| Vista de búsqueda | Imperio Austro-Húngaro | Vista del artículo |
| 1. | Introducción |
Imperio Austro-Húngaro, también denominado Monarquía Dual o, simplemente, Austria-Hungría, nombre que recibió el Imperio Austriaco ejercido por la Casa de Habsburgo a partir de su reorganización en conformidad con el Compromiso (Ausgleich) de marzo de 1867, hasta su desaparición en noviembre de 1918.
| 2. | Antecedentes |
Una vez concluidas las Guerras Napoleónicas en 1815, el conjunto de territorios gobernados por la Casa de Habsburgo (hasta 1806 Sacro Imperio Romano Germánico e Imperio Austriaco desde 1804), volvió a recuperar su posición de gran potencia europea y tuvo que hacer frente a una serie de amenazas: en el interior, los diversos grupos nacionalistas de los territorios que conformaban el Imperio y los liberales insatisfechos con el régimen absolutista y centralizado desafiaban al poder; en el exterior, estados como los reinos de Piamonte-Cerdeña y Prusia se mostraban recelosos de la posición dominante que el Imperio había alcanzado en la península Itálica y en Alemania gracias al Congreso de Viena de 1815. Los gobernantes de la Casa de Habsburgo consiguieron hacer frente a estas presiones durante casi medio siglo con la ayuda del Ejército, la Iglesia católica y la burocracia, y con la tolerancia benevolente —y en ocasiones el apoyo armado— de Gran Bretaña y Rusia, dos de las grandes potencias con las que estuvieron aliados en la coalición antinapoleónica.
De este modo, Austria-Hungría emergió en medio de la confusión creada por los experimentos constitucionales, los conflictos políticos y las guerras provocadas por las revoluciones que tuvieron lugar en Europa central en 1848 y 1849. En marzo de 1848, una revuelta liberal en Viena que acabó con el régimen centralista y conservador del canciller austriaco Klemens Metternich y que pronto se extendió por diversos territorios del Imperio que reivindicaban mayor autonomía política y parecían abocados a desmembrarlo. Sin embargo, el Ejército sofocó las revueltas, aunque el emperador Fernando I abdicó en 1848 a favor de su sobrino Francisco José I, que ejerció el poder de forma absoluta hasta su fallecimiento en 1916.
No obstante, existían graves complicaciones. Hacia 1859, el Imperio Austriaco, después de haber perdido el respaldo de Rusia a causa de su neutralidad durante la guerra de Crimea (1853-1856), había sido prácticamente derrotada en la península Itálica por Francia y el reino de Piamonte-Cerdeña (que amalgamaba el proceso de unificación italiana), con la consiguiente pérdida de los territorios ocupados en 1815. Además, tenía que hacer frente a la creciente oposición de Prusia a su autoridad como líder de la Confederación Germánica. La debilidad interna del Imperio agravaba estos problemas: después de la derrota ante los independentistas italianos en 1859, el emperador Francisco José I había tenido que mantener algunas fuerzas en Hungría para reprimir posibles rebeliones provocadas por el descontento del pueblo; por otro lado, la situación financiera no mejoraba debido a la resistencia de la burguesía liberal alemana a proporcionar ayuda económica a un régimen absolutista y opuesto a la unificación alemana. Por ello, los primeros años de la década de 1860 fueron testigos de diversas experiencias constitucionales destinadas a proporcionar al Imperio armonía interna y a equiparle adecuadamente para defender sus otros intereses en Europa central.
En virtud de la Patente de febrero de 1861 quedaba implantado un régimen constitucional que fue bien aceptado por los súbditos de los territorios alemanes, pese a ser boicoteado por los húngaros y no contar con la aprobación de muchos eslavos (entre otras cuestiones, la lengua alemana se establecía como el idioma oficial del Imperio). Sin embargo, los intentos llevados a cabo en 1866 para alcanzar un acuerdo político con Hungría se vieron desplazados ese mismo año por la derrota del Imperio Austriaco en la Guerra Austro-prusiana, y la disolución de la Confederación Germánica.
| 3. | El Compromiso de 1867 |
La conmoción ocasionada por la derrota frente a Prusia dio origen en poco tiempo al Compromiso de marzo de 1867 (en alemán, Ausgleich). El acuerdo creó una Monarquía Dual, separada por el río Leitha (afluente del Danubio): al oeste se encontraba el Imperio Austriaco (Cisleithania) y al este el reino de Hungría (Transleithania). Los pactos constitucionales de 1861 siguieron teniendo validez en el resto de la Monarquía Dual —aunque con algunas modificaciones, como se explicará a continuación— hasta 1918. Austria incluía a eslovenos, checos, polacos, rutenos, italianos y alemanes; Hungría consiguió un alto grado de autonomía en la gestión de sus asuntos internos que se materializó en la creación de su propio Parlamento en Budapest, en el que la elite magiar mantenía el control sobre las minorías rumanas, croatas, serbias y eslovacas gracias a un complicado sistema de “geometría electoral”. También se estableció la lengua húngara (o magiar) como el idioma oficial del reino de Hungría. En virtud de un nuevo Compromiso (Nagodba, en Húngaro) establecido en 1868, se le otorgaba al reino de Croacia una cierta independencia dentro del reino húngaro. No obstante, Francisco José I controlaba la política exterior gracias a un ministro de Asuntos Exteriores, a un ministro de Guerra y a un ministro de Hacienda comunes (este último proporcionaba los fondos requeridos en los otros dos ministerios); además, tenía a sus órdenes al Ejército Imperial y al Ejército Real, aunque no tenía autoridad sobre las guardias nacionales, que se encontraban bajo la jurisdicción de los respectivos parlamentos de Viena y Budapest. Los asuntos económicos que concernían a las dos monarquías —los aranceles, el Banco de Austria-Hungría y la cuota aportada a los fondos comunes de las dos partes de la Monarquía Dual— estaban regulados por un compromiso comercial que debía ser revisado cada diez años.
El espíritu de estos acuerdos estuvo en vigor hasta el final de la unión, en 1918. Si se considera que los repetidos fracasos del periodo comprendido entre 1848 y 1865 habían confirmado que no era posible encontrar una solución que satisficiera a los diferentes grupos étnicos de la Monarquía Dual, y que ninguna organización que no tuviera en cuenta los deseos de los magiares podía alcanzar la estabilidad, puede decirse, en defensa del Compromiso, que permitió que el Imperio Austro-Húngaro continuara ejerciendo su función de gran potencia durante los cuarenta años siguientes y demostró ser el más perdurable de todos los pactos constitucionales acordados por Francisco José I. Sin embargo, este sistema no puso fin al conflicto político: incluso en Hungría, las instituciones comunes a ambos reinos suscitaban recelos, y desde 1888 hasta 1912 fue imposible conseguir el consentimiento húngaro para aumentar las tropas del Ejército común. Estas circunstancias debilitaron la posición de Austria-Hungría como gran potencia; el mismo efecto negativo produjo el enfriamiento de las relaciones de la Monarquía Dual con rumanos y serbios, motivado por la intervención húngara en los asuntos de Croacia y la política infligida por la elite magiar a las minorías rumanas y eslavas que residían en el reino húngaro. Esta fue la razón por la que el heredero de la corona imperial, el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, había planeado acabar con el poder de los magiares cuando ascendiera al trono. Sin embargo, el Emperador, pese a que jamás vacilaba en entablar una confrontación cuando se trataba de defender sus prerrogativas en asuntos internacionales y militares, nunca estuvo dispuesto a arriesgar el éxito del Compromiso acordado en 1867 desafiando el poder de los magiares en Hungría.
Lo cierto es que Francisco José I llegó incluso a abandonar sus proyectos de establecer reformas constitucionales en Cisleithania, tales como el plan de 1871 —destinado a apaciguar los ánimos de los checos mediante la concesión de cierta autonomía al reino de Bohemia—, porque los magiares lo consideraron como un peligroso precedente. Pese a que el Compromiso demostró ser una solución duradera a los problemas planteados hacia 1860, también se convirtió con el paso de los años en una coraza que impidió a la Monarquía Dual llevar a cabo reformas constructivas.
| 4. | El auge del sistema: 1867-1895 |
Austria-Hungría disfrutó de una cierta tranquilidad tanto en el interior como en el exterior durante los veinte años siguientes a 1867. La calma acabó por prevalecer en Hungría gracias al gobierno firme de Kálmán Tisza, a pesar de que su partido de liberales leales al Compromiso de 1867 continuó manteniendo una actitud hostil hacia aquellas nacionalidades del reino húngaro que se negaron a adoptar la cultura magiar. Austria atravesó un periodo de reformas y prosperidad bajo los gobiernos liberales “alemanes” (1867-1879), que fueron seguidos del “anillo de hierro”, como se conoció a una coalición compuesta por eslavos y sectores conservadores, aristocráticos y radicales, encabezada por el amigo personal de Francisco José I, el conde Eduard Taaffe (1879-1893), que luchó con cierto éxito para mantener a los nacionalistas “en un estado moderado de insatisfacción”.
Hacia 1871, los problemas de la Monarquía Dual en política exterior se habían simplificado tras la retirada del Imperio de las regiones que ocuparon el recién unificado reino de Italia y el flamante II Imperio Alemán. Su principal interés a partir de entonces se centró en mantener su situación económica, conservar su posición como gran potencia en la región de los Balcanes y, sobre todo, evitar que algunos estados (como Serbia o Rumania) rebasaran sus fronteras y reclamaran la anexión de los territorios rumanos y eslavos dominados por ella. Es obvio que este peligro sólo se haría efectivo en el caso de que tales estados consiguieran el apoyo de una gran potencia. La dinastía Habsburgo, en su afán por anticiparse a esta fatal combinación, mostró un alto grado de flexibilidad e ingenio al adaptarse a la cambiante situación internacional durante los cuarenta años siguientes a la proclamación del Compromiso. La guerra no resultaba una opción deseable en modo alguno si se tenía en cuenta la relativa debilidad de la Monarquía Dual y las derrotas que había sufrido Francisco José I en las décadas de 1850 y 1870; además, los magiares, los súbditos más belicosos y antirrusos, nunca consiguieron influir en la política exterior de Austria-Hungría.
Los ministros de Asuntos Exteriores de Francisco José I manejaron acertadamente las distintas opciones posibles durante las décadas de 1870 y 1880; siempre en alianza con la Alemania gobernada por el canciller Otto von Bismarck consiguieron resistir los intentos rusos por ampliar sus territorios en los Balcanes: también lograron el apoyo de Gran Bretaña en el Congreso de Berlín (1878), en el que el Imperio Austro-Húngaro consiguió impedir la formación de un gran Estado serbio en su frontera meridional, encargándose de la administración de Bosnia-Herzegovina; y pactaron con Gran Bretaña e Italia la Entente Mediterránea de 1887, acuerdo apoyado por Alemania a pesar de la caída del cauteloso Bismarck en 1890. Los representantes del Imperio establecieron pactos defensivos (con el II Imperio Alemán en 1879 y con Rumania en 1883) ante el temor de un ataque directo por parte de Rusia; firmaron acuerdos para neutralizar y controlar a las naciones susceptibles de crear conflictos (con Serbia en 1881; con Italia —que se unió al pacto firmado con Alemania, formando la Triple Alianza— en 1882, y con Rumania en 1883); llegaron incluso a negociar tratados con Rusia, aunque presionados por Bismarck, interesado en estabilizar la situación de los Balcanes durante varios años: se formó así la Liga de los Tres Emperadores (1872-1878), que agrupó a los imperios Ruso, Alemán y Austro-Húngaro y se transformó en la Alianza de los Tres Emperadores (1881-1887). Todas estas gestiones permitieron a la Monarquía Dual salvaguardar su integridad sin llegar a la guerra.
| 5. | La crisis en el interior y la pasividad en el exterior: 1895-1906 |
La agudización del conflicto entre los checos y los alemanes de Bohemia llevó a la paralización de la actividad de los órganos parlamentarios de Praga y Viena (ambos en la zona cisleithana) a finales de la década de 1890. El Emperador recurrió a gobiernos formados por funcionarios y los presupuestos se renovaron con regularidad mediante decretos de emergencia hasta que la reforma electoral de 1905 dio esperanzas de que los políticos de la burguesía nacional, con sus constantes disputas, se vieran superados por el ascenso de los nuevos partidos de masas socialdemócratas y socialcristianos. Mientras tanto, la llegada al poder en Hungría de sectores críticos con el Compromiso era mucho más preocupante: las negociaciones de 1897 para la renovación del acuerdo comercial se prolongaron hasta 1906; se reclamó un tratamiento especial para las tropas húngaras dentro del Ejército unificado; y en 1905, los partidarios del sistema creado en 1867 fueron derrotados en las elecciones.
Ante esta situación, Francisco José I sometió a Hungría a la ley marcial y volvió a hablarse incesantemente de la inminente ruptura de la Monarquía Dual. La crisis húngara que tuvo lugar desde 1903 hasta 1906 no fue un conflicto nacionalista en el que se demandara sólo una constitución; se trataba de un enfrentamiento entre el soberano y unos dirigentes húngaros que se consideraban miembros de una raza superior, lo que se convirtió en la crisis interna más grave de la historia del Imperio Austro-Húngaro. El problema se resolvió cuando Francisco José I amenazó con implantar en Hungría el sufragio universal directo, lo cual hubiera puesto fin a la supremacía de los magiares sobre las restantes nacionalidades. A este respecto, los grupos nacionalistas húngaros aceptaron no modificar los términos acordados en 1867 y mantener el Ejército común, después de lo cual el Emperador, por su parte, acordó la aprobación de una reforma electoral elaborada por aquéllos. Se había salvado el Compromiso, pero a costa de las nacionalidades. Francisco José I había vuelto a pactar con la elite magiar consiguiendo aumentar el descontento de los rumanos y eslavos de Hungría; mientras, los desilusionados católicos de Croacia comenzaron a aliarse con sus antiguos rivales, los serbios no ortodoxos.
Como era de esperar, esta década de convulsiones no fue testigo de grandes acontecimientos en lo que se refiere a política exterior. Mientras Alemania volvía a estrechar sus relaciones con Rusia, y Gran Bretaña y sus aliados balcánicos seguían caminos distintos, la Monarquía Dual tuvo la fortuna de que Rusia estuviera profundamente preocupada por sus intereses en el Lejano Oriente en la década precedente a la Guerra Ruso-japonesa. Austria-Hungría y Rusia firmaron un acuerdo en 1897 a fin de establecer una cooperación que evitara conflictos en los Balcanes. Este tratado contribuyó notablemente a reducir las tensiones en Europa durante los siguientes diez años.
| 6. | La amenaza exterior: 1906-1914 |
La reforma electoral no fue la solución definitiva en Cisleithania: los conflictos nacionalistas no tardaron en afectar a los nuevos partidos de masas, y la vida parlamentaria se encontraba de nuevo en un punto muerto hacia 1914. Aunque el sistema parlamentario de Hungría funcionaba con más eficacia, sobre todo bajo la firme presidencia de István Tisza y los denominados liberales de 1867 asumida a partir de 1913, el régimen continuaba marginando a las nacionalidades no magiares. Sin embargo, este descontento era habitual y no suponía para la Monarquía Dual una amenaza semejante a la de la crisis húngara de 1903-1906.
Por el contrario, el verdadero peligro que acechaba a la Monarquía Dual durante estos años provenía del exterior. El conflicto generado por la anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908 puso fin al entendimiento con Rusia; la posibilidad de establecer una alianza con Gran Bretaña desapareció con la firma del Acuerdo Anglo-ruso de 1907; Alemania seguía siendo reticente a entablar una guerra con Rusia motivada por los conflictos de los Balcanes; y Austria-Hungría tuvo que hacer frente a un régimen nacionalista serbio que codiciaba abiertamente los territorios eslavos del sur, pertenecientes a la Monarquía Dual. Viena, la capital imperial, se encontraba aislada a todos los efectos y tuvo que presenciar con impotencia cómo en 1912 y 1913 los estados balcánicos desmantelaban el Imperio otomano en Europa, mientras parecía estar fraguándose una segunda Liga Balcánica, bajo los auspicios de Rusia, que pondría fin a la Monarquía Dual. Esta amenaza se convirtió en una auténtica obsesión para los dirigentes austriacos durante el verano de 1914; así pues, el Imperio, ante la provocación de los asesinatos de Sarajevo (el archiduque de Austria y príncipe heredero imperial, Francisco Fernando de Habsburgo, falleció junto a su esposa en un atentado perpetrado por un nacionalista serbio en esa ciudad bosnia en junio de ese año) y al encontrar a Alemania dispuesta a apoyarle, decidió por primera vez en cuarenta años que solamente una acción militar pondría fin al peligro que acechaba a la integridad de la Monarquía Dual y a su posición como gran potencia.
| 7. | La I Guerra Mundial y la desaparición del Imperio Austro-Húngaro: 1914-1918 |
Austria-Hungría formó parte de los llamados Imperios Centrales que se enfrentaron con las potencias asociadas (los estados conocidos como aliados) en la I Guerra Mundial, iniciada en julio de 1914. Por irónico que pueda parecer, la guerra que se inició para preservar la posición del Imperio Austro-Húngaro como gran potencia independiente fue la que provocó su declive, incluso antes de que tuviera lugar la derrota y la disolución de la Monarquía Dual. El Imperio, que no tenía posibilidades de entenderse con Gran Bretaña y Rusia, dependía totalmente de su alianza con Alemania, en cuyos planes de expansión en Europa no tenía cabida una Austria-Hungría independiente. Sus fracasos militares sólo incrementaron su dependencia militar y económica de su poderoso aliado; incluso las victorias —en Polonia y más tarde en los Balcanes— únicamente provocaron reñidas disputas sobre el reparto de territorios que concluían con resultados humillantes para la Monarquía Dual.
El emperador austro-húngaro Carlos I, que había sucedido en 1916 a su abuelo Francisco José I, intentó firmar una paz por separado en 1917, pero su plan fracasó a causa de las reclamaciones territoriales de Italia. Además, cuando se tuvo noticia de este hecho, se creó un profundo malestar entre los alemanes residentes en el Imperio Austro-Húngaro y fuera de él que forzó al Emperador a someterse al dominio de Alemania en casi todos los aspectos por medio del Tratado de Spa, firmado en mayo de 1918 en la ciudad homónima belga y cuartel general del emperador alemán Guillermo II. Sin embargo, hasta ese momento no parecía evidente en modo alguno que la derrota supusiera la disolución de la Monarquía Dual.
Los detractores del sistema creado en 1867 seguían limitando sus reclamaciones a la consecución de una mayor influencia en el interior, sin incluir la independencia con respecto al Imperio; además, aquellos estados que habían presentado demandas territoriales ante la Monarquía Dual fueron derrotados hacia 1917. Occidente continuaba respaldando la existencia del Imperio como un medio de controlar el poder de Alemania en la Europa de la posguerra, siempre que Austria-Hungría fuera capaz de demostrar su independencia mediante una reforma federal que pusiera fin al dominio de los alemanes y de las elites magiares que gobernaban el Estado en virtud del sistema de 1867.
Las potencias vencedoras en el conflicto mundial decidieron apoyar las demandas de los grupos nacionalistas a favor de la disolución del Imperio ante la negativa de los magiares a acometer tal reforma y su desafiante seguridad en la victoria de Alemania, con la que se preservaría el orden establecido. La derrota del Ejército Imperial en el otoño de 1918 aceleró los acontecimientos, y finalmente se produjo la disolución de la Monarquía Dual. El último emperador austriaco, Carlos I, abdicó en noviembre y, pocos días después, en Austria y en Hungría se proclamaron las respectivas repúblicas que ponían definitivo punto y final a la existencia del Imperio Austro-Húngaro.
El reconocimiento internacional llegaría poco después: por medio del Tratado de Saint-Germain-en-Laye (10 de septiembre de 1919), Austria se convertía en un Estado que vio reducidas sus posesiones territoriales de forma notable; en tanto que, según lo acordado en el Tratado de Trianón (4 de junio de 1920), Hungría pasaba a ser un Estado independiente que perdía la mayor parte de su superficie y la mitad de su población.