas y fue reconocido como miembro de la Academia de Ciencias de París y del Real Jardín Botánico de Madrid. Contemporáneos suyos fueron los científicos españoles, que trabajaron por algún tiempo en México, Fausto Elhúyar y Lubice, descubridor del volframio (tungsteno), y Andrés Manuel del Río, que abrió el primer curso de mineralogía en el Real Seminario de Minería (también llamado Colegio de Minería) y fue el descubridor del vanadio. El Colegio de Minería, cuyo edificio (conocido como el Palacio de Minería) fue diseñado y construido por el arquitecto y escultor Manuel Tolsá, abrió sus puertas en 1813. Baste con decir acerca de él que, algunos años más tarde, cuando Alexander von Humboldt estuvo en la ciudad de México, mostró su gran admiración por cuanto allí se investigaba y enseñaba. El Colegio apareció así a sus ojos como realización emblemática de lo que era la cultura novohispana a principios del siglo XIX, es decir, en vísperas de la emancipación de aquellos territorios respecto de la dominación española.